Es un lunes de julio a las ocho de la mañana en Maspalomas. Las últimas ráfagas de aire fresco del día hacen acto de presencia mientras una decena de personas esperan la guagua en San Fernando. Allí, se escucha una pregunta: “Disculpa, ¿esta línea pasa por El Pajar?”. “No sé qué es eso”, contesta una joven incrédula con cara de que le están gastando una broma.
Si aquella chica es una persona curiosa, quizás buscó unos minutos después en Google dónde estaba ese lugar que le habían mencionado. Incluso puede que con tan solo un clic haya sido capaz de ubicarlo en el mapa. Pero conocer su esencia, personalidad e historia resulta imposible sin patear sus calles o, lo más importante, hablar con la gente que lo ha construido.
"Me dio mucha pena"
Un ejemplo son Pilar Martín, Esther Pérez y Carmen Rubio —ya fallecida—. Son tres monjas dominicas que han vivido en El Pajar durante 40 años. Han sido maestras, amigas y confidentes de quienes las conocen desde que iban al colegio. Ahora, tras décadas de servicio, se marcharán destinadas a Tenerife y el pueblo tiene claro que las echará de menos.
“Cuando me enteré me dio muchísima pena. Para mí, más que monjas han sido familia. Vinieron cuando yo era pequeñita, con apenas cinco años, y desde entonces han formado parte de mi vida”, relata Maripino Pérez Suárez, animadora sociocultural. Se emociona al recordar cómo las hermanas la enseñaron a leer antes de que tuviera edad para ir a la escuela.
Respeto, solidaridad y compromiso
“Al entrar en el colegio con seis años, los maestros se quedaron asombrados porque sabía un montón de cosas”, exclama. Narra que ella iba a la casa parroquial con otros niños de la zona y cultivaban la mente. “Nos ponían a hacer punto de cruz, me enseñaron a nadar y aprendí un montón de valores: el respeto, la solidaridad y el compromiso”, subraya la vecina.
En definitiva, se siente afortunada de haber podido conocerlas y llevarse consigo un sinfín de aprendizajes que la han marcado. “Si hoy soy la persona que soy, una parte importante se la debo a ellas porque, más que religiosas, han sido como maestras de vida”, dice Pérez Suárez.

Alimentos para los más necesitados
Las monjas de la ermita de Santa Águeda llegaron a El Pajar después de pasar un tiempo en Cercados del Pino. Fueron las profesoras de muchos hijos de aparceros que trabajaban en las tierras para ganarse el pan. Familias que no tuvieron la oportunidad de formarse y enviaban a los pequeños con Pilar, Esther y Carmen para que les diera apoyo y pudieran superar el curso.
También daban —como no puede ser de otra manera— clases de religión y catequesis. Pero lo que siempre recordará la gente de allá abajo es cómo acompañaban, escuchaban y consolaban a quienes lo necesitaban. Ayudaban con alimentos a los que tenían problemas económicos, rezaban si alguien estaba enfermo y siempre celebraban los logros ajenos.
Taxistas, abogados y banqueros
Más de cuatro décadas después, ese orgullo por sus alumnos sigue intacto. Basta con mirarlas a los ojos y escuchar cómo hablan de ellos. Niños que en la actualidad son taxistas, cajeros de supermercado, abogados, médicos o banqueros. Ha llovido mucho desde entonces, pero el cariño permanece intacto en la memoria de ambas.
Pilar llegó a El Pajar junto a Carmen Rubio en 1983 —Esther se incorporó en 1997—. Fueron destinadas allí después de pasar un periodo en Cercados de Espino y durante un tiempo se desplazaron entre ambos pueblos para impartir clases de religión y catequesis.

"Aquello me dolía"
Pero en su labor de difundir entre los pequeños el catolicismo se dieron cuenta de una dura realidad: algunos de ellos no habían aprendido a leer y a escribir. “Aquello me dolía muchísimo”, asegura Pilar. “Las profesoras hacían lo que podían, pero yo empecé en la Casa de la Cultura a enseñarlos a leer, a sumar y a multiplicar”, asevera.
Nunca dudaron ni un segundo en desempeñar aquella labor porque esa es la misión de las dominicas misioneras de la sagrada familia: la enseñanza y estar junto a la gente para ayudar.
"Te abrían las puertas"
“Una hermana hizo de partera cuando una niña nació prematura. La trajeron hasta Arguineguín y allí le improvisaron una especie de incubadora con ladrillos calientes, como se hacía antiguamente”, relata Pilar. Pero la cosa no queda ahí: pese a no ser enfermeras, hubo una época en la incluso tomaban la tensión o ponían inyecciones.
En esencia, hacían lo que fuera necesario por su pueblo, el que las acogió con los brazos abiertos desde el principio. “De ellos aprendimos su sencillez, su cercanía y su apertura. Te abrían las puertas de sus casas”, exclama la monja.
Pilar y Esther narran con cariño los momentos en los que se reunían para organizar las fiestas y preparar el pan con chorizo, las tortillas de carnaval o los huevos rellenos. El objetivo es que todos se marcharan a casa con el estómago lleno y con la alegría de haber pasado un buen rato en comunidad.

Colaboración con Cáritas
Margarita Jiménez Suárez es la presidenta de la Casa del Mayor de El Pajar. Señala que, prácticamente, se han criado con ellas. Recuerda que los domingos, al salir de misa, iban a visitar a los enfermos que no podían acudir a la iglesia para que tuvieran la oportunidad de comulgar si querían. “Esa fue también una labor muy bonita”, pone sobre la mesa.
“Además, cuando llegaban las fiestas de El Pajar, en las romerías, todo lo que traían las carrozas era para Cáritas. Ellas se quedaban allí, bien abrigadas, hasta que llegara la última carroza para recoger todo. Esperaban al coche de Cáritas y nosotros las ayudábamos a cargar el camión”, rememora con cariño alguien que las conoce de primera mano.
Preparativos de misa
“Hicieron una buena labor”, exclama. Asegura que tanto ella como una amiga van todos los fines de semana a la ermita —donde se impartió la primera misa de Canarias— para aprender a poner en marcha todos los preparativos de la misa. “El día que ellas se vayan alguien tendrá que hacerlo”, afirma.
Juan Moreno, propietario del conocido bar El Boya, se expresa en la misma sintonía que Margarita: “Su presencia ha ido mucho más allá de la vida religiosa. Ellas han sido maestras, consejeras, amigas y un apoyo constante para quienes las necesitaban”. El hostelero asegura que las monjas siempre estuvieron presentes para las necesidades del pueblo.
"Ha sido una maravilla"
“La verdad es que las vamos a echar un montón de menos porque son parte de la historia de este pueblo, pero con cariño, con felicidad y con ese amor que ellas siempre tienen para todos”, destaca. “En la iglesia, por ejemplo, han sido las que han custodiado la imagen durante tantos años, siempre con un cariño y un amor inmenso”, apostilla.
Ahora se marchan. Se irán destinadas a Vistabella, en Tenerife. “Para mí ha sido una maravilla. Ha sido un don de Dios poder dedicarme aquí a esta gente durante tanto tiempo”, resalta Pilar. Admite que les ha generado mucha tristeza tener que irse, pero señala que es necesario para contar con la ayuda y asistencia que necesitan.
"Amistad y alegría"
Partirán en septiembre satisfechas, con la conciencia tranquila y con la certeza de que han cumplido su misión. Antes de irse, cuentan, organizarán una misa de despedida en Arguineguín que todavía no tiene fecha. Ahí podrán decir adiós al pueblo que se lo ha dado todo.
Un lugar que ellas definen como un punto de encuentro, de amistad y de alegría. Tres cosas que han sabido transmitir a lo largo de los 43 años que han estado de misión en El Pajar.
¿Qué es El Pajar?
Si alguien no conoce el pueblo —como la chica de la parada de guaguas— solo debe hablar con Pilar y Esther durante unos minutos.
Porque las monjas de la ermita de Santa Águeda, con su valentía y su entrega, han dado forma a la historia de El Pajar. Sus vecinos lo tienen claro: sin ellas, todo habría sido distinto.
Sin duda, allí no las olvidarán.
Larga vida a la memoria colectiva.
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