Pilar Blanco Dieppa

A Lucky se le reconocía con el premio de Atlántico Hoy, entre otras cosas, por todo ese camino que ayudó a emprender a mucha gente de la isla que tuvo la suerte de cruzarse con ella

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Pilar Blanco Diepa dirigiéndose a los asistentes al acto tras la entrega del premio. / AH
Pilar Blanco Diepa dirigiéndose a los asistentes al acto tras la entrega del premio. / AH

Esta última semana asistí al acto de entrega de los premios de Atlántico Hoy. Hubo varios reconocimientos más que merecidos a personas y entidades que ayudan a que el mundo cercano sea un poco más habitable; pero también se le rindió homenaje a una mujer que casi siempre se mantiene entre bambalinas, en ese segundo plano de quienes no quieren más protagonismo que el del deber cumplido, o más que el deber yo me atrevería a decir que lo que buscan es la felicidad de las personas que tienen cerca. La generosidad quizá sea su mejor divisa. Hablo de Pilar Blanco Dieppa, a la que todos conocemos por Lucky, una mujer que ha llevado la cultura al Gabinete Literario durante muchos años; pero que también ha jugado un papel esencial en la Unesco en Canarias o en su puesto de trabajo en el Cabildo de Gran Canaria. Lucky es la mirada luminosa y la ilusión que trasciende, la carcajada y también esa luz que tantos se empeñan en apagar cuando llega alguien con ganas de encender la velas del cumpleaños diario del acontecer cotidiano.

Yo la conocí hace veinte años. Iba a presentar mi primera novela y me dijeron que hablara con ella. Quedamos en esa terraza del Gabinete que ha visto pasar tanta y tanta historia. A aquel escritor novel, desconocido, Lucky le ofreció presentar su libro en el Salón Dorado del Gabinete, el de los espejos y los frescos en las paredes,  y no pidió nada, solo recuerdo que me dijo algo así como que esperaba que algún día dijera que allí fue donde empezó todo. Me senté con su presidente, Juan José Benítez de Lugo, mi editor, Jorge Liria, y mi profesora de Literatura en el Instituto, María Teresa Ojeda, la persona que me hizo escritor sin que yo me diera cuenta. Hay muchas fotos de aquel acto inolvidable, muchas ausencias al paso de dos décadas, y aquella emoción inolvidable de quien veía cumplido el sueño de muchos años. Lucky estaba por allí, pero no aparece en las fotos, y sin embargo nada de lo que sucedió hubiera sido posible sin ella: la posición de la mesa, los micrófonos, el horario, todo aquello lo planeamos durante varios encuentros. Yo apenas controlaba todos esos pequeños detalles necesarios para que un acto salga bien más allá de las intervenciones de los ponentes. Con los años, cuando llegas a tantos sitios cada vez más improvisados y sin el cuidado de todos esos pequeños detalles, me doy cuenta de la inmensa suerte que tuve aquella aquella tarde de noviembre en el Gabinete. Ha habido más presentaciones y más actos inolvidables en el Gabinete, en ese salón señorial y en el Salón Rojo en el que uno parece que viaja en el tiempo hacia el espíritu de una Ilustración cada vez más necesaria. A Lucky se le reconocía con el premio de Atlántico Hoy, entre otras cosas, por todo ese camino que ayudó a emprender a mucha gente de la isla que tuvo la suerte de cruzarse con ella.

Con el paso de los años, cuando me la encuentro por la calle, reconozco esa bondad y esa capacidad que tienen algunas personas para hacer más bello el espacio que frecuentan y también para lograr que no te despistes en el camino de tus sueños. Sé además de su fuerza vital y de su resiliencia, de esas batallas que se ganan en el silencio, en la soledad y en la creencia a carta cabal en la suerte que reparte el azar jugando con nuestros pasos en ese tablero siempre extraño de la existencia. Lo que escribo se parece a lo que podría contar mucha gente, y creo, por tanto, que habrá muchas personas que sientan lo mismo que yo ante ese premio ligado a una cultura que reconoce a alguien que nos ha ayudado a escribir esos capítulos necesarios para que la novela de nuestra vida sea un poco más emocionante, más intensa, y, por supuesto, mucho más feliz que la otra vida que encontramos tantas veces en la calima espesa de la realidad diaria.