El cáncer de riñón representa entre el 2 y el 3% de todos los tumores malignos en adultos, con más de 430.000 nuevos casos diagnosticados cada año en todo el mundo. En España, alrededor de 9.700 personas reciben este diagnóstico anualmente, lo que lo sitúa entre los diez tumores más frecuentes.
Hoy, la mayoría de los carcinomas renales se diagnostican de manera incidental. Es decir, se descubren durante exploraciones realizadas por otros motivos, lo que ha permitido un diagnóstico más precoz y, por tanto, un mejor pronóstico para los pacientes.
Mortalidad y factores pronósticos
“En los últimos años hemos visto un aumento progresivo de la incidencia, en gran parte debido al envejecimiento de la población y, sobre todo, al uso más generalizado de pruebas de imagen como ecografías y TAC, que nos permiten detectar tumores antes de que provoquen síntomas”, explica el doctor Guillermo Conde, jefe del servicio de Urología de Hospital Quirónsalud Tenerife.
Aunque la mortalidad por cáncer de riñón es moderada en comparación con otros tumores urológicos, sigue siendo relevante: en España se registran cerca de 2.200 fallecimientos al año por esta causa. “El factor pronóstico más determinante es el estadio en el momento del diagnóstico. Los tumores localizados tienen un pronóstico muy favorable, mientras que la presencia de metástasis disminuye significativamente la supervivencia”, indica el especialista. También influyen el tipo histológico, el grado del tumor, la invasión de estructuras vecinas y el estado general del paciente.
La detección temprana no solo aumenta las opciones de tratamiento curativo, sino que también “impacta directamente en la esperanza de vida y en la calidad de vida posterior del paciente”, subraya el doctor Conde.
Factores de riesgo y prevención
Entre los factores de riesgo más importantes destacan el tabaquismo, la obesidad y la hipertensión arterial. “Todos ellos están estrechamente ligados al estilo de vida. Mantener un peso adecuado, no fumar y controlar la tensión arterial puede reducir significativamente el riesgo de desarrollar cáncer de riñón”, señala el urólogo. Existen además factores menos frecuentes, como enfermedades renales crónicas o síndromes hereditarios.
El papel del estilo de vida no puede subestimarse: un cambio saludable puede no solo prevenir la enfermedad, sino también mejorar la recuperación y el pronóstico en caso de diagnóstico.
Síntomas y diagnóstico
En muchas ocasiones, el cáncer de riñón no produce síntomas en sus fases iniciales. Cuando aparecen, los más comunes incluyen sangre en la orina, dolor lumbar y una masa palpable en el abdomen. Sin embargo, la combinación clásica de estos síntomas es hoy poco habitual y suele asociarse a tumores más avanzados. “Actualmente, muchos tumores se detectan de manera incidental durante pruebas de imagen realizadas por otras razones, lo que nos permite actuar antes de que la enfermedad progrese”, comenta el doctor Conde.
Para confirmar el diagnóstico y determinar la extensión del tumor, la prueba fundamental es el TAC con contraste, complementado en algunos casos por resonancia magnética o biopsia renal según la situación clínica. Estas herramientas permiten planificar un tratamiento personalizado y optimizar las opciones curativas.
Tratamiento y cirugía
En tumores localizados, la cirugía es la opción de tratamiento curativo. Existen dos modalidades principales: la nefrectomía parcial, que extirpa sólo el tumor preservando el resto del riñón, y la nefrectomía radical, indicada en casos de tumores grandes o complejos. “La cirugía robótica ha revolucionado nuestro abordaje, permitiendo procedimientos conservadores cada vez más sofisticados y reduciendo la morbilidad postoperatoria”, explica el jefe del servicio de Urología de Hospital Quirónsalud Tenerife.
“En tumores metastásicos, el tratamiento principal es sistémico, basado en inmunoterapia y terapias dirigidas, siempre decidido por un equipo multidisciplinar", señala el especialista. La combinación de técnicas avanzadas y un seguimiento estrecho permite a la mayoría de los pacientes llevar una vida normal tras la cirugía, “siempre que se preserve tejido renal suficiente para mantener la función y reducir riesgos cardiovasculares”, añade para concluir