Savané, presidente del Granca hasta este lunes. / EFE
Savané, presidente del Granca hasta este lunes. / EFE

El Granca, Savané y la hora griega de la crisis

El triple de Spissu no condenó al Granca: solo firmó la sentencia de un club devorado por la autocomplacencia, la dependencia institucional y una estructura incapaz de comportarse como una entidad profesional después de tres décadas en la élite

Escucha el artículo ahora…

0:00
0:00
Martín Alonso

Escribo estas líneas mientras intento superar el estado de shock que me provocó el triple de Marco Spissu. La canasta del base italiano del Casademont Zaragoza, con el reloj a cero para remontar cinco puntos en seis segundos, condenó este viernes al Club Baloncesto Gran Canaria al descenso a Primera FEB. Fue un desenlace cruel, pero no fue improcedente. Ese tiro, que dibujó un arco perfecto para derrotar al Breogán (94-95) en un rincón de Lugo —a 717 kilómetros de distancia de donde el equipo claretiano entregaba la cuchara sin vergüenza ni honor—, remataba con toda la lógica del mundo la temporada de mierda firmada por el Granca.

El fin de curso del conjunto amarillo, por mucha brutalidad que haya ejercido contra los corazones de todos los aficionados del Granca, no debe pillar a nadie con el paso cambiado ni, por tanto, con cara de sorpresa o susto. No seamos cándidos ni hipócritas. El descenso es merecido, ganado a pulso durante cada día de cada una de las semanas transcurridas desde el pasado verano. Porque la verdad, aunque duela, no hace prisioneros. Así que esa canasta matadora de Spissu no cambia ni una migaja de lo que tenía previsto escribir aquí. Pasara lo que pasara, yo ya venía a contar todo lo que prosigue a partir de este punto y seguido.

Soberbia

Hay una escena en Infiltrados, la película por la que Martin Scorsese ha ganado su único premio Oscar, en la que una monja —la hermana Mary Therese— le recuerda a Frank Costello —personaje interpretado por Jack Nicholson— que "la soberbia precede a la caída". Ese pasaje de la película me ha venido a la cabeza varias veces a lo largo de la temporada, justo cada vez que tocaba ver en acción a Sitapha Savané, presidente del Granca, afrontar un problema. El máximo dirigente del club claretiano, al igual que Costello en el filme —jefe de la mafia irlandesa de Boston y (ojo, spoiler) chivato del FBI—, se creyó intocable, protegido por la propiedad, una especie de divinidad en la tierra ante la que el resto de mortales sólo tenía dos opciones: arrodillarse o apartarse.

Isaiah Wong lanza a canasta en la visita del Granca al UCAM Murcia. / MARCIAL GUILLÉN-EFE
Isaiah Wong lanza a canasta en la visita del Granca al UCAM Murcia. / MARCIAL GUILLÉN-EFE

Savané se rodeó mal desde el primer minuto —era suficiente con adorarle y alimentar su vanidad para estar en su órbita; era suficiente con no bailarle el agua para ser condenado— y todas las decisiones que tomó desde que el Granca ganó la Eurocup —la noche del 3 de mayo de 2023— han llevado al club hasta el hundimiento que ahora presenciamos. Esa fecha, la de la consecución del título continental —por cierto, éxito alcanzado por una plantilla que meses antes se ganaba las críticas del propio Savané cuando no acaba de carburar a las órdenes de Jaka Lakovic—, no es insustancial en esta historia. Basta con recordar quién pululaba por el palco y sus alrededores para intuir que el rumbo que tomaba la entidad no era el adecuado.

Pereza

El gran error de Savané tras conquistar la Eurocup no fue renunciar a la Euroliga. Los números no salían y cualquiera que conozca mínimamente la realidad económica del baloncesto europeo lo sabe. El problema fue otro mucho más grave: su absoluta incapacidad para aprovechar aquella noche histórica del 3 de mayo de 2023 como un punto de inflexión. El Granca acababa de convertirse campeón de Europa y, sin embargo, siguió funcionando como si nada hubiera ocurrido. Como un club resignado a sobrevivir, no a crecer. Como una entidad condenada a repetir los mismos vicios de siempre.

Y nadie puede decir que Sitapha Savané ignorara dónde estaba sentado. Él sabía perfectamente lo que era el Granca. Fue capitán del equipo. Conocía las inercias, las guerras internas, los egos, las barrabasadas históricas de un club donde demasiada gente ha disparado durante décadas con la pólvora del rey mientras el Cabildo tapaba agujeros con dinero público. Precisamente por eso su responsabilidad es todavía mayor. Porque vino para cambiar estructuras obsoletas y acabó devorado por ellas. O peor: acomodado en ellas.

Avaricia

Resulta especialmente doloroso porque Savané aterrizó en el club acompañado de un discurso moderno, empresarial y casi mesiánico. MBA internacional, nuevas ideas, profesionalización, cambio cultural. Pero detrás de la fachada apenas hubo reformas cosméticas. El único cambio sustancial fue el sueldo del presidente: 110.000 euros anuales. Más que el presidente del Gobierno de España. Más que el presidente de Canarias. Más que el propio presidente del Cabildo que sostiene económicamente a la entidad.

El Granca se retrasa en el abono de nóminas a técnicos y jugadores por impagos de patrocinadores. En la imagen, Jaka Lakovic se dirige a sus jugadores en un tiempo muerto. / JAVIER BELVER-EFE
En la imagen, Jaka Lakovic se dirige a sus jugadores en un tiempo muerto. / JAVIER BELVER-EFE

El Granca, mientras, siguió funcionando con una estructura impropia del deporte profesional: más jefes que indios en la planta noble, departamentos anclados en 1995, un director deportivo, Willy Villar, con suficientes fracasos en su currículum y enfrentado a buena parte de las agencias que mueven el mercado europeo y cuya continuidad el propio Savané terminó tragándose el pasado verano, una masa social artificialmente inflada a base de invitaciones, abonos corporativos y promociones, un Arena gigantesco infrautilizado, incapacidad crónica para generar ingresos propios y una dependencia enfermiza del dinero público. 

Estructural, no coyuntural 

Ese es el verdadero drama del descenso. No es un accidente deportivo. No es una mala temporada. No es un triple de Spissu. El problema del Granca es mucho más profundo y mucho más incómodo de admitir. No es coyuntural, es estructural: después de 31 años consecutivos en la élite, el club jamás ha conseguido emanciparse. Nunca ha dejado de vivir agarrado a la teta institucional. Nunca ha construido una base social sólida acorde a la dimensión de la isla. Nunca ha sido capaz de convertir los éxitos deportivos en músculo económico real.

Y eso debería provocar una enorme vergüenza colectiva. Porque el Gran Canaria Arena, después de tres décadas en la ACB, de finales, de fases finales de Copa, de noches europeas y de un título continental, debería tener lista de espera para abonados. Debería ser una marca potente. Debería contar con patrocinadores privados dispuestos a sostener el proyecto. Debería generar identidad. Debería poder caminar solo. Pero no ocurre. Y no ocurre porque durante demasiados años las victorias fueron escondiendo la podredumbre que crecía dentro de las oficinas.

El mal de la política

Ahora el Cabildo vuelve a situarse frente al espejo. Y la pregunta ya no es quién entrenará al equipo o quién ocupará el despacho presidencial. La verdadera cuestión es si existe voluntad política y social para transformar de verdad el Granca o si todo volverá a resolverse con otro parche provisional hasta las elecciones de 2027. Porque esa es otra de las tragedias silenciosas de esta entidad: vive permanentemente condicionada por los ciclos políticos. Cada cambio de gobierno implica empezar de nuevo. Cada consejero quiere dejar su sello. Cada proyecto nace con fecha de caducidad.

Por eso casi resulta imposible construir algo sólido. ¿Qué profesional serio querrá comprometer su futuro a largo plazo con un club cuyo rumbo puede variar dentro de un año por el capricho político de turno? Conviene recordar que no sobran precedentes de dirigentes que entendieran de verdad la necesidad de emancipar al club del dinero público. Óscar Hernández trazó una hoja de ruta clara en esa dirección e Himar Ojeda empezó a construir antes de que un cambio político dinamitara el proyecto meses después. Y el contexto vuelve a ser inquietantemente parecido.

Aficionados del Granca. / CB GRAN CANARIA
Aficionados del Granca. / CB GRAN CANARIA

¿Volveremos?

Por eso quizá ha llegado la hora de una gran sentada que vaya mucho más allá de los partidos políticos. Una reflexión seria, adulta y colectiva sobre qué quiere ser el Granca en el futuro. Porque la gran pregunta no es si el equipo volverá a ACB. La gran pregunta es si existe una estructura real para sostener ese regreso.

Tras consumarse el descenso, el Granca publicó un comunicado que terminaba con un “volveremos”. Una frase corta, emocional y comprensible. Pero quizá la pregunta correcta no sea si el Granca volverá, sino si tiene estructura real para volver. Porque subir no depende únicamente del presupuesto. Depende de tener una organización sana, una identidad clara, una hoja de ruta y un proyecto que no viva anestesiado por el dinero público.

Crisis y oportunidad

La palabra crisis proviene del término griego Κρίσις. Para los antiguos griegos significaba un momento decisivo, de cambio, un punto de inflexión, una oportunidad para elegir un nuevo camino. Tal vez el descenso del Granca sea precisamente eso: la última oportunidad para dejar de comportarse como un club subsidiado y empezar a actuar como una entidad adulta.

El Granca llevaba años descendiendo antes del triple de Spissu. Ojalá alguien en el Cabildo lo entienda antes de que sea demasiado tarde. Porque lo verdaderamente aterrador no es haber caído a Primera FEB. Lo verdaderamente aterrador sería descubrir que ni siquiera este golpe sirve para despertar.