Todo el mundo sabe de todo, opina de todo, cree saberlo todo mirando desde la pantalla, saltando de una red social a otra red social, de un periódico digital a otro periódico digital, de un canal de televisión a otro canal de televisión, o de una emisora de radio a otra emisora de radio. Yo soy como todo el mundo, pero vengo de un mundo que entendía o que contextualizaba mejor hace treinta o cuarenta años. Podría decir que hoy sé más, que tengo acceso a toda la información que quiera en los buscadores de Internet y que casi veo en tiempo real lo que antes me llegaba en fotografías que tenía que poner en movimiento con el contexto y con mi propia intuición. Pero yo nunca he entendido menos el mundo que ahora, bueno, corrijo, lo entiendo bien, aunque no comprenda nada, porque esta realidad va justamente de eso, de no tener tiempo para pensar, para digerir y para comprender. Todo es un reality show constante en donde gana quien mejor y más rápido se mueva en las pantallas. Además, todo se polariza, todo se extrema cada vez más, para que no haya posibilidad de consensos y entendimientos.
Podría escribir de Venezuela, esa tierra tan unida a los canarios, lo mismo que Cuba, toda llena de parientes y de vecinos que encontraron allí otra oportunidad. Pero todo aquello que buscaron nuestros ancestros se fue viniendo abajo, El mundo que conocíamos se fue viniendo abajo poco a poco, y lo ha hecho tan rápido que no hemos podido seguirle el paso, y a veces ni siquiera lo entendemos en nuestro entorno cercano, porque creo que se trata de eso, de que no entendamos para que los que tienen el poder y el dinero puedan hacer lo que quieran, y no voy a escribir derechas o izquierdas, porque ese debate ahora mismo es un galimatías, y prefiero hablar de buenas o malas personas, de gente con buena fe o con mala fe, de hombres y mujeres que defiendan los Derechos Humanos, y no de posiciones que se han diluido tanto que ahora resulta que tienes que estar con Maduro o con Trump, y yo por lo menos los quiero lejos a los dos; pero no que uno gane al otro porque el mundo que nos dejarían, y que nos están dejando, se quebraría por todas partes. No nos dejan tiempo para ese sosiego razonado, para tratar de que nadie pisotee a nadie, porque ahí está Putin al acecho, o los chinos, con su modelo de mundo esclavizante.
Todo lo que andamos, en pequeños pasos, tratando de consensuar un planeta más fraterno, se está cayendo a pedazos en las pantallas que nos atontan a diario, aunque en el fondo no ha cambiado nada desde el principio de los tiempos: los que tienen la fuerza se quedaban con el agua y las mejores tierras de cultivo como se quedan ahora con el petróleo o el telurio. Y quien mejor lo hace es quien mejor domina ese espectáculo de las pantallas, el que sabe que de un día para otro todo se olvida por la voracidad insaciable que le pedimos al scroll y al algoritmo, y lo pedimos nosotros, cada uno de nosotros, como necesitamos el telurio y el petróleo para esta vida que llevamos. Con los años, uno sí ha visto las subidas y bajadas de muchos abusadores que se creían intocables; pero esta vez no es un cambio de estampas lo que está aconteciendo; ahora hay un álbum nuevo, una era que está perdiendo todos los modales, en un lado y en otro, aunque ya los llevaba perdiendo hace décadas. Lo que vemos no es más que lo que somos, aunque nos duela recocernos en esas mismas pantallas en las que mañana mismo cantaremos el gol de nuestro equipo o celebraremos con corazones la dulzura de las navidades. Ahora levanto la vista y amanece. Todo parece perfecto y todo será perfecto hasta que me asome a la realidad de esas pantallas. La belleza sigue estando en otra parte, por eso aprendo cada vez más del océano o de la montaña, del silencio, y de ese cielo infinito que nos observa como minúsculas partículas cada día más desorientadas.
