La mujer de las hierbas medicinales

Hace unos días falleció Minga Navarro, la yerbera que regentaba el herbolario del Mercado de Vegueta

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Santiago Gil.

No será lo mismo. El mercado ya no tendrá la luz de su sonrisa, ni estará ella preguntándote por tu salud y por tu familia. No encontraremos la serenidad de su mirada, su presencia cercana, ni todos esos olores que desde la primera vez que entré me detuvieron en su puesto. Hace unos días falleció Minga Navarro, la yerbera que regentaba el herbolario del Mercado de Vegueta, la mujer a la que le contaba cualquier desajuste en mi cuerpo, o en mis sueños, y siempre hallaba la planta, la raíz o el agua guisada que curaba todos los males, la que traía la memoria ancestral de muchos siglos, una mujer sabia y serena que, de repente, nos deja huérfanos de remedios medicinales y de esa cultura que poco a poco vamos perdiendo casi sin darnos cuenta.

Hace pocos días estuve hablando con ella, porque uno hablaba con Minga aunque no fuera a comprar ese día el orégano, la rúcula, el romero, el hierbahuerto, el tomillo o el cilantro. Aprendía cada vez que me paraba. Como miles de personas durante muchos años. Con ella se apaga una memoria lejana, el atavismo al que, a veces, no le damos importancia. Nos van franquiciando las calles y las plazas de los mercados, deshumanizándolos y borrando esos rastros de olores como el que uno encontraba en su puesto del Mercado de Vegueta.

Espero que su sobrina continúe con el puesto que había fundado la abuela de Minga en los años cuarenta del siglo pasado. Ella era la que la escuchaba y la acompañaba, y confío en que nos ayude para que no se pierda ese rastro de nuestro olfato lejano, la tierra mojada que todavía reconocíamos en las hierbas, la tarosada que hacía brillar las hojas, y esa sensación de que viajas al pasado siguiendo un rastro que estaba mucho antes de que llegáramos nosotros. Pero no será lo mismo sin ella. Ya sé que repetimos esto muchas veces, pero con personas como Minga Navarro sí que es cierto esa frase repetida cada vez que alguien muere, porque no la perdemos solo ella: con su muerte desaparece una parte de la sabiduría transmitida de madres a hijas durante siglos, y también la referencia a todos esos barrancos y montañas por los que pasamos de largo sin reconocer toda la grandeza curativa de sus plantas.

Viaje al pasado

Cuando te adentras en un mercado tradicional siempre hay una especie de viaje al pasado, la sensación de que algo queda intacto en este tiempo que se lleva por delante tantas referencias casi sin que nos demos cuenta. El Mercado de Vegueta ha ido perdiendo a casi todos los puesteros que reconocíamos hace años. Hay otras demandas, otras competencias y otras prisas, por eso el puesto de las hierbas nos llamaba siempre la atención, por su singularidad y su variedad de plantas; y también por los olores, y por los nombres que ya no se estilan en el habla coloquial y cotidiana; pero a esa curiosidad se unía luego la cercanía de quien regentaba ese herbolario no le importaba que compraras, que fueras a saludarla o que fueras uno de esos cientos de cruceristas que recorren a diario los puestos sacando fotos de los pescados,  de las frutas exóticas y, por supuesto, de las plantas de Minga.

Yo a lo lejos reconocía siempre el eucalipto, la albahaca o el romero, y esos mensajes olfativos eran recordatorios de que el planeta todavía seguía siendo planeta, y de que la despensa de nuestras abuelas no había sido borrada del todo por las artificiales mañas de nuestras supuestas inteligencias.  Ella era feliz preguntándote por tu vida, y más feliz aún cuando le hacías ver su importancia, la grandeza de lo que atesoraba, el diccionario, los nombres y los guisos que guardaba en su cabeza. No se olvida fácilmente a quien siembra aromas evocadores y sapiencias a su paso. Ya   nunca será lo mismo entrar en el Mercado de Vegueta.

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