Nada es casual, pero sí sabemos que hay una parte del argumento que lo escribe el azar. Si el Zaragoza no mete el triple en el último segundo en Lugo o si no hubiera habido un rebote descontrolado que acabó en gol en el área pequeña de la Unión Deportiva en Málaga, quizá no hubiera escrito este artículo, pero este artículo se lleva escribiendo hace tiempo y toda esta temporada. A ambos equipos solo los podía salvar la suerte. No contaban con plantillas competitivas, no apostaban por la cantera y las decisiones se tomaban lejos de la cancha y del estadio, con el consiguiente caos entre lo que se programa y lo que realmente se puede hacer con esos cambios de rumbo o esos fichajes tantas veces equivocados.
Los dos equipos juegan en instalaciones deportivas públicas que han costado un dineral. Con ese dinero invertido, y con el que se va invertir, se hubieran construido muchas residencias de mayores y se asfaltarían todas las carreteras de la red insular varias veces al año. Con ese dinero se podrían crear becas de investigación y ayudar a que estudien los niños cuyos padres no han tenido suerte en el mercado laboral, con todo ese dinero se podría contribuir a la mejora necesaria de la calidad de vida de la isla; pero ese dinero está en Siete Palmas, en instalaciones que habrá que ver cómo se llenan a partir de ahora, con equipos sin alma y cada vez más alejados de la gente. Estuve en el partido del García San Román, cuando el Claret subió por vez primera a la máxima categoría, y viví en el Insular muchas de las grandes gestas de la Unión Deportiva. No hizo falta todo ese hormigón y toda esa parafernalia de los videomarcadores para ser grandes. Había ilusión, inteligencia y subían jugadores de las islas a los dos equipos. Esta semana, el Papa ha llenado ambas instalaciones, pero el Papa quizá solo venga una vez en la vida a esta isla.
En el subsuelo
Si los deportes con más audiencias televisivas y con más aficionados fueran el pie de rey de la medida de una ciudad o de una isla, no nos haría falta ser ningún Pitágoras para darnos cuenta de que ahora mismo estamos en el subsuelo nacional; pero lo más lamentable es que esa caída no se corresponde con la gente que vive, trabaja y sueña en esta isla y en esta capital tan abandonada a su suerte. Pocos equipos cuentan con una masa social y una afición tan entregada y leal como la que tienen el Club Baloncesto Gran Canaria y la Unión Deportiva Las Palmas. Eso es lo que salva y lo que salvará a ambos conjuntos; pero quienes los dirigen no se corresponden con el corazón de esos aficionados. Hacen lo que les da gana. En el caso del fútbol matan una y otra vez la esencia del juego canario y cierran el paso a la cantera, y en el del baloncesto se toman decisiones desde despachos políticos que quedan lejos del sudor de la cancha y de las intrahistorias de los vestuarios.
También dice poco de la clase empresarial grancanaria y de quienes han ganado mucho dinero con la marca de la isla, y con sus playas y su Puerto, la poca implicación en el deporte y en la cultura. Todo suma en contra de unos colores y de unos equipos que, como vengo diciendo, tienen la mala suerte de no contar con dirigentes que entiendan el sentir de las mujeres y los hombres que se ponen sus camisetas con ese sentido de pertenencia y de respeto que solo se consigue con muchos años de historia y de cercanía en los terrenos de juego. Pero, por desgracia, la decadencia de la Unión Deportiva Las Palmas y del Club Baloncesto Gran Canaria tiene mucho que ver con la decadencia de la isla y de su capital. Son el espejo del alma del lugar que habitamos en estos momentos.
