El Informe PISA escribe con cifras lo que ya se veía desde hace tiempo en las calles, lo que vamos encontrando en la convivencia diaria, en la cultura, en los valores, en la responsabilidad laboral y también en el comportamiento de mucha gente. La comparación fácil es hablar de una torre inclinada que no creo que se mantenga como la que está en Italia. Cada día está más cerca del suelo, más próxima al abismo. Pero no solo entre los estudiantes, todo lo que sucede en las aulas se empuja desde arriba, desde los que no estamos en el colegio hace años. Los estudiantes recogen la siembra de la negligencia de los mayores, son los frutos del neoliberalismo desaforado, los hijos del consumo y del individualismo. Y también de las arrogancias y de las bravuconadas de muchos de los personajes que aparecen a todas horas en las pantallas.
Esta última semana, Atlántico Hoy abordó en unas jornadas todo lo que tiene que ver con el Informe PISA, desde Canarias, pero también con experiencias de otras Comunidades como Navarra o Cataluña en donde llevan años tratando de detener esa caída libre con proyectos que siembran a largo plazo. En una jornada denominada PISAr A FONDO se acercaron a los datos de PISA sobre la pésima comprensión lectora o el bajón preocupante en las ciencias desde muchos puntos de vista y con ponentes que conocen bien la realidad educativa. Asistí a algunas de esas ponencias y mesas redondas, pero hubo una que me resultó especialmente clarificadora, la del psicopedagogo Calixto Herrera.
Ir más allá
En su intervención, además de analizar los resultados empíricos, ponía el acento en el alma de los estudiantes y en los valores. Muchos tratan de arreglar lo de Pisa intentando que los programas educativos se adapten solo a las salidas laborales de los estudiantes, y al final todo eso no son más que números, datos y gélidas cifras que tratan de uniformar a quienes estudian, olvidando que cada uno de esos niños y niñas son un mundo lleno de posibilidades si alguien sabe llevarles las herramientas necesarias para que descubran sus vocaciones. También si hay quien les recuerde que están capacitados para casi todos los retos si cuentan con profesores que enseñen las matemáticas o que les acerquen el valor de la lectura de una forma certera y cercana.
Calixto explicaba que no podíamos mirar solo esos datos fríos que a todos nos han dejado aliquebrados. Él hablaba de ir más allá, de analizar las consecuencias de la carencia de espíritu crítico o de la incapacidad que tendrán esos alumnos para entender el mundo que les rodea. Si no hacemos ese esfuerzo, solo crearemos esclavos para el sistema, consumidores bulímicos y personas que se creerán cualquier mentira bien tramada para acotar cada día más los Derechos Humanos.
No solo podemos poner el acento en las asignaturas y en los números, si hacemos eso veremos cada vez a más jóvenes destrozar escaparates para tener el chándal más caro y más fetén o el último gadget informático. Ramón y Cajal ya nos contó que somos los escultores de nuestro cerebro, de cada pensamiento, de la empatía y también del punto de vista; pero con eso no se nace: se va aprendiendo con lo que se tiene alrededor, con lo que vemos, y con lo que nos enseñan. Si quienes deciden los contenidos y la forma de enseñar olvidan eso, solo estaremos educando esclavos para el sistema, autómatas sin alma y sin capacidad para reinventarse.
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