Ángel, Manuel, Aldrin y Jojo forman parte de la comunidad agustina de Puerto de la Cruz, epicentro de fe donde se vive estos días la visita del papa León XIV como un acontecimiento íntimo y extraordinario a la vez. Son solo cuatro religiosos, la única comunidad agustina que permanece en Canarias, y todos comparten la sensación de estar ante un reencuentro con un hermano que ya conocían antes de que el mundo lo mirara como pontífice.
“Es una explosión de alegría inmensa”, resume a Atlántico Hoy el prior, el padre Ángel, con la serenidad de quien habla desde la confianza, pero también desde la experiencia de una vida entera en comunidad. La noticia de que Robert Prevost, el agustino que pasó por Tenerife en 2003, regresará ahora como León XIV, ha removido recuerdos, conversaciones y una memoria compartida que aún conserva el calor de lo vivido.
Julia
Entre los cuatro religiosos que hoy habitan esta casa parroquial no queda nadie de los que recibieron entonces al superior agustino y que, años más tarde, se convertiría en Papa. “Los que estaban entonces han muerto, la mayoría han fallecido”, explica el prior, con una naturalidad que no oculta la emoción.
Sin embargo, sigue en la casa Julia, la cocinera. Ella cocinó hace 23 años para Prevost, y en la actualidad sigue elaborando gustosos platos para la comunidad religiosa que, aunque haya cambiado, mantiene el recuerdo, como indica el padre Ángel. Y no solo por lo que Prevost significa ahora, sino por lo que ya era, “un hombre muy natural, intelectual, sosegado, tranquilo y de decisiones meditadas”.
No es un desconocido
“León XIV no es un desconocido para nosotros”, dice el padre Ángel sin grandilocuencia, pero con convicción y recuerda que, siendo antiguo general de la orden de San Agustín, recorrió más de 55 países y visitó numerosas casas de la congregación.
También la de Puerto de la Cruz, una casa pequeña, discreta, casi doméstica, donde la memoria se guarda en los gestos sencillos y en las conversaciones que no necesitan alzar la voz para perdurar.
Encuentros
“Todos nosotros le conocemos y nos conocemos”, señala el prior, que reconoce haber coincidido con el Papa en Roma y en algún encuentro en Valladolid, aunque no con la cercanía de quienes han compartido rutina.
Aun así, la impresión que deja en quienes lo trataron es la de un religioso cercano desde la sencillez, “un hombre que no se presenta imponiendo su figura, sino que se deja reconocer por su manera de estar”.
Un privilegio compartido
En la comunidad no hablan ni desde la vanidad ni desde el orgullo, sino desde el privilegio. “Es un auténtico privilegio tener a un hermano que encima es el número uno”, afirma el padre Ángel, añadiendo que “no se trata solo de que sea el Papa, sino de que, antes que nada, es agustino”. Esta pertenencia común convierte la visita en algo más que un acto protocolario y la transforma en una historia de familia, según expone.
La emoción es todavía mayor porque León XIV tendrá un saludo personal con la comunidad y recibirá a los cuatro agustinos en el Obispado. Para el padre Ángel, ese gesto dice mucho del pontífice que regresa a la isla y lo sitúa como un hombre que conserva la memoria del vínculo, incluso cuando su posición lo sitúa en la cima de la Iglesia.
El día a día
En la casa parroquial, el día a día sigue su curso entre oraciones, misas, tareas pastorales y atención a las parroquias de Nuestra Señora de la Peña de Francia y de La Peñita, además de las capellanías del colegio Matilde Téllez y del Hospital de la Inmaculada.
Pero estos días, en el hogar agustino todo parece teñido por una emoción distinta, una alegría serena que se mezcla con el recuerdo de lo compartido y con la expectativa del encuentro que está por venir.
La huella de la sencillez
Menciona el entrevistado que una de las historias más vivas de aquella visita de 2003 la conserva Julia, la cocinera de la casa, que lleva más de tres décadas con la comunidad. Nos cuenta que ella fue testigo de la naturalidad del entonces superior agustino y recuerda como él mismo preparaba su desayuno.
También recuerda la sencillez con la que se movía por la casa y el gusto por la mesa compartida, con un plato especial que se le ofreció entonces, el conejo en salmorejo, convertido ya en anécdota entrañable. “De hecho, en una de las visitas que hizo el obispo Eloy a nuestra casa se le preparó el mismo plato”, en recuerdo del agasajo de aquella vez a quien hoy ocupa la silla de Pedro”
Dignidad humana y migración
Ese tipo de recuerdos que comparten los agustinos dibujan el retrato de un hombre que no necesitaba solemnidad para dejar huella. Y quizá por eso la comunidad cree que su visita ahora puede tener un eco especial entre los fieles. No solo por su condición de papa, sino porque encarna una forma de liderazgo que nace del trato humano, de la escucha y de la cercanía.
Para el padre Ángel, el mensaje que debería trascender de esta visita debe girar en que León XIV viene a consolidar la fe de todos, no solo la de los agustinos, y también a poner el foco en cuestiones urgentes como la dignidad humana y la migración, un problema que golpea de lleno a Canarias. Pero junto a esa dimensión social, el prior intuye otra más silenciosa y quizá más duradera: una llamada vocacional.
“Alegría desbordante”
“Que el Papa es agustino lleva la inquietud de conocer a los agustinos”, dice con esperanza. En esa frase cabe mucho más que una estrategia pastoral. Cabe la ilusión de una comunidad pequeña que se sabe humilde, pero no invisible; una comunidad que ha recibido una sorpresa grande y que quiere convertirla en una oportunidad para compartir su manera de vivir la fe.
Al final, el padre Ángel resume con pocas palabras, como quien deja la puerta abierta a lo esencial, lo que significa esta visita: “Alegría desbordante por la visita de un hermano que además es Papa”. Y en esa frase, sencilla y rotunda, cabe toda la historia de una comunidad que espera a León XIV no solo como a un pontífice, sino como a alguien que ya estuvo en casa antes de que el mundo lo llamara así.
