Cuna del Alma y la inseguridad jurídica en Canarias

El inicio de la construcción del complejo turístico en el Puertito de Adeje del sur de Tenerife trajo consigo viejos fantasmas que vuelven a alarmar a inversores presentes y futuros

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En el pasado fue el tranvía, el anillo insular, el puerto de Granadilla, el tendido eléctrico de Vilaflor, el hotel de La Tejita... Para el futuro más cercano, elecciones de mayo mediante, el circuito del motor, el tren de sur, ¿de nuevo Fonsalía?...

Sin entrar en consideraciones sobre la idoneidad, rentabilidad o necesidad de dichos proyectos, lo que es un hecho incontestable es la obviedad de que Tenerife no deja de afrontar guerras endémicas dentro del marco de una planificación territorial -de concepto- incompleta, inconsistente cerca de lo irremediable.

Ahora toca Cuna del Alma, un proyecto iniciado por sus promotores en 2013. La afamada lenta burocracia archipielágica llevó a la colocación de la primera piedra en mayo de este año, casi diez años después. Que los inversores belgas vieran una oportunidad de negocio turístico -ecosostenible, según argumentaron en la presentación del proyecto- sin trabas administrativas es comprensible. Que la familia Zamorano, dueños del insigne Bahía del Duque, lo hiciera al adquirir un terreno del proyecto para edificar un hotel de lujo bajo su marca The Tais Hotels & Villas hace pensar al más profano que todo parecía estar en regla.

Fue entonces, cuando comenzaron las obras, el momento en el que germinó una nueva guerra social que, como es habitual en estos casos, llegó -y afectó- a la esfera política a un año de las elecciones. Desde entonces se transmite la sensación -real o irreal, como siempre, según se mire- de que todo se ha hecho mal. Yacimientos arqueológicos no localizados previamente, estudio ambiental simplificado, la viborina triste, nuevas manifestaciones arqueológicas.

Toca esperar, una vez más.

Para bien o para mal, pero para algo. Para decidir si se puede o no, para saber cuál es el modelo. Para saber hacia dónde queremos ir. En el fondo, y sobre todo, para saber a qué atenernos y así hacérselo saber a quienes, oriundos o foráneos, quieran poner su dinero en el desarrollo de nuestra tierra.

 

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