Fran Belín./ CEDIDA

Opinión

Agosto, en mitad de ninguna parte (gestos cotidianos)

Periodista

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Desde siempre me encantó el mes de agosto. Otro que ya despedimos.

Quizá  ‘simpático’ sea, para un servidor, una acepción más ajustada como cercana. El pasar de los agostos, a través de épocas y vivencias, hace que muchos-as nos hayamos rendido a la evidencia de que en esos 30 días al año ‘cambian las reglas’. O no cambian, según el enfoque que le brindemos.
Por más que queramos plantear o cerrar gestiones de cualquier naturaleza, lo cierto es que entre julio y septiembre –recuerdo- nunca está nadie; nadie atiende… imposible aquella cita médica o ciertos arreglillos domésticos que pasarán a formar parte del grueso de la vuelta al cole, del comienzo de la temporada radiofónica, de la liga y de todo aquello que marca ese adiós al lapso donde cada año permanecemos en mitad de ninguna parte.

Es por eso que valoro especialmente, ya en este inevitable retorno a la ‘normalidad’, algunos momentos que ha brindado agosto para simplemente reflexionar y sin agobios en lo humano y mundano. Nada de cifras, ni de estadísticas; mucho menos de sesudos análisis.

En agosto, eso sí, he seguido escribiendo la columna de Atlántico Hoy. Fiel a la cita. Ya saben, con especial énfasis acerca de la sostenibilidad, ya sea medioambiental pero asimismo en el ámbito social o en el plano económico. Esta vez quisiera cargar las tintas en los momentos plácidos en los que podía constatar en persona otro tipo de sostenibilidad más a primera vista.

Para mí es interesante la observación de lo que pasa en nuestra propia ciudad, en nuestro entorno; de lo que llamamos “la gente” en abstracto, como si no formáramos parte de la gente (la gente esto, la gente lo otro). A pesar de seguir operativo en el mes estival por excelencia, he podido bajar de marcha, cómo no. Eso ha favorecido las sanas caminatas urbanas con el trasto de la música, los auriculares y la gorra de “Islas Canarias”.

El ejercicio es extremadamente sencillo después del otro de pasear, propiamente dicho, y consiste en sentarse en el banco propicio y mirar. Sin prisas, escuchando nuestros temas musicales preferidos. La gente (que, insisto, así entendemos en abstracto) expresa rasgos, lanza ejemplos en su entorno que forma parte del engranaje de la vida cotidiana,…

Muchas veces he escrito en estos párrafos acerca de los pequeños gestos que, sumados, logran objetivos colectivos y mientras escucho (escuchamos) nuestra canción, allí en el banco, las personas atienden a niños que arrojan al suelo la golosina o la servilleta. La madre, el padre, pacientes, rectifican y explican con suavidad pero rigor que eso no se hace así.  Se tira a la papelera.

Personas que atienden a sus hijos-as en los columpios y argumentan que si no quieren más bocadillo se envuelve y sirve para más tarde. Sí, gestos que he visto y que no invento para que este artículo quede bonito. Personas que hacen ejercicio, que recogen los excrementos de las mascotas que les acompañan o dejan dentro del contenedor –¡dentro!- su bolsa de basura.

Desde este banco de la Rambla santacrucera ‘doy fe’ –permitan el matiz de notario- de esos actos visibles y constatables, acciones que denotan que “la gente”, buena parte al menos, cumplimos con esas normas básicas y de sentido común que hacen más jovial la convivencia general. Que nos acercan a objetivos medioambientales fundamentales también mediante la sostenibilidad de la formación básica.

Escuchaba desde el banco, acabando agosto, el impresionante movimiento de El Verano de Antonio Vivaldi y llegaba a sensaciones que ahora no soy capaz de detallar mediante la escritura. Por lo que recomiendo el ejercicio: el asiento estratégico y la melodía de nuestra preferencia; la gorra es optativa.  
Observemos entonces y caigamos en la cuenta.