6 de octubre de 1998. El Cabildo de Gran Canaria colocó la primera piedra de un estadio presupuestado en 2.500 millones de pesetas —que equivaldrían hoy a alrededor de 29 millones de euros (una vez actualizados por la inflación)—. Casi tres décadas después, esa misma infraestructura encara una segunda gran transformación que elevará la inversión acumulada hasta el entorno de los 300 millones de euros. ¿Qué ha pasado entre una cifra y otra? La respuesta explica no solo la historia del Estadio de Gran Canaria, sino también la evolución del deporte, del urbanismo y de las ambiciones de una isla que ha decidido reinventar su mayor infraestructura deportiva.
La historia del Estadio de Gran Canaria suele contarse a partir de los partidos de la UD Las Palmas, de los conciertos multitudinarios o de la carrera por convertirse en una de las sedes del Mundial de 2030. Sin embargo, la verdadera dimensión del recinto aparece cuando se observa con perspectiva. Pocas infraestructuras públicas del Archipiélago han experimentado una transformación tan profunda desde que fueron concebidas. El estadio que empezó a construirse para sustituir al Insular y convertirse en un complejo multiusos apenas se parecerá al que emerja cuando concluyan las obras de La Nube.
Desajuste presupuestario
La magnitud del cambio se entiende mejor a través de los números. El proyecto presentado a finales de los años noventa nació con un presupuesto cercano a los 2.500 millones de pesetas, aunque las sucesivas modificaciones técnicas, proyectos complementarios y actuaciones necesarias para concluir la obra elevaron finalmente la inversión por encima de los 90 millones de euros. Desde entonces, el recinto ha seguido evolucionando con nuevas actuaciones, entre ellas la eliminación parcial de la pista de atletismo para acercar las gradas al terreno de juego, hasta desembocar en la transformación integral que exige la candidatura española al Mundial de 2030.
Ese recorrido explica por qué el debate actual va mucho más allá de una simple reforma. Si las previsiones del Cabildo se cumplen y la nueva licitación supera ampliamente los 200 millones de euros, como todo apunta tras quedar desierto el concurso de 174,7 millones, la inversión acumulada desde que comenzaron las obras rozará los 300 millones de euros. No se trata únicamente de una cifra llamativa. Refleja el cambio de escala de una infraestructura cuya evolución ha acompañado a la propia transformación de Gran Canaria durante los últimos treinta años.
UD Las Palmas... y mucho más
Porque el estadio que imaginó el Cabildo en 1998 respondía a una forma de entender el deporte muy distinta a la actual. La prioridad de Gonzalo Angulo, consejero de Deportes en aquel momento, era dotar a la isla de un gran recinto multiusos, preparado para acoger competiciones de fútbol y atletismo, albergar las dependencias del Instituto Insular de Deportes, servir de sede a las federaciones deportivas insulares y convertirse en el centro de un gran complejo deportivo en Siete Palmas. La UD Las Palmas sería su principal usuario, pero no el único ni necesariamente el eje sobre el que giraría toda la instalación.
Tres décadas después, esa filosofía ha cambiado por completo. El proyecto de La Nube no persigue únicamente modernizar el edificio o adaptarlo a las exigencias de la FIFA. Persigue redefinir su función. El estadio se convertirá en una infraestructura diseñada alrededor del fútbol profesional, de la experiencia del espectador y de la explotación de nuevos espacios comerciales y de ocio. También cambiará la relación institucional con la UD Las Palmas, que ha comprometido 60 millones de euros para hacer posible una transformación destinada a convertir el recinto en una referencia internacional durante las próximas décadas.
Financiación de otras administraciones
La decisión del Cabildo de renunciar al procedimiento negociado tras el fracaso de la primera licitación confirma, además, que la institución asume la necesidad de replantear el proyecto desde el punto de vista económico. La previsión es sacar un nuevo concurso en las próximas semanas con un presupuesto superior a los 200 millones de euros, mientras se busca incorporar a la financiación al Estado, al Gobierno de Canarias y al Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria. El objetivo es repartir el esfuerzo financiero de una actuación que trasciende el ámbito insular y que condicionará buena parte de la actividad deportiva y cultural de Gran Canaria durante los próximos años.
