En la primavera de 2006, Miguel Ángel Ramírez y Juanito viajaron a París mientras la UD Las Palmas se jugaba buena parte de su futuro en Santa Lucía frente a la UD Vecindario. El equipo perdió y, a su regreso, el presidente y su director deportivo citaron a Josip Višnjić en la sede del club, en Pío XII, para revisar el partido en un viejo reproductor de DVD. El entrenador, consciente de lo poco que le quedaba en el convento, no acudió. Aquella ausencia terminó de condenarlo, aunque su destitución no se hizo efectiva hasta después de otro tropiezo, esta vez ante la UD Fuerteventura en el Estadio de Gran Canaria. La UD buscaba regresar a Segunda División después de dos años en el infierno y su proyecto deportivo volvía a parecerse a una moneda lanzada al aire.
Lo extraordinario es que aquella moneda cayó de cara. Juanito abandonó los despachos para sentarse en el banquillo y el equipo terminó ascendiendo. Antes hubo que atravesar Anoeta, donde Nauzet Alemán marcó un gol agónico ante la Real Sociedad B que permanece intacto en la memoria sentimental del club. Después llegó el Linares y el tanto de Marcos Márquez que certificó el ascenso. La memoria, sin embargo, tiene sus caprichos: veinte años después, todavía hay quien sitúa el desenlace de aquella aventura en San Sebastián, como si la emoción del gol de Nauzet hubiera terminado por devorar todo lo que vino después.
Historia ya vista
Este sábado vuelve la Real Sociedad B al Estadio de Gran Canaria. Y con ella regresa una sensación difícil de explicar para quienes llevamos demasiados años viendo repetirse determinadas escenas. Han pasado dos décadas, pero algunas cosas conservan un inquietante parecido. Otro entrenador ha salido por la puerta de atrás, otro proyecto ha quedado interrumpido antes de echar raíces y otro hombre de la casa, Juan Manuel Rodríguez, ha recibido el encargo de arreglar lo que otros no han sabido construir. El club vuelve a confiar su suerte a una solución de emergencia, con la esperanza de que el azar vuelva a comportarse como en 2006.
No se trata de negar las diferencias entre ambas épocas. Aquella UD estaba en Segunda B, intervenida judicialmente y amenazada por una crisis económica que comprometía su supervivencia. La actual vive una realidad muy distinta. Pero el fútbol no se recuerda únicamente por las categorías, los presupuestos o las clasificaciones. También se recuerda por las sensaciones. Y la sensación de estar permanentemente improvisando y empezando de nuevo se ha convertido en una vieja conocida del aficionado amarillo.
Los desheredados
Los que estamos a punto de cumplir cincuenta años pertenecemos a una generación particularmente desafortunada. Crecimos escuchando que la UD Las Palmas había sido un grande, que había discutido campeonatos a los poderosos y que el Estadio Insular era un territorio donde los mejores equipos de España podían dejarse algo más que dos puntos. Nos hablaron de Germán, de Tonono, de Guedes, de una final de Copa y de tardes gloriosas que parecían pertenecer a otro país. Nosotros heredamos las fotografías, los relatos y el orgullo. Las victorias, bastante menos.

Somos una especie de desheredados de tiempos mejores. Aficionados educados en la nostalgia de una grandeza que no conocimos y obligados a administrar una realidad mucho más modesta —en algunos momentos, ruinosa y sonrojante—. Hemos pasado más tiempo esperando el regreso de la UD a Primera División que disfrutando de su presencia en ella. Y lo verdaderamente doloroso no es haber perdido tantos partidos, sino haber aprendido a reconocer los síntomas de la siguiente decepción. La ilusión todavía aparece, naturalmente. Es una enfermedad que el fútbol no permite curar. Pero cada vez dura menos.
Quizá por eso el problema de esta UD no sea únicamente deportivo. Lo que empieza a agotarse es la confianza en que detrás de cada decisión exista algo parecido a un plan. Rubén de la Barrera llegó para dirigir un proyecto y se marchó después de nueve jornadas. Juan Manuel Rodríguez, desfasado hace demasiado tiempo como para convertir este nuevo paso por el banquillo del equipo en una broma pesada, asumió el relevo con carácter transitorio, aunque ahora se le concede la posibilidad de quedarse. Hace veinte años fue Juanito quien cambió la dirección deportiva por el banquillo. Entonces funcionó. Pero convertir una excepción afortunada en un método de gobierno es una manera peligrosa de entender el fútbol. Una moneda puede caer de cara una vez. Lo que no puede es sustituir eternamente a una idea.
Sujeto incompetente
En Hollywood hubo un actor llamado Al Leong que construyó una carrera cinematográfica sobre una peculiar especialidad: morir como esbirro del malo. Aparecía en películas de acción, se enfrentaba al héroe y terminaba derrotado. Lo hizo tantas veces que su rostro se volvió familiar para millones de espectadores que jamás aprendieron su nombre. En Arma letal, Superdetective en Hollywood III, Black Rain y Jungla de cristal formó parte de ese ejército de secundarios cuyo destino parecía decidido antes de comenzar la película como sujeto incompetente y prescindible para el villano de turno. Su talento consistía en interpretar con absoluta convicción a hombres que casi nunca llegaban vivos a los títulos de crédito.
Los aficionados amarillos de mi generación empezamos a padecer algo parecido al complejo Al Leong. Acudimos cada temporada con la esperanza de que esta vez el argumento sea diferente, pero conocemos demasiado bien el reparto, los giros del guion y nuestra escena final. Seguimos comprando la entrada porque amamos la película, aunque sospechemos que volverán a matarnos antes de que termine. La diferencia es que Al Leong cobraba por morir y nosotros pagamos por verlo. Y lo peor no es que la UD Las Palmas vuelva a perder. Lo peor es que algún día dejemos de sorprendernos.
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