La UD Las Palmas, las medias de Krusty el payaso y una herida en Oviedo que nunca cicatrizó. / EFE
La UD Las Palmas, las medias de Krusty el payaso y una herida en Oviedo que nunca cicatrizó. / EFE

La UD Las Palmas, las medias de Krusty el payaso y una herida en Oviedo que nunca cicatrizó

El regreso del equipo amarillo a Oviedo revive el recuerdo de la promoción de 1998, marcada por el arbitraje de Iturralde González y una derrota que frustró el regreso a Primera División a lomos de un ambicioso proyecto

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Martín Alonso

Cada vez que veo a Iturralde González pontificar sobre el arbitraje, repartir certificados de buena conducta entre sus antiguos compañeros o explicar con la seguridad de un catedrático lo que debió hacer un árbitro en una jugada comprometida, me acuerdo del 22 de mayo de 1998. No puedo evitarlo. Hay recuerdos que se van desdibujando con los años y otros que conservan intacta su capacidad para irritarnos. El mío tiene como escenario el viejo Carlos Tartiere, como protagonista a un colegiado vasco y como víctimas a once futbolistas que aquella noche comparecieron vestidos, por exigencias del guion, como si fueran a actuar en un circo.

La UD Las Palmas llevaba diez años fuera de Primera División. Diez años que habían incluido cuatro temporadas en Segunda B, viajes a campos que nunca habían figurado en su geografía sentimental —recuerden al Mármol Macael y la Asociación de Vecinos Santa Ana— y una lenta recuperación de la autoestima. Aquel equipo de Mariano García Remón había conseguido que una afición acostumbrada a mirar hacia atrás volviera a hacerlo hacia delante. El ascenso estaba a dos partidos. Y el primero se jugaba en Oviedo.

La importancia de vestir bien

Pero antes de que rodara el balón, Iturralde González ya había dejado su primera contribución a la historia. Decidió que las medias habituales de Las Palmas, azules con ribete amarillo, podían confundirse con las del Oviedo, también azules, aunque rematadas en blanco. La solución fue obligar a los visitantes a utilizar unas medias verdes y blancas que convertían la equipación amarilla en una extravagancia cromática. Parecían once versiones futbolísticas de Krusty el payaso. No sé si la psicología deportiva ha estudiado suficientemente la influencia de la indumentaria en el rendimiento, pero estoy convencido de que salir a jugarse un ascenso vestido como un personaje de Los Simpson no ayuda a construir una personalidad ganadora.

Por los alrededores de los vestuarios también andaba Díaz Vega, asturiano y uno de los hombres fuertes del arbitraje español de entonces. Su presencia, en un partido en el que el Oviedo se jugaba la permanencia, no contribuyó precisamente a tranquilizar a la expedición amarilla. No hace falta atribuirle ninguna intervención concreta para comprender la desconfianza que podía despertar aquella estampa. A veces, en el fútbol, las sospechas empiezan mucho antes de que se cometa la primera injusticia.

Expulsión de Paqui

Y entonces empezó el partido. Lo que vino después fue una sucesión de decisiones que, vistas desde la orilla amarilla, parecían obedecer a una ley física: en caso de duda, el balón, la falta y la razón pertenecían al Oviedo. Iván Ania abrió el marcador de penalti a los nueve minutos y volvió a marcar antes de la media hora. En el minuto 40, Iturralde expulsó por doble amonestación a Paqui, nuestro lateral izquierdo. Las Palmas se marchó al descanso con dos goles en contra, un futbolista menos y la desagradable sensación de que estaba disputando un encuentro cuyas reglas se habían escrito para el adversario.

Sería injusto, sin embargo, reducir aquella derrota a la actuación arbitral. Mariano García Remón también puso de su parte. Había decidido modificar el sistema habitual para jugar con tres centrales y dos carrileros, una de esas soluciones tácticas que los entrenadores adoptan cuando el miedo a perder empieza a pesar más que el deseo de ganar. El fútbol tiene una crueldad particular con quienes renuncian a su personalidad en el momento decisivo: cuando pierden, además de la derrota, deben soportar el reproche de no haber sido ellos mismos. Dely Valdés marcó el tercero en la segunda parte y el 3-0 dejó a la UD Las Palmas mirando el precipicio.

Tres días después, el Estadio Insular estuvo cerca de presenciar un milagro. El Oviedo marcó primero, pero los amarillos remontaron hasta el 3-1 y la prórroga quedó más cerca de lo que el marcador indica. El tiempo extra no llegó porque aquella eliminatoria se perdió en Asturias, aunque durante unos minutos el viejo Insular parecía capaz de alterar las leyes de la aritmética. Hay derrotas que se aceptan porque el rival fue mejor y otras que permanecen en la memoria porque uno sospecha que la historia pudo escribirse de otra manera.

Proyecto ambicioso

Lo que más me duele de aquella promoción no es siquiera el arbitraje. Es lo que pudo haber significado el ascenso. La UD Las Palmas había recuperado una ambición que llevaba demasiado tiempo enterrada. Se había atrevido a acudir al mercado para incorporar a futbolistas como Turu Flores, Walter Pico, Merino o Sebastián Herrera. Había construido un equipo que no se conformaba con sobrevivir en Segunda, sino que aspiraba a devolver al club a un lugar que sus aficionados consideraban propio. Era una apuesta deportiva y económica, pero también sentimental: la promesa de que los años de barro habían terminado.

A veces me pregunto qué habría ocurrido si aquel equipo hubiera ascendido en 1998. Es uno de esos ejercicios inútiles a los que somos tan aficionados quienes llevamos demasiados años siguiendo a un club de fútbol. Quizá la UD Las Palmas habría consolidado antes su regreso a la élite. Quizá habría evitado algunas de las calamidades económicas y deportivas que llegaron después. O quizá todo habría terminado exactamente igual, porque los clubes también tienen una extraordinaria capacidad para tropezar con sus propios errores. Nunca lo sabremos. La historia del fútbol está llena de goles que no entraron, fichajes que no llegaron y decisiones arbitrales que cambiaron mucho más que un resultado.

Veintiocho años después, la UD Las Palmas vuelve a Oviedo. Ya no existe aquel Carlos Tartiere, ni el equipo de García Remón, ni aquella Primera División que parecía una tierra prometida. También ha cambiado la UD, que ha conocido ascensos, descensos, alegrías inesperadas y decepciones perfectamente previsibles. Lo que no ha cambiado demasiado es nuestra costumbre de mirar el presente a través de las heridas del pasado.

El equipo amarillo llega ahora con otras urgencias, después de haber cambiado de entrenador y de descubrir, una vez más, que una plantilla con buenos futbolistas no constituye necesariamente un buen equipo. Juan Manuel Rodríguez tiene por delante la tarea de devolverle una identidad reconocible a un conjunto que ha ido perdiendo certezas. No necesita resolver los agravios de 1998, sino los problemas de 2026. El fútbol no concede puntos por memoria histórica ni permite utilizar las injusticias antiguas como coartada para los errores presentes.

Supongo que Iturralde González seguirá explicando en la radio las virtudes y los defectos de los árbitros contemporáneos. Está en su derecho. Yo seguiré recordando aquella noche cada vez que lo escuche, porque la memoria del aficionado no prescribe y porque algunas lecciones resultan difíciles de aceptar cuando las imparte quien protagonizó uno de nuestros peores recuerdos.

El lunes, cuando Las Palmas vuelva a pisar Oviedo, no habrá ninguna deuda que saldar con el pasado. Los futbolistas de hoy no tienen la culpa de lo que ocurrió entonces y los puntos que se disputan pertenecen exclusivamente a esta temporada. Pero si me permiten un deseo, además de ganar, me gustaría que los amarillos saltaran al campo con sus medias habituales.

Algunas humillaciones no necesitan repetirse.

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