Pero el dinero es solo una parte de la historia. Detrás de esas cifras se esconden decisiones políticas, proyectos modificados, dificultades técnicas, cambios de modelo y una evolución que explica por qué el Estadio de Gran Canaria ha terminado siendo una infraestructura muy distinta de la que imaginaron sus primeros planos. Comprender cómo se ha producido esa transformación obliga a regresar al origen, cuando el Cabildo decidió abandonar definitivamente el viejo Estadio Insular para levantar en Siete Palmas un recinto que debía simbolizar el futuro del deporte grancanario.
Gran complejo deportivo
Si el Estadio de Gran Canaria hubiera respondido exactamente al proyecto concebido a finales de los años noventa, hoy no existiría La Nube. Esa afirmación puede parecer exagerada, pero resume buena parte de la historia del recinto. El estadio que el Cabildo decidió construir en Siete Palmas no nació pensando únicamente en la UD Las Palmas ni en el fútbol profesional. Nació como un gran complejo deportivo de carácter público, capaz de concentrar en un mismo espacio competiciones de distintas disciplinas, la actividad administrativa del deporte insular y grandes acontecimientos ciudadanos.
La pista de atletismo no fue un añadido; era una de las piezas centrales del proyecto. Con el paso de los años, sin embargo, esa filosofía acabaría chocando con la realidad de un estadio cuyo principal usuario era un club de fútbol y cuyos aficionados reclamaban una experiencia muy distinta a la que ofrecía el diseño original.
La decisión de abandonar el viejo Estadio Insular respondía a varias razones. El histórico recinto de Ciudad Jardín había quedado encajonado, obsoleta, sin posibilidades reales de crecimiento y con unas limitaciones estructurales que hacían inviable adaptarlo a las exigencias del deporte moderno. El Cabildo optó entonces por mirar hacia Siete Palmas, donde proyectó un gran polo deportivo que debía convertirse en una de las principales infraestructuras públicas de Gran Canaria. El estadio sería su elemento más visible, pero no el único. A su alrededor se levantarían otras instalaciones deportivas y las dependencias del Instituto Insular de Deportes, configurando un espacio concebido para el conjunto de la isla y no exclusivamente para el fútbol.
Construcción compleja
La construcción fue, desde el primer momento, mucho más compleja de lo que sugerían los planos. Los trabajos preparatorios comenzaron antes incluso de que el 6 de octubre de 1998 se colocara oficialmente la primera piedra. Hubo que acondicionar el terreno, resolver problemas de cimentación y adaptar una parcela que nunca había acogido una infraestructura de semejantes dimensiones. La inauguración no llegaría hasta el 8 de mayo de 2003, casi cinco años después. Durante ese tiempo, el estadio se convirtió en una de las mayores obras civiles que se ejecutaban simultáneamente en Canarias y movilizó recursos humanos y materiales poco habituales en el Archipiélago.
En los momentos de mayor actividad llegaron a trabajar cerca de 800 personas al mismo tiempo. La demanda de mano de obra especializada obligó incluso a incorporar trabajadores procedentes de Portugal, mientras el ritmo de ejecución exigía el suministro diario de cientos de metros cúbicos de hormigón y grandes cantidades de acero, parte del cual tuvo que importarse desde otros países por las dificultades para abastecerse en el mercado nacional. La imagen del estadio creciendo sobre el horizonte de Siete Palmas escondía una maquinaria logística de enorme complejidad que convirtió la obra en un referente de la ingeniería civil canaria de aquellos años.
Modificados
La complejidad técnica tuvo también un reflejo directo en las cuentas. El presupuesto inicial, cifrado en torno a 2.500 millones de pesetas, fue quedándose pequeño conforme avanzaban los trabajos. La ejecución obligó a aprobar proyectos reformados, actuaciones complementarias y contratos destinados a completar aspectos que no habían quedado suficientemente definidos en el diseño original.
