La casa ya no es casa. Es ya casi un solar abierto, con escombros de lo que fueron las habitaciones, la cocina, la entrada, el baño. Desde la calle se ve todo porque ya no hay ni puertas ni ventanas.
Una señora mira desde la calle hacia adentro, enmudecida. Solo se escucha el sonido de unos hombres con chaleco y cascos de obra. También suena un tabique que cae.
Barrio del Toscal
Pero para Dolores Rodríguez, vecina del barrio santacrucero del Toscal, esas paredes sin techo, aún con colores y un pequeño espejo que cuelga sobre unos azulejos blancos, sigue siendo el lugar donde empezó todo: “Aquí viví yo, nací y vivimos… fue una vida bonita”.
Ella está detenida frente a la fachada, oteando el resultado de la demolición interior y duda un segundo, como si necesitara ajustar la mirada para superponer el recuerdo sobre el ladrillo desnudo.
Incredulidad y resignación
Dolores cuenta a Atlántico Hoy que nació en esa casa, creció entre sus dos plantas, una escalerita interior y un patio al fondo donde se mezclaban voces, risas y canciones, y solo hace seis años que se mudó a otra vivienda situada dos calles más arriba de la calle Santiago, “en la segunda”, como repite varias veces.
“Me sorprendió, porque sabía que estaban trabajando ahí (señalando a una contigua) pero que iban a tirar esta no lo sabía”, confiesa, todavía con una mezcla de incredulidad y resignación. Lo que para algunos es solo una reforma más del barrio, para ella es ver cómo desaparece la casa donde vivió con sus padres y donde, dice, “nos conocíamos todos, todos, todos”.
Una ciudadela dentro de la ciudad
Lo que hoy se ve como una estrecha parcela fue durante décadas una pequeña “ciudadela”, según nos comenta. “Eso era una casa y era como hasta el fondo, era como una ciudadela; aquí vivían por lo menos cuatro personas hasta el fondo”, recuerda Dolores, señalando hacia lo que ahora es un espacio vacío que ella sigue recorriendo con la memoria.
En una de aquellas viviendas se alojaba una modista; en otra, una mujer llamada Soledad que, según cuenta, “todo el día estaba cantando”. En ese microcosmos urbano, las puertas quedaban entreabiertas, se compartían historias y necesidades, y la vida se hacía hacia dentro, hacia el patio, más que hacia la calle.
Entre la nostalgia y la aceptación
Mientras observa las obras, Dolores repite varias veces la misma idea: “La vida es así, nada. Unos quitan, otros ponen”. No reniega del cambio ni idealiza del todo el pasado; sabe que la casa ya no era habitable y que hoy vive mejor en su nueva vivienda, en la calle San Antonio.
Sin embargo, hay algo en el derribo que le remueve por dentro. “Me llamó la atención… la niñez, sí es verdad, la verdad que fue bonita”, reconoce cuando se le pregunta qué siente al ver desaparecer aquellas paredes. En esa mezcla de orgullo y melancolía se cuela la certeza de que un trozo de su historia, y de la historia del barrio, también se cae con cada martillazo.
Un barrio que cambia
Dolores no habla de planes urbanísticos ni de plusvalías; habla de vecinas, de patios, de canciones y de la sensación de que “nos conocíamos todos”. Cuenta que una de las casas colindantes “fue ocupada” y que la otra “está habitada por extranjeros”, señal de que el tejido social del barrio también se ha ido transformando a golpe de crisis y mudanzas.
Aun así, asegura estar bien donde está: “La verdad que donde vivo ahora estoy bien, sí, porque… eso no es habitable”. Acepta que los tiempos cambian, que las casas viejas se derriban y que vendrán nuevas familias y nuevas historias a ocupar el solar que ahora duele mirar.
Nuevo proyecto
Los operarios que se encargan de la obra comentan que la finca ha sido adquirida por un nuevo propietario y que, respetando la fachada, se volverá a edificar una nueva vivienda.
También se interesan por la casa de al lado y preguntan a Dolores si conoce a los dueños porque tienen intención de comprarla también. Ella responde que no sabe, que solo recuerda a la costurera que siempre estaba cantando con la puerta entreabierta, como casi todas las casas del Toscal en aquella época.
