Los ecos Atlánticos de Laura Vega

Algún día podremos decir que nosotros estuvimos allí, donde una mujer nacida en Vecindario en 1978 se acercó al silencio y lo transformó en una melodía que hizo volar alto a quienes estaban en el Alfredo Kraus

Guardar

Laura Vega en el escenario del Auditorio Alfredo Kraus el sábado, 4 de febrero de 2023. / Tino Armas
Laura Vega en el escenario del Auditorio Alfredo Kraus el sábado, 4 de febrero de 2023. / Tino Armas

Primero fue el silencio. El viernes nos lo recordó Blanca Portillo en el Cuyás, nos contó el silencio, la palabra y la vida como un teatro de ficción y de sueños. Juan Mayorga escribió lo que Blanca Portillo sacralizó en el escenario paseando con Sófocles o con Chéjov, con Shakespeare o con Buero Vallejo. Y el teatro, cuando termina, queda en silencio, como la vida cuando duerme o cuando nos marchamos hacia el viaje que nunca acaba si uno sigue creyendo siempre en el eco de su propio destino eterno.

Ya los pájaros cantaban antes que los humanos, entre silencio y silencio; pero luego los humanos lograron trascender cuando volvieron alquimia el sonido de su propia alma. El sábado, 4 de febrero, con nieve en las cumbres más altas de las islas y con hielo sobre el fuego de Timanfaya, cerca de las nueve de la noche, con la luna casi llena, sonó por vez primera en Gran Canaria “Luz, Amor y Éxtasis”, concierto para guitarra y orquesta, de la gran Laura Vega. Era una obra de estreno para el Festival de Música de Canarias y la intepretaba la Scottish Chamber Orchestra dirigida por Maxim Emelyanychev. La guitarra, que aún logro escuchar si me callo, la tocó magistralmente Pablo Sainz-Villegas. Algún día podremos decir que nosotros estuvimos allí, donde una mujer nacida en Vecindario en 1978 se acercó al silencio y lo transformó en una melodía que hizo volar alto a quienes estaban en el Alfredo Kraus.

La vida, muchas veces, no es más que una sucesión de pálpitos que sabemos que va atravesando nuestro cuerpo para llevarnos a donde no somos capaces de arribar sino con la intuición y el sortilegio del arte. Siempre que escucho la música que compone Laura Vega reconozco los latidos, si los tuviera, de mi alma, la sístole y la diástole que quedan entre el vacío y el éxtasis, entre el amor y la soledad, entre la vida y la muerte. 

La música, ya lejos del teatro, sigue sonando en nuestros propios silencios y uno viaja con ella, con la memoria y con el eco de lo que fue grandioso e importante mientras sonó y nos sacó durante un rato del tedio, del año que vivimos o de nuestra propia memoria recurrente. Cuando alguien logra que podamos trascender con la energía que se genera en un teatro, a una hora concreta, en un día determinado, nos eterniza en su melodía, nos regala una navegación sideral por el cosmos, atravesando galaxias que se vuelven sonidos y que sólo somos capaces de intuir cuando regresamos del rapto de violines, violonchelos, trompetas o de esa guitarra que iba marcando la estancias que Laura Vega nos invitaba a recorrer en su obra. Hubo Luz. Hubo Amor. Hubo Éxtasis. La música da sentido a las palabras sin tener que pronunciarlas para que suenen. Un canto a la vida. Un viaje a los lugares secretos. Detrás estaba el océano, probablemente reconociendo los ecos Atlánticos de Laura Vega.