Entre ellos figuraban los proyectos de acabado geométrico y de terminación del estadio, imprescindibles para que la instalación pudiera entrar plenamente en funcionamiento. Años después, la Audiencia de Cuentas de Canarias llamaría la atención sobre esa sucesión de modificaciones, al señalar que el proyecto inicialmente contratado no contemplaba con el suficiente grado de detalle todas las actuaciones necesarias para concluir la infraestructura.
Paralelismo
El resultado fue un incremento progresivo del coste hasta superar los 90 millones de euros, una cifra que multiplicaba varias veces la previsión económica con la que el Cabildo había presentado el proyecto a finales de los años noventa. Vista desde la perspectiva actual, aquella evolución guarda un evidente paralelismo con la reforma del Mundial. Entonces fue la propia construcción la que terminó desbordando el presupuesto previsto; ahora son el aumento de los costes de ejecución, la complejidad de intervenir sobre un estadio en funcionamiento y las exigencias técnicas de la FIFA las que obligan a revisar nuevamente las cifras.
Sin embargo, la principal transformación del Estadio de Gran Canaria no fue económica. Fue conceptual. El recinto abrió sus puertas como uno de los estadios más modernos del país, pero también como un ejemplo de una forma de entender las instalaciones deportivas que empezaba a quedar atrás. La pista de atletismo, imprescindible para el proyecto original, alejaba al público del terreno de juego y restaba intensidad al ambiente de los partidos. Durante años, esa distancia fue una de las críticas más repetidas por la afición de la UD Las Palmas, acostumbrada a la cercanía casi íntima que ofrecía el viejo Estadio Insular.
Eliminación de las pistas
La respuesta llegó entre 2014 y 2016, cuando el Cabildo ejecutó la primera gran reforma del recinto para acercar las gradas al césped y eliminar buena parte de la pista de atletismo. Aquella actuación, que costó cerca de cuatro millones de euros, mejoró notablemente la experiencia de los espectadores, pero no modificó la esencia del edificio. La estructura, las torres —inacabadas—, los accesos, las instalaciones interiores y buena parte de la distribución seguían respondiendo al concepto concebido en los años noventa. Era, en cierto modo, un intento de adaptar un estadio multiusos a las necesidades del fútbol profesional sin alterar su arquitectura fundamental.
Ese equilibrio es precisamente el que rompe ahora La Nube. La transformación prevista para el Mundial no pretende corregir las limitaciones del estadio construido en 2003, sino sustituir definitivamente el modelo sobre el que fue concebido. El recinto dejará de ser una infraestructura pensada para compartir protagonismo entre distintas disciplinas deportivas y pasará a organizarse alrededor del fútbol, de la actividad comercial asociada a los grandes eventos y de una nueva forma de entender los estadios como espacios abiertos durante todo el año. En realidad, el cambio que se prepara no consiste únicamente en modernizar un edificio. Consiste en cerrar una etapa iniciada hace casi treinta años y abrir otra completamente distinta.
Porque, al final, la mayor paradoja del Estadio de Gran Canaria no reside en el dinero invertido ni en la magnitud de las obras. Reside en que el proyecto que comenzó en 1998 nunca dejó de evolucionar. El estadio inaugurado en 2003 fue la respuesta a las necesidades de una época. El que emergerá tras el Mundial de 2030 responderá a unas prioridades completamente diferentes. Entre ambos no media una demolición, sino una lenta transformación que explica por qué la historia del recinto no puede contarse como la de un edificio terminado, sino como la de una infraestructura que lleva casi tres décadas reinventándose.
La factura del Mundial
Si la primera construcción del Estadio de Gran Canaria estuvo marcada por la complejidad técnica, la segunda lo está por la económica. El proyecto que el Cabildo presentó para adaptar el recinto al Mundial de 2030 ha dejado de ser una simple reforma para convertirse en una de las mayores inversiones públicas previstas en Canarias durante los próximos años. La evolución de sus cifras lo explica mejor que cualquier discurso. La candidatura mundialista comenzó trabajando con un coste que rondaba los 100 millones de euros.
Con la redacción definitiva del proyecto, el presupuesto ascendió a 174,7 millones. Ninguna empresa presentó oferta. Ahora, la institución insular prepara una nueva licitación que superará los 200 millones de euros y que, según las estimaciones que maneja el propio sector de la construcción, podría situarse entre los 230 y los 250 millones. Nunca una actuación sobre una infraestructura deportiva en Gran Canaria había experimentado una escalada económica de semejante magnitud antes incluso de adjudicarse.
