Agoney Melián, presidente de la Asociación de Jóvenes Empresarios de Tenerife (Las cosas feas de mi casa)

Opinión

Mi mayor tesoro

Presidente de la Asociación de Jóvenes Empresarios de Canarias

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Querida gente de colores, hoy les quiero hablar desde el corazón, sin filtros ni artificios. La tecnología nos ha envuelto con sus promesas de conexión y facilidad, pero en el proceso nos ha arrebatado algo fundamental: nuestra humanidad. Nos hemos convertido en esclavos de dispositivos que emiten una luz distante, olvidando el calor de una mirada, el consuelo de una conversación sincera.

Hace unos días, observaba a un grupo de jóvenes en una cafetería de Santa Cruz. Todos estaban sentados juntos, pero nadie hablaba. Cada uno estaba absorto en su propio mundo digital, ajeno a las personas a su alrededor. Me pregunté cuántas risas, cuántas historias y cuántos momentos se estaban perdiendo por esa adicción a la tecnología. Nos hemos acostumbrado tanto a las pantallas que hemos olvidado la magia de estar presentes.

La soledad en la multitud digital

En esta era de hiperconectividad, nunca hemos estado más solos. Nos rodeamos de cientos de contactos en las redes sociales, pero ¿cuántas de esas conexiones son reales? Nos encontramos en medio de una multitud virtual, anhelando una voz amiga, una palabra de aliento, un abrazo que nos diga que todo estará bien. Hemos cambiado la cercanía humana por la distancia de un dispositivo, y en ese cambio, hemos perdido algo esencial.

Las redes sociales se han convertido en una vitrina donde se exhiben solo los momentos más felices y exitosos de nuestras vidas. Este fenómeno crea una ilusión de perfección que rara vez refleja la realidad. La presión por mostrar una vida impecable puede hacernos sentir solos y aislados cuando enfrentamos dificultades. A menudo, no sabemos a quién recurrir cuando tenemos un problema, ya que parece que está mal admitir que nuestras vidas no son perfectas. Esta disonancia entre la realidad y lo que vemos en las redes puede generar una sensación de soledad y desamparo, haciéndonos olvidar que todos enfrentamos desafíos y que está bien, y que es altamente recomendable, buscar ayuda.

El Alma: Nuestro refugio olvidado

En medio de esta tormenta digital, debemos recordar que poseemos un tesoro invaluable: nuestra alma. Es en nuestra alma donde reside nuestra verdadera esencia, nuestra capacidad de sentir, de amar, de ser.

La tecnología puede facilitarnos la vida, pero nunca podrá reemplazar la cercanía de un abrazo, la profundidad de una conversación cara a cara, la conexión auténtica con otro ser humano.

Para reconectar con nuestra alma, propongo algunos pasos simples pero poderosos. Dedica unos minutos cada día a la meditación o a la reflexión silenciosa. Apaga tus dispositivos y sumérgete en un buen libro, uno que te haga sentir y pensar. Sal a caminar sin rumbo, deja que tus pensamientos fluyan libremente y que la naturaleza te hable. Haz deporte, pero solo para disfrutar. Estos pequeños actos pueden ser faros en medio del caos digital. Redefiniendo el valor de la vida.

Es crucial que aprendamos a redefinir el valor de nuestra vida más allá de la tecnología. Debemos encontrar un equilibrio entre el uso de herramientas digitales y la vivencia plena de nuestras experiencias. No es una tarea fácil en un mundo que nos empuja constantemente hacia lo virtual, pero es esencial para preservar nuestra humanidad.

Una tarde, decidí dejar el teléfono en casa y salir a caminar por la ciudad. Sin la distracción de las notificaciones, observé cosas que normalmente pasaban desapercibidas: la sonrisa de un niño, el murmullo del tranvía, el sonido distante de una melodía callejera. Me di cuenta de cuánto más rica es la vida cuando estamos realmente presentes.

Un llamado a la humanización

Querida gente de colores, les invito a hacer un alto en este frenético mundo digital y a reconectar con lo más profundo de nuestro ser. Valoremos los momentos simples, las interacciones genuinas, los sentimientos verdaderos. Nuestra alma, nuestro mayor tesoro, necesita ser nutrida con experiencias reales y significativas.

Desconectemos un poco de la tecnología y reconectemos con nosotros mismos y con quienes amamos. Busquemos la calidez de una conversación cara a cara, la belleza de un amanecer, la serenidad de un paseo sin prisas. Aprendamos a valorar la vida en su plenitud, a saborear cada instante como un regalo.

Mi mayor tesoro

Al final del día, cuando el ruido del mundo se apaga y nos encontramos a solas con nuestros pensamientos, es nuestra alma la que nos sostiene. En esta sociedad acelerada y tecnificada, el mayor acto de rebeldía es ser verdaderamente humano. Es cuidar de nuestra alma, ese refugio donde reside nuestra verdadera riqueza.

Querida gente de colores, les agradezco por acompañarme en esta reflexión. Que encuentren en estas palabras una invitación a redescubrir su humanidad, a cuidar de su alma, a valorar lo que realmente importa.

Porque al final, cuando todo lo demás se desvanece, lo que queda es nuestra esencia, nuestra capacidad de sentir, de amar, de vivir plenamente. Y eso, sin duda alguna … es mi mayor tesoro.