Durante años, Groenlandia fue vista como un territorio remoto, casi al margen de las grandes disputas internacionales. Hoy, sin embargo, la mayor isla del planeta se ha situado en el centro de una batalla geopolítica silenciosa, donde la soberanía, las infraestructuras críticas y la tecnología pesan tanto como los portaaviones. En ese tablero, Canarias emerge como un actor inesperado, enlazando el Atlántico medio con el Ártico a través del espacio.
El detonante no es solo tecnológico. Las reiteradas amenazas de Donald Trump, presidente de Estados Unidos, sobre el control de Groenlandia, reactivadas este año en el marco de su estrategia ártica y de seguridad nacional, han disparado las alarmas en Nuuk —capital y ciudad más poblada del territorio autónomo danés—. En un contexto donde internet es ya infraestructura crítica, el Gobierno groenlandés ha optado por reducir su dependencia de empresas vinculadas a Washington y reforzar sus lazos con Europa a través de Canarias.
Eje digital inesperado
La relación entre Groenlandia y Canarias no es nueva, pero sí poco conocida, como explica un artículo de Arctic Today. Desde 2023, varios asentamientos remotos del norte y el este groenlandés reciben conexión a internet a través del satélite Amazonas Nexus, operado por la empresa española Hispasat. La señal viaja desde la órbita geoestacionaria hasta la estación espacial de Maspalomas, en Gran Canaria, un enclave histórico construido en los años sesenta por su posición estratégica para el seguimiento de misiones espaciales.
Ese mismo complejo, que fue el primero en captar las palabras de Neil Armstrong desde la Luna —la icónica frese "es un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad"—, es hoy el punto desde el que se garantiza la conectividad digital tanto de comunidades indígenas del Amazonas como de cazadores de narvales en Qaanaaq, la ciudad más septentrional de Groenlandia. Una paradoja geográfica y política que subraya el papel de Canarias como infraestructura crítica europea en el Atlántico.
¿Cómo funciona?
La conexión digital entre Groenlandia y Canarias funciona como una red satelital con puerta de entrada (gateway) en Gran Canaria. En los asentamientos remotos groenlandeses, hogares y servicios públicos se conectan mediante terminales VSAT: una antena parabólica (normalmente en banda Ku) apuntada a un satélite geoestacionario y un módem que gestiona el enlace.

Esa parabólica envía y recibe datos hacia el Amazonas Nexus de Hispasat, un satélite situado en órbita geoestacionaria (a unos 35.786 km de altura) en una posición orbital que le permite ver simultáneamente amplias zonas del Atlántico y el Ártico. Al estar tan lejos, la señal recorre decenas de miles de kilómetros por salto (subida y bajada), lo que implica más latencia que la fibra o que constelaciones en órbita baja: en un servicio geoestacionario, el retardo puede rondar varios cientos de milisegundos en el ida y vuelta, aunque permite cobertura estable sobre áreas enormes.
El papel de Canarias llega en el siguiente paso: el satélite no da internet por sí mismo, sino que enlaza a los usuarios con la red terrestre. Para eso necesita estaciones de tierra que hagan de traductoras entre el tráfico satelital y la red global. En este esquema, Maspalomas actúa como gateway: recibe la portadora del satélite, la demodula y la inyecta en la red IP (y a la inversa: toma paquetes de internet, los encapsula/modula y los vuelve a subir al satélite para su bajada sobre Groenlandia).
Es decir, la ruta típica de un mensaje o una videollamada en un pueblo aislado groenlandés puede ser: parabólica local → satélite → gateway de Maspalomas → fibra/red troncal → internet (y de vuelta). Por eso, cuando hay incidencias graves en la infraestructura eléctrica o de telecomunicaciones que alimenta ese backhaul terrestre, el Ártico puede notarlo: el sistema depende no solo del satélite y de la estación canaria, sino también de las redes terrestres que conectan Maspalomas con los puntos de intercambio y los centros de datos.
La fragilidad de este sistema quedó expuesta en la primavera de 2025, cuando un apagón eléctrico en la Península Ibérica interrumpió las comunicaciones en el Ártico groenlandés, evidenciando hasta qué punto los flujos digitales atraviesan fronteras y dependen de nodos situados a miles de kilómetros.
No a Starlink… y a Washington
En teoría, la solución más rápida y eficiente para las zonas aisladas de Groenlandia sería Starlink, la red de satélites de órbita baja propiedad de Elon Musk —figura muy próxima de Donald trump—. Con miles de satélites activos, precios competitivos y alta velocidad, Starlink se ha extendido por el Ártico canadiense, Alaska y los países nórdicos. Sin embargo, Groenlandia la ha vetado.
La decisión, adoptada en 2024, se justificó oficialmente por la necesidad de proteger el monopolio del operador nacional Tusass, pero el trasfondo es claramente político. Starlink mantiene vínculos directos con el Gobierno de Estados Unidos y el Pentágono, especialmente tras su uso militar en la guerra de Ucrania y el desarrollo del programa Starshield, orientado a comunicaciones seguras, vigilancia y alerta temprana de misiles.

En Nuuk preocupa que una infraestructura tan crítica quede en manos de una empresa alineada con un país que cuestiona abiertamente la soberanía groenlandesa. En un escenario de guerra híbrida, donde las comunicaciones son objetivo estratégico, la dependencia tecnológica se percibe como un riesgo de seguridad nacional.
Europa entra en escena
Como alternativa, Tusass ha firmado un acuerdo con Eutelsat OneWeb, un consorcio europeo con sede en Francia y Reino Unido. La apuesta refuerza el anclaje europeo de Groenlandia, incluso a costa de asumir servicios más caros y, previsiblemente, más lentos que los de Starlink.
La elección no es aislada. Groenlandia también ha recurrido a empresas europeas para la construcción de sus nuevos aeropuertos, después de que Estados Unidos bloqueara la entrada de capital chino en esas infraestructuras. El mensaje es claro: mejor Europa que Washington o Pekín cuando se trata de activos estratégicos.
Aun así, persisten dudas. Las comunidades más remotas, agrupadas en las zonas con mayor brecha digital, temen quedar rezagadas. En lugares donde un corte eléctrico como el que sufrió España en la pasada primavera llegó a dejar sin servicios básicos durante semanas, la calidad de la conexión no es un lujo, sino una necesidad vital.
Un mundo que se fragmenta
Mientras Groenlandia se distancia de Estados Unidos en el terreno tecnológico, China y Rusia refuerzan su cooperación militar e industrial. El flujo de componentes electrónicos chinos hacia la industria de drones rusa, clave en la guerra de Ucrania, contrasta con la creciente desconfianza entre aliados occidentales y muestra un mundo cada vez más fragmentado en bloques tecnológicos.

En ese contexto, Groenlandia se convierte en un laboratorio de la nueva geopolítica, donde cables submarinos, satélites y estaciones espaciales pesan tanto como las bases militares. Y Canarias, desde Maspalomas, aparece como un nodo silencioso pero decisivo, conectando Europa con el Ártico en un momento en el que la soberanía también se juega en el espacio.
La pregunta ya no es solo quién controla el territorio, sino quién controla la señal. Y en esa disputa, Groenlandia ha decidido que, frente a la presión de Estados Unidos, su futuro digital pasa —aunque sea de forma indirecta— por Canarias y por Europa.


