En las casas de los Escuder hay una parte de la historia familiar que se contempla a través de los ojos de Jorge. Cumpleaños, viajes, encuentros y días corrientes que solo dejaron de serlo cuando el tiempo comenzó a pasar sobre ellos. Durante años fue él quien levantó la cámara en el momento preciso y decidió, seguramente sin conceder demasiada trascendencia al gesto, que aquello merecía ser guardado. Por eso aparece menos de lo que debería en muchos recuerdos. Mientras los demás estaban delante, Jorge Escuder Martín permanecía donde siempre se ha sentido cómodo: detrás, mirando.
La afición fue creciendo con él. Llegaron más cámaras, objetivos de diferentes distancias, trípodes, equipos de iluminación y esa interminable colección de accesorios que convierte al fotógrafo pertinaz en alguien convencido de que todavía existe una imagen mejor esperando al siguiente disparo. No es solo una cuestión de técnica. Fotografiar obliga a detenerse allí donde los demás continúan caminando, prestar atención a lo aparentemente insignificante y descubrir que una misma realidad cambia según el lugar desde el que se observa. Jorge Escuder lleva media vida haciendo fotografías y quizá algo de esa forma de mirar haya terminado trasladándose, consciente o inconscientemente, al resto de su existencia.
A los 56 años, sin embargo, la vida le ha gastado una pequeña broma. Después de tanto tiempo al otro lado de la cámara, ahora le toca salir en la foto. Como director financiero de Libby’s Canarias y presidente regional de la Asociación Industrial de Canarias (ASINCA), su rostro aparece en entrevistas, reuniones empresariales y encuentros institucionales. Hace unos días recibió además el premio Directivo del Año en los V Premios Atlántico Hoy, un reconocimiento a una trayectoria ligada a la empresa y a la defensa del tejido industrial de las Islas. No parece el destino más previsible para alguien poco amigo del protagonismo, pero tampoco el más extraño para quien lleva tantos años acostumbrado a fijarse en aquello que otros no siempre ven.
Mirar distinto
Escuder es un hombre tranquilo. Sonríe con facilidad, conserva unos hoyuelos que lo acompañan desde niño y suele tener un chiste a mano. Por el contrario, lleva mal la hostilidad. No disfruta de las discusiones, las malas palabras ni de esa costumbre tan extendida de confundir firmeza con estridencia. En los momentos complicados de la empresa ha procurado incluso evitar que sus propias preocupaciones terminen contaminando a quienes tiene alrededor. Aguanta la presión, busca después el desahogo necesario entre los suyos y continúa.
Puede parecer un temperamento poco adecuado para presidir una organización empresarial, donde buena parte del trabajo consiste precisamente en reclamar, negociar y defender intereses. Escuder lo hace a su manera. Prefiere el argumento al golpe sobre la mesa y el dato al aspaviento. En mayo fue elegido presidente regional de ASINCA para el periodo 2026-2028, después de haber desempeñado ya la responsabilidad durante los dos años anteriores. Su nuevo mandato se ha marcado como objetivos la defensa de la industria canaria ante Europa, la mejora del marco normativo, el impulso de Elaborado en Canarias, la transición ecológica, la innovación y la formación de talento.
Detrás de todo ello existe una convicción que Escuder lleva años madurando desde dentro de una fábrica. Una economía como la canaria necesita conservar capacidad para producir. La lejanía, la fragmentación territorial, los costes energéticos y logísticos y una regulación pensada muchas veces desde el continente convierten la actividad industrial en las Islas en un ejercicio mucho más complejo de lo que revela un producto colocado en la estantería de un supermercado. Él mismo ha definido alguna vez como un acto de “valientes” la decisión de mantener una industria en Canarias. Ahora le corresponde conseguir que esa realidad, habitualmente eclipsada por el gigantesco peso del turismo, también sea vista.
El pequeño
Antes de aprender a interpretar balances, Jorge Escuder tuvo que aprender a sobrevivir a seis hermanos mayores. Nació en 1970, el último de siete hijos llegados al mundo en apenas una década, y aquella posición llevaba incorporado un cargo para el que nadie necesitó contratarlo: chico de los recados. “Tráeme”, “ponme”, “dame” y “búscame” formaron parte de la banda sonora de su infancia. Los mayores ordenaban y Jorge iba. Lo sorprendente es que casi siempre regresaba de buen humor, con los hoyuelos marcados y escasa inclinación a la protesta.
También necesitó cierta fortuna para llegar a adulto. Uno de sus primeros recuerdos familiares lo sitúa boca abajo después de haberse atragantado, mientras intentaban que expulsara aquello que no le permitía respirar. En otra ocasión exploró las posibilidades gastronómicas de unos bichos negros del jardín, de esos que se enrollan sobre sí mismos cuando alguien los toca y cuyo olor constituye una advertencia bastante razonable contra cualquier intento de ingerirlos. Salió indemne de ambos experimentos y continuó siendo un niño alegre, aplicado y dispuesto a participar en cualquier juego —los boliches, la tabla— al que los mayores accedieran a incorporarlo.
La vela entró pronto en aquella casa y los siete hermanos pasaron, de una manera u otra, por ella. Jorge no construyó alrededor del deporte grandes ambiciones competitivas, pero el mar quedó alojado en algún lugar de su vida. Muchos años después volvió a él acompañado por su hija Ana. Los dos decidieron sacarse el título de Patrón de Yate. Hay aficiones que uno hereda sin saberlo y que terminan adquiriendo su verdadero sentido cuando llega el momento de transmitirlas.
Tomar distancia
La adolescencia trajo un peligro bastante menos grave que aquellos animales del jardín, aunque Jorge debió de tomárselo igualmente en serio. Era simpático, afable y se llevaba bien con todo el mundo. Tanto que los amigos de sus hermanos mayores empezaron a reclamar su presencia cuando salían. Habían llegado a una conclusión difícil de someter al método científico: cuando Jorge los acompañaba, ligaban más. La teoría beneficiaba mucho a los amigos y bastante menos a sus estudios.
Escuder tomó entonces una decisión llamativa para un muchacho de su edad. Si el problema eran las distracciones, lo mejor sería alejarse de ellas. Primero se marchó a Irlanda y después cruzó el Atlántico para estudiar Administración de Empresas con especialidad en Finanzas en Western Michigan University, donde se graduó en 1996. Los miles de kilómetros resolvieron con bastante eficacia el inconveniente de las fiestas y, de paso, ampliaron el mundo de aquel joven que había crecido como el pequeño de una familia numerosa en Canarias.
Superó sus estudios sin arrastrar asignaturas y regresó después a las Islas. Antes de incorporarse al negocio familiar trabajó en ASHOTEL, la patronal hotelera de Tenerife. Finalmente, en el año 2000 entró en Libby’s Canarias, una compañía cuya historia discurría casi paralela a la suya: Jorge había nacido en 1970 y la marca comenzó su actividad en las Islas en 1971. Más de dos décadas después continúa como director financiero de una empresa que forma parte de la memoria comercial de varias generaciones de canarios.
Hacer industria
Las finanzas de una fábrica tienen poco de abstractas. Cada cifra termina adquiriendo una forma concreta. Puede ser un barco que trae materias primas, una factura eléctrica, una máquina nueva, un envase, un camión, un salario o una mercancía que debe atravesar el océano antes de alcanzar su destino. En Canarias se añade una dificultad elemental: casi todo está condicionado por la distancia. Escuder lleva desde 2000 contemplando esa realidad desde dentro de Libby’s y ha visto cómo la tecnología ha reducido algunas necesidades de mano de obra mientras la inversión, la innovación y la calidad se volvían imprescindibles para competir con industrias continentales capaces de producir a una escala mucho mayor.
Hay una idea suya que explica bien esa manera de entender la empresa. La industria canaria, sostiene, no puede aspirar a sobrevivir únicamente apelando al cariño del consumidor hacia lo propio. El producto tiene que ser bueno. Libby’s ha defendido precisamente que sus menores volúmenes frente a los grandes fabricantes continentales obligan a competir elevando la calidad. El compromiso con Canarias empieza, por tanto, mucho antes de colocar una bandera en un envase. Empieza haciendo algo que merezca ser comprado.
Esa experiencia terminó conduciéndolo de forma natural hacia ASINCA. Antes de presidirla ya formaba parte de su junta directiva regional y participaba en el debate sobre el valor de producir en las Islas. Desde la presidencia ha ampliado el campo de visión: energía, logística, legislación europea, transición ecológica, soberanía económica y la necesidad de reducir la dependencia exterior. En mayo resumió el escenario empresarial con una expresión poco tranquilizadora para cualquier director financiero: “La incertidumbre es la nueva normalidad”.
Seguir rodando
Cuando necesita alejarse de balances y reuniones, Escuder busca movimiento. Durante años practicó mucho squash y con el tiempo encontró en el ciclismo una de sus grandes aficiones. Hace rutas largas y acostumbra a mandar vídeos de algunas de sus aventuras a su mujer y a su hija, que reciben sus ocurrencias con una mezcla de cariño y carcajadas. La bicicleta ofrece, además, una segunda diversión: modificarla. Siempre parece haber una pieza susceptible de ser cambiada, ajustada o mejorada y los paquetes procedentes de compras por internet llegan con suficiente frecuencia como para formar parte de la rutina doméstica.
Hay cierta coherencia entre el fotógrafo que acumula objetivos y el ciclista convencido de que su bicicleta todavía admite una mejora. Ninguno parece creer demasiado en las cosas definitivamente terminadas. Siempre existe otra pieza, una cámara diferente, un recorrido nuevo o alguna pequeña modificación capaz de mejorar aquello que ya funcionaba. La curiosidad puede manifestarse de muchas maneras y no todas necesitan grandes declaraciones.
Con la vela ocurre algo diferente. Allí importa menos perfeccionar el objeto que compartir el tiempo. Haber recuperado el mar junto a Ana hasta obtener ambos el título de Patrón de Yate pertenece a una dimensión más íntima de su vida. Jorge se casó, formó su propia familia y siguió manteniendo cerca a aquella otra familia numerosa en la que había aprendido desde niño que ser el último significaba tener seis personas por delante, pero también seis lugares a los que acudir cuando las cosas se complicaban.
Parar siempre
Caminar con Jorge Escuder por la calle tampoco garantiza llegar rápidamente al destino. Conoce a mucha gente y la gente lo conoce a él. Siempre aparece alguien que obliga a detener el paso, intercambiar unas palabras y despedirse hasta que, unos metros más adelante, surge el siguiente encuentro. Irlanda, Michigan, ASHOTEL, Libby’s, ASINCA y décadas de vida profesional han multiplicado esos saludos, pero la explicación no parece exclusivamente curricular. Aquella facilidad para relacionarse ya existía cuando los amigos de sus hermanos reclamaban al pequeño para salir con ellos.
Tal vez por eso su carácter encaje de una manera peculiar con la responsabilidad que ahora ejerce. Representar a un sector empresarial requiere contactos, pero sobre todo exige escuchar. Escuder se ha convertido en portavoz de industrias muy diferentes entre sí y debe encontrar intereses comunes entre compañías de alimentación, química, metal, papel, materiales o energía. ASINCA nació precisamente con esa vocación colectiva y hoy plantea la industria como una pieza necesaria para generar empleo estable, cohesionar el territorio y reducir la vulnerabilidad exterior de Canarias.
El reconocimiento como Directivo del Año de Atlántico Hoy lo colocó recientemente bajo los focos. Escuder aprovechó el momento para hablar menos de sí mismo que de aquello que considera que Canarias no mira suficientemente. Defendió que en las Islas existen proyectos empresariales con nivel incluso internacional y oportunidades que las nuevas generaciones deberían, al menos, explorar. También habló del esfuerzo que muchas veces permanece escondido “detrás de las cortinas”. La expresión parece especialmente apropiada en alguien que lleva tantos años sintiéndose cómodo fuera del centro de la escena.
Saber mirar
Porque fotografiar no consiste únicamente en tener una buena cámara. La máquina ayuda, la técnica importa y la luz puede decidir el resultado, pero ninguna de esas cosas resuelve la cuestión fundamental: saber dónde mirar. Dos personas pueden situarse delante de la misma escena y regresar con fotografías completamente distintas. La diferencia está en aquello a lo que cada una decidió prestar atención.
Jorge Escuder lleva muchos años haciendo ese ejercicio. Lo practica cuando sale con una cámara, cuando recorre kilómetros sobre una bicicleta o cuando regresa al mar con su hija. También cuando contempla una fábrica y detrás de una botella de zumo ve inversión, trabajadores, proveedores, transporte y una cadena de pequeñas decisiones que permitieron producirla en Canarias. Y ahora lo practica desde ASINCA, intentando que una economía acostumbrada a mirarse casi siempre a través del turismo descubra que fuera de ese marco existen también chimeneas, líneas de producción, almacenes y personas fabricando cosas.
En las casas de los Escuder seguirán quedando muchas fotografías en las que Jorge no aparece. No importa demasiado. Con el tiempo, quizá esa ausencia termine contando también algo sobre él. Mientras todos miraban hacia la cámara, Jorge estaba al otro lado intentando decidir qué merecía permanecer dentro de la imagen. A veces, después de todo, el lugar desde el que se mira dice mucho más de una persona que el lugar que ocupa en la fotografía.
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