Licitación desierta
La decisión de declarar desierto el concurso no fue únicamente un contratiempo administrativo. Supuso el reconocimiento de que el mercado entendía que las condiciones económicas del contrato no compensaban la complejidad de una obra de estas características. Las constructoras debían intervenir sobre un estadio en funcionamiento, cumplir unos plazos extremadamente exigentes por la proximidad del Mundial, asumir el incremento experimentado por los costes de los materiales durante los últimos años y hacerlo, además, en un territorio insular donde la logística añade un sobrecoste permanente a cualquier gran proyecto. El resultado fue una ausencia absoluta de ofertas que obligó al Cabildo a replantear por completo su estrategia.
La corporación insular tenía la posibilidad legal de acudir a un procedimiento negociado sin publicidad para intentar adjudicar directamente el contrato. Sin embargo, esa alternativa apenas permitía modificar los aspectos esenciales de la licitación y mantenía prácticamente intacta la estructura económica que el propio mercado acababa de rechazar. La decisión fue empezar de nuevo. El Cabildo redactará un nuevo concurso, actualizará el presupuesto y volverá a buscar empresas dispuestas a ejecutar una actuación que, por su volumen y dificultad técnica, apenas tiene precedentes recientes en Canarias.
Otros estadios
Ese salto económico adquiere una dimensión diferente cuando se compara con otras grandes actuaciones realizadas en España. La remodelación de Anoeta, que permitió eliminar la pista de atletismo y acercar las gradas al terreno de juego, supuso una inversión cercana a los 85 millones de euros. La construcción del nuevo San Mamés, considerado uno de los estadios de referencia del fútbol europeo, rondó los 210 millones. La futura Nueva Romareda, llamada también a convertirse en sede del Mundial de 2030, maneja actualmente un presupuesto situado entre los 220 y los 230 millones. El Santiago Bernabéu y el Spotify Camp Nou juegan en otra categoría por la envergadura de sus proyectos y de sus modelos de negocio, con inversiones que superan ampliamente los mil millones de euros, pero constituyen una excepción dentro del panorama español.
La comparación resulta reveladora porque sitúa al Estadio de Gran Canaria en un grupo en el que muy pocos imaginaban verlo hace apenas unos años. Si la nueva licitación alcanza finalmente el entorno de los 240 millones de euros, adaptar el recinto de Siete Palmas costará prácticamente lo mismo que construir desde cero un estadio como San Mamés o la nueva Romareda. Es una circunstancia poco habitual en la ingeniería deportiva. La segunda vida del Estadio de Gran Canaria tendrá un coste equivalente al de levantar algunos de los recintos más modernos del país.
Sin embargo, esa comparación también admite otra lectura. A diferencia de San Mamés o de la futura Romareda, Gran Canaria no parte de un solar vacío. La isla ya realizó un enorme esfuerzo inversor para levantar el estadio inaugurado en 2003. Cuando se suman ambas etapas, junto con las actuaciones intermedias ejecutadas durante las dos últimas décadas, la inversión acumulada se aproxima a los 300 millones de euros. Ese dato no significa que la reforma del Mundial vaya a costar esa cantidad, ni que el primer estadio haya sido un fracaso. Significa, sencillamente, que el recinto ha acompañado la evolución del deporte profesional y de las exigencias internacionales hasta el punto de requerir una segunda transformación de dimensiones comparables a la primera.
Transformación
También ha cambiado la función que se espera de un gran estadio. A finales de los años noventa, el objetivo era dotar a Gran Canaria de una infraestructura pública capaz de acoger distintas disciplinas deportivas y servir como sede administrativa del deporte insular. Hoy, el modelo dominante en Europa responde a otra lógica. Los estadios ya no se conciben únicamente como escenarios para disputar partidos. Deben generar actividad económica durante todo el año, incorporar espacios comerciales, restauración, zonas VIP, experiencias para empresas y visitantes, recorridos turísticos y servicios que permitan rentabilizar unas inversiones cada vez más elevadas. La propia candidatura al Mundial acelera esa transformación y obliga a adaptar el recinto a unos estándares muy diferentes de los que existían cuando se colocó la primera piedra en 1998.
En ese contexto, la reforma del Estadio de Gran Canaria deja de ser únicamente una cuestión arquitectónica. Se convierte en una decisión sobre el modelo de ciudad y de isla que quieren proyectar las administraciones públicas. La inversión no persigue solo mejorar la experiencia de los aficionados de la UD Las Palmas, sino consolidar una infraestructura capaz de competir por acontecimientos deportivos internacionales, grandes conciertos y eventos empresariales que hasta hace pocos años resultaban impensables en el Archipiélago. El debate, por tanto, ya no se limita a cuánto costará la obra, sino a cuál será el retorno social, económico y turístico de una actuación que marcará el futuro del recinto durante los próximos cincuenta años.
Incógnitas por resolver
Esa perspectiva ayuda a comprender por qué el verdadero reto del Cabildo no terminará cuando consiga adjudicar las obras. Comenzará entonces una carrera contra el calendario para ejecutar una intervención de enorme complejidad sin paralizar completamente la actividad del estadio. Y es precisamente ahí donde aparecen las preguntas que todavía siguen sin respuesta: ¿dónde jugará la UD Las Palmas durante las obras si fuera necesario?, ¿qué ocurrirá con los miles de abonados si el equipo logra ascender a Primera División?, ¿dónde se trasladarán el Instituto Insular de Deportes y las federaciones deportivas?, ¿podrán seguir celebrándose eventos como el Granca Live Fest?, ¿afectará la reforma a la aspiración de convertir Gran Canaria en sede habitual de las selecciones españolas?
Son incógnitas que, más allá del presupuesto, determinarán el verdadero impacto de la mayor transformación vivida por el Estadio de Gran Canaria desde su inauguración en 2003 y que merecen una respuesta antes de que la primera excavadora vuelva a entrar en Siete Palmas.
Convivir con la UD
La transformación del Estadio de Gran Canaria no empieza ni termina en los planos. Comienza el día en que las máquinas entren en Siete Palmas y afecta a una instalación que no puede cerrar la persiana mientras se construye. A diferencia de lo ocurrido entre 1998 y 2003, cuando el recinto todavía no existía, ahora las obras deberán convivir con una infraestructura que cada semana recibe a decenas de miles de personas, alberga la actividad administrativa del deporte insular, acoge conciertos multitudinarios y constituye la sede habitual de la UD Las Palmas. Esa convivencia convierte la ejecución del proyecto en un desafío logístico de primer nivel y abre una batería de incógnitas que, a día de hoy, todavía esperan una respuesta definitiva.
La primera afecta, inevitablemente, a la UD Las Palmas. El objetivo del Cabildo pasa por compatibilizar las obras con la disputa de los partidos oficiales, organizando la ejecución por fases para que el equipo pueda seguir jugando en Siete Palmas el mayor tiempo posible. Sin embargo, la dimensión de la intervención hace difícil descartar que, en algún momento, el club tenga que buscar una sede provisional. Esa posibilidad adquiere una relevancia aún mayor si la entidad logra regresar a Primera División, una categoría con exigencias de aforo, seguridad y servicios mucho más estrictas que las de Segunda.
¿Maspalomas?
La pregunta no es menor. La UD Las Palmas supera ya los 12.000 abonados, una cifra que condiciona cualquier alternativa. Gran Canaria no dispone de otro estadio con capacidad similar ni con las condiciones necesarias para absorber de forma inmediata un volumen tan elevado de aficionados. La opción que más veces ha aparecido sobre la mesa es el Estadio Municipal de Maspalomas, una instalación que también necesita una importante adaptación para el Mundial 2030 —figura como campo de entrenamiento de la sede— para responder a los requisitos del fútbol profesional y cuya capacidad seguiría quedando muy por debajo de la demanda habitual del club amarillo. Cualquier traslado obligaría, además, a reorganizar los abonos, reducir el número de espectadores y asumir un importante impacto económico y social.
Las dudas no afectan únicamente al fútbol. El Estadio de Gran Canaria es también la sede del Instituto Insular de Deportes y de varias federaciones deportivas que desarrollan allí su actividad diaria. Las obras obligarán a reubicar oficinas, servicios administrativos y espacios de trabajo durante un periodo que previsiblemente se prolongará durante varios años. El Cabildo ha confirmado que esa reorganización forma parte de la planificación del proyecto, aunque todavía no ha detallado públicamente cuál será el destino definitivo de todos esos servicios ni cómo se garantizará la continuidad de su actividad sin afectar al funcionamiento ordinario del deporte insular.
Granca Live Fest
Otro de los grandes interrogantes gira en torno a la programación cultural. En los últimos años, el recinto se ha consolidado como uno de los principales escenarios para conciertos y festivales de Canarias. El Granca Live Fest es el ejemplo más visible, pero no el único. La celebración de este tipo de eventos depende de disponer de amplios espacios logísticos, accesos suficientes y una infraestructura capaz de soportar montajes de gran formato. Compatibilizar esa actividad con una obra de semejante envergadura exigirá una planificación extremadamente precisa y podría obligar a replantear calendarios, formatos o incluso ubicaciones alternativas durante determinadas fases de la ejecución.
La reforma también coincide con otro de los grandes objetivos deportivos de la isla: consolidar a Gran Canaria como sede habitual de las selecciones españolas. El presidente de la Real Federación Española de Fútbol en Canarias, José Juan Arencibia, ha defendido en varias ocasiones la conveniencia de que los equipos nacionales visiten con mayor frecuencia el Archipiélago. La transformación del estadio permitirá disponer, una vez concluidas las obras, de un recinto plenamente adaptado a los estándares internacionales. Sin embargo, durante el periodo de ejecución resultará mucho más difícil albergar encuentros de ese nivel, lo que obligará a coordinar cuidadosamente el calendario para evitar que la reforma retrase esa aspiración.
365 días
Todas esas incógnitas explican que la verdadera complejidad del proyecto no resida únicamente en levantar una nueva cubierta, ampliar el aforo o modernizar las instalaciones. El reto consiste en transformar la principal infraestructura deportiva de Canarias sin detener completamente la actividad que la mantiene viva. Pocas obras en España afrontan un equilibrio tan delicado entre construcción y funcionamiento cotidiano, especialmente cuando existe un calendario tan exigente como el que impone el Mundial de 2030.
Sin embargo, por encima de las dificultades técnicas y de los interrogantes pendientes, el Estadio de Gran Canaria simboliza también la evolución de la propia isla. El recinto inaugurado en 2003 respondía a las necesidades de una Gran Canaria que buscaba sustituir al viejo Estadio Insular y dotarse de un gran complejo deportivo público. El que emergerá tras La Nube responderá a un escenario completamente distinto, en el que el deporte profesional, la organización de grandes acontecimientos internacionales y la actividad económica asociada a ellos ocupan un lugar central. El estadio dejará de ser únicamente un espacio para competir y pasará a convertirse en una infraestructura concebida para generar actividad durante los 365 días del año.
Reinventarse
Esa transformación explica, en realidad, el sentido del recorrido iniciado hace casi tres décadas. El dato que abre este reportaje —2.500 millones de pesetas en 1998 frente a una inversión acumulada cercana a los 300 millones de euros cuando concluya la reforma del Mundial— no habla únicamente del incremento de los costes de construcción. Habla, sobre todo, de cómo ha cambiado la manera de entender los grandes equipamientos públicos. El Estadio de Gran Canaria nació para resolver las necesidades de su tiempo y vuelve ahora a reinventarse para responder a las de una nueva generación.
Quizá esa sea la verdadera conclusión de esta historia. El Cabildo no está construyendo dos veces el mismo estadio. Está construyendo el estadio que Gran Canaria ha necesitado en dos momentos muy distintos de su historia. Entre uno y otro median casi treinta años, cientos de millones de euros y una transformación que trasciende la arquitectura para explicar cómo han cambiado la isla, el deporte y la forma de mirar hacia el futuro.
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