Hay días en los que me descubro pensando que todo sería más sencillo si fuese distinto. Más impermeable, más estratégico, menos dado a implicarme en conversaciones que no me corresponden y en problemas que, estrictamente hablando, no son míos. Hay días en los que imagino que la vida debe de ser más ligera para quienes han aprendido a mirar sin detenerse, a escuchar sin involucrarse y a despedirse sin dejar parte de sí en cada sitio. Y, sin embargo, incluso en esos días, sigo siendo esa clase de persona.
Esa clase de persona que responde mensajes largos con audios todavía más largos porque siente que un “ok” es insuficiente. Esa clase de persona que se queda cinco minutos más cuando la reunión ya terminó y todos han recogido sus cosas, no porque tenga algo urgente que decir, sino porque percibe que alguien se ha quedado con una frase atascada en la garganta. Esa clase de persona que, aun sabiendo que el mundo funciona cada vez más rápido, sigue creyendo que las palabras merecen pausa y que las decisiones merecen contexto.
Desgaste cotidiano
No es una heroicidad. No hay épica en ello. Es, más bien, una forma de desgaste cotidiano que rara vez se celebra. Ser esa clase de persona implica cargar con una sensibilidad que no siempre encuentra reciprocidad y, en ocasiones, tampoco comprensión. Implica levantarse con la sensación de haber dado demasiado el día anterior y, aun así, volver a ofrecer tiempo, atención y escucha como si no existiera la experiencia acumulada. Porque esa es la trampa y, al mismo tