Desde Año Nuevo tenía la intención de escribir este artículo de opinión sobre el discurso que ofreció en Nochevieja Fernando Clavijo, presidente de Canarias. No tanto por el balance general de su mensaje —previsible en los códigos institucionales de fin de año— sino por un detalle que pasó relativamente desapercibido en muchos de los análisis posteriores. Clavijo reconoció errores y limitaciones en la acción de gobierno. “No hemos llegado a todo. Hemos cometido errores”, admitió, pidiendo disculpas a quienes se hayan sentido decepcionados y reivindicando la autocrítica como parte inseparable de la responsabilidad de gobernar.
No es habitual. Y conviene decirlo sin cinismo. En un tiempo político dominado por la autosuficiencia, el relato épico permanente y la incapacidad para asumir fallos, ese gesto merecía algo más que una mención tangencial. La autocrítica no resuelve problemas por sí sola, pero marca una diferencia ética entre quienes entienden el poder como un ejercicio de servicio y quienes lo conciben como una trinchera.
Sin embargo, la actualidad —y la propia vida— nos ha atropellado. Desde aquella madrugada en la que Donald Trump volvió a sacudir la agenda internacional con una operación militar en Venezuela dirigida a capturar a Nicolás Maduro, el año arrancó sin conceder tregua. En apenas 26 días, la intensidad informativa ha sido tal que a veces cuesta seguir el ritmo natural de las cosas, pensar con calma, ordenar prioridades o simplemente detenerse a reflexionar.
Sospecho que no es una casualidad. Me temo que es el signo de nuestros tiempos. Y no solo en lo que respecta al vértigo informativo. Vivimos corriendo. Corremos para formarnos, para encontrar trabajo, para mejorar profesionalmente. Corremos para llegar a final de mes. Corremos para poder pagar un alquiler o aspirar, cada vez más como una quimera, a una vivienda en propiedad. Y aun así, no llegamos.
Paradoja evidente
Canarias ofrece una paradoja cada vez más evidente. Cifras récord de turismo, la principal industria de las Islas, pero una sensación extendida de que a los trabajadores solo les llegan las migajas. Cifras récord de empleo, pero con una precariedad estructural que impide a la mayoría de los jóvenes canarios emanciparse o planificar un proyecto de vida estable. Las reglas del mercado, tal y como están diseñadas, favorecen la especulación inmobiliaria y usos económicos que poco o nada tienen que ver con un derecho constitucional básico como es el acceso a la vivienda.
Avanzamos, al menos en el discurso, hacia un futuro tecnológicamente más eficiente y energéticamente más limpio. Nos hablan de transición ecológica, de sostenibilidad, de innovación. Nos empujan a comprar coches eléctricos que no entran en los presupuestos familiares, mientras los problemas de movilidad siguen robando horas de vida en las carreteras. Y, al mismo tiempo, nuestro litoral y nuestro territorio continúan sometidos a una presión creciente, con impactos ambientales que contradicen ese relato de progreso ordenado.
A todo ello se suma una realidad menos visible pero igual de determinante: la carga de los cuidados. Miles de familias canarias sostienen como pueden la atención a sus mayores ante la falta de recursos suficientes en dependencia. Es un trabajo silencioso, mayoritariamente femenino, que no aparece en los indicadores macroeconómicos pero que condiciona profundamente la calidad de vida y las oportunidades de quienes lo asumen.
Con este panorama, conviene hacerse una pregunta incómoda pero necesaria: ¿no es lógico que una parte de la ciudadanía termine votando a quienes prometen romper la baraja y empezar de cero? Cuando el sistema no ofrece expectativas reales de mejora, cuando el esfuerzo no se traduce en bienestar, cuando la política parece incapaz de resolver problemas cotidianos, el terreno queda abonado para soluciones simples a problemas complejos.
Respuestas
Aquí es donde la autocrítica, siendo imprescindible, resulta claramente insuficiente. Reconocer errores es higiénico, pero no basta. Ni desde el gobierno ni desde la oposición. La ciudadanía no solo quiere honestidad; quiere respuestas. Quiere políticas públicas que se noten en el bolsillo, en el tiempo disponible, en la posibilidad real de vivir con dignidad en su propia tierra.
Si los partidos tradicionales no son capaces de ofrecer esa esperanza tangible, la extrema derecha seguirá creciendo. No por la fuerza de sus propuestas —muchas veces inviables o abiertamente regresivas— sino por el vacío que otros dejan. Y ese crecimiento no será inocuo. En 2027 puede convertirse en un actor clave en numerosas administraciones, condicionando gobiernos, bloqueando consensos y haciendo ingobernable la escena política.
Canarias no es ajena a ese riesgo. Pensar que aquí estamos vacunados por nuestra historia o por nuestra idiosincrasia es un error. La frustración no entiende de fronteras ni de tradiciones políticas. Cuando la esperanza se erosiona, alguien la sustituye, aunque sea con un sucedáneo peligroso.
Por eso, este no es un artículo contra nadie, sino una llamada de atención colectiva. La autocrítica es un buen punto de partida. Pero hace falta valentía política, reformas estructurales y una mirada larga que vuelva a conectar la acción pública con la vida real de la gente. De lo contrario, otros seguirán ocupando ese espacio. Y entonces ya no bastará con reconocer errores.
