En Los maestros cantores de Núremberg, Richard Wagner reservó a Hans Sachs una de esas formas de grandeza que no necesitan una muerte heroica para conmover. Sachs ama a Eva, pero entiende que el corazón de la joven pertenece a Walther. Podría competir por ella y, sin embargo, escoge ayudar a su rival. Le enseña, le orienta y finalmente se aparta. La renuncia convierte al viejo maestro zapatero en uno de los personajes más generosos de la ópera: alguien capaz de encontrar satisfacción no en poseer, sino en hacer posible que otro alcance aquello que desea.
A Jorge Petit Sánchez le gusta la ópera desde hace muchos años. Mucho. En temporada era de los que reservaban martes y jueves para acudir a las funciones y su vinculación acabó trascendiendo la butaca: forma parte de la junta directiva de Amigos Canarios de la Ópera, donde actualmente figura como vocal. Quizá por eso resulte tentador buscar entre Verdi, Puccini, Mozart o Wagner algún personaje con el que comenzar a contar su historia. Hans Sachs sirve, al menos, para encontrar una palabra: generosidad.
Cajas llenas
Mucho antes de convertirse en consejero delegado de Hospital Perpetuo Socorro, de sentarse en consejos empresariales o de representar a uno de los grandes centros sanitarios privados de Canarias, Petit fue uno de tantos jóvenes grancanarios que hicieron las maletas para estudiar en la Universidad de La Laguna. Cursaba Medicina, compartía piso y empezaba a descubrir esa mezcla de libertad y precariedad doméstica que acompaña a tantas vidas universitarias. Sus antiguos compañeros conservan de entonces un recuerdo que ha sobrevivido mejor que muchas anécdotas: Jorge aparecía de vez en cuando cargado con cajas del supermercado. No eran para él.
En aquellos pisos donde la despensa acostumbraba a quedarse canina bastante antes de que terminara el mes, Petit llegaba con comida y la ponía a disposición de todos. Era también quien hacía grupo entre los estudiantes procedentes de Gran Canaria, quien juntaba a unos con otros y ayudaba a convertir una colección de jóvenes lejos de casa en algo parecido a una pequeña comunidad. La generosidad, antes de convertirse en una palabra con la que describir a un hombre, había sido algo mucho más elemental: abrir una caja y compartir lo que había dentro.
Melena rockera
El Petit de entonces ya era melómano, aunque todavía no había entregado sus martes y jueves a la ópera. Llevaba melena y escuchaba a Led Zeppelin, Dire Straits o The Alan Parsons Project. Antes de Wagner estuvieron Jimmy Page y Mark Knopfler; antes del foso del Pérez Galdós, las guitarras eléctricas. Cuesta encontrar en aquella estampa al ejecutivo sanitario que décadas después acabaría ocupando responsabilidades en algunas de las principales instituciones económicas y sociales de Gran Canaria.
La Medicina, en cambio, estaba allí desde el principio. Venía además de familia de médicos. Nacido en Madrid en 1956, se licenció en Medicina y Cirugía y eligió una especialidad situada precisamente donde la profesión adquiere uno de sus perfiles más exigentes: Medicina Intensiva. Antes del gestor estuvo, por tanto, el médico de UCI. Antes de hablar de inversiones, tecnología, expansión o estrategia hospitalaria, Petit conoció la sanidad desde el lugar donde las decisiones se miden de otra manera.
Bata blanca antes del despacho
Ese origen clínico ayuda a entender su posterior salto hacia la gestión. No llegó al hospital desde fuera para aprender cómo funcionaba; salió de dentro para intentar comprenderlo entero. Amplió su formación con estudios de Gestión Gerencial Hospitalaria, un máster en Economía de la Salud y Gestión Sanitaria por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria y formación de Alta Dirección de Empresas en el Instituto Internacional San Telmo. La bata fue dejando sitio al despacho, aunque nunca desapareció del todo la mirada del médico.
Hay en su biografía otra vieja afición que permite comprender esa manera de mirar. Durante años fue un apasionado de la fotografía. Y no de la fotografía inmediata y casi infinita que permiten hoy los teléfonos. En su juventud, Petit revelaba personalmente sus imágenes.
Saber mirar
Fotografiar entonces exigía otra relación con el tiempo. Cada disparo costaba. Había que escoger el encuadre, medir la luz y esperar. Después llegaba el cuarto oscuro y aquel instante casi mágico en el que una imagen que hasta entonces sólo existía en el negativo comenzaba lentamente a aparecer sobre el papel.
No hace falta convertir la afición en una metáfora perfecta para reconocer cierta continuidad. La medicina obliga a observar; la fotografía, también. Y gestionar un hospital exige aprender a alejarse algunos pasos del detalle sin dejar de verlo. Petit acabó haciendo precisamente eso cuando asumió en el año 2000 la dirección ejecutiva de Hospital Perpetuo Socorro.
Lleva, por tanto, más de un cuarto de siglo al frente de una institución que ha cambiado de escala mientras también cambiaba la propia sanidad. HPS había nacido en 1959 alrededor fundamentalmente de la cirugía, la obstetricia y las urgencias. Hoy ocupa cuatro edificios contiguos en Las Palmas de Gran Canaria, dispone de 195 camas y atiende, según los datos del centro, más de 189.000 consultas anuales y cerca de 250.000 casos clínicos. Pero los hospitales no crecen sólo hacia arriba o hacia los lados. También construyen redes.
Hacer equipo
La etapa de Petit ha estado marcada por esa búsqueda de conexiones. Hospital Perpetuo Socorro mantiene desde hace cerca de tres décadas una estrecha relación con el Club Baloncesto Gran Canaria, nacida durante un periodo de crecimiento y modernización tecnológica del centro —y este verano reforzada pese al descenso del equipo claretiano a Primera FEB—. En febrero de 2026 dio además otro salto al alcanzar un acuerdo con la Universidad Fernando Pessoa Canarias que convirtió a HPS en Hospital Universitario y estableció un marco para la docencia, la asistencia y la investigación en Ciencias de la Salud.
De algún modo reaparece aquí aquel joven de La Laguna al que sus compañeros recuerdan haciendo grupo. Sólo cambia la dimensión.
Con los años, Petit ha ido extendiendo su presencia por buena parte de la sociedad civil grancanaria. Es vocal del pleno de la Cámara de Comercio de Gran Canaria en representación de Perpetuo Socorro, forma parte del Patronato de Fundación Mapfre Canarias y pertenece a la junta directiva del Gabinete Literario. También ocupa la vicepresidencia de la Fundación Puertos de Las Palmas, cuyo patronato incorporó a HPS en 2011 dentro de una relación con la comunidad portuaria que contemplaba igualmente la posibilidad de proyectar servicios sanitarios hacia África.
La Universidad de Las Palmas de Gran Canaria lo distinguió como mecenas en 2016. Al año siguiente, Las Palmas de Gran Canaria lo nombró Hijo Adoptivo de la ciudad y en 2018 recibió la Cruz al Mérito Naval con distintivo blanco. Son reconocimientos que dibujan la dimensión pública alcanzada por quien comenzó ejerciendo la medicina intensiva, pero dicen menos sobre Petit que las pequeñas liturgias que conserva fuera de las instituciones. Una de ellas comienza dos veces por semana.
Los amigos
Petit es un apasionado del golf y tiene un grupo de amigos con el que procura jugar dos días a la semana. Importa tanto el golf como el grupo. Varias horas compartidas, una conversación que puede atravesar dieciocho hoyos y un deporte que castiga las prisas. En una vida profesional acostumbrada a agendas, reuniones y decisiones, el campo establece otro reloj.
También lo establece el vino. Entre sus preferencias hay una geografía muy concreta: Rioja Alta. Le apasionan sus vinos, nacidos precisamente de una cultura donde el tiempo no constituye un obstáculo sino parte del proceso. Crianza, espera, conversación. Algunas cosas empeoran si se aplazan; otras necesitan que nadie las apresure.
Fotografía, golf, vino y ópera podrían parecer cuatro aficiones sin demasiado parentesco. Sin embargo, todas reclaman atención. Mirar antes de disparar. Pensar el golpe. Esperar la botella. Escuchar. Sobre todo, escuchar.
Quizá por eso la ópera terminó imponiéndose a las guitarras de su juventud sin expulsarlas de la memoria. Cuando llega la temporada lírica, Petit pertenece desde hace años a ese público que conoce el ritual. Durante mucho tiempo, martes y jueves estaban reservados. La relación acabó convirtiéndose también en compromiso con Amigos Canarios de la Ópera, la asociación que ha sostenido durante décadas una de las grandes tradiciones culturales de Las Palmas de Gran Canaria.
Los otros
Y así regresamos a Hans Sachs. No porque Jorge Petit sea el zapatero de Wagner ni porque una vida real pueda encerrarse en un personaje escrito hace siglo y medio. Las personas son demasiado contradictorias para caber limpiamente dentro de un libreto. Pero Sachs ofrece una pista: hay una forma de generosidad que no consiste únicamente en entregar algo, sino en disfrutar haciendo posible que los demás tengan también su lugar.
A veces ese lugar es una institución. Otras, una amistad mantenida durante años. Puede ser una butaca de ópera, una partida de golf, una mesa abierta alrededor de una botella o un hospital entendido como una inmensa obra coral en la que ningún solista puede sacar adelante por sí solo la función. Pero probablemente la escena que mejor explica a Jorge Petit ocurrió mucho antes de todo eso.
No había entonces consejos de administración, patronatos, reconocimientos ni despachos. Tampoco existía todavía el consejero delegado de Hospital Perpetuo Socorro. Sólo un estudiante de Medicina llegado desde Gran Canaria, con melena, discos de rock y un grupo de compañeros intentando estirar el mes en un piso de La Laguna.
La despensa estaba medio vacía. Un día se abrió la puerta y Jorge apareció con unas cajas del supermercado. Las dejó para todos. Quizá la música de los otros empezara allí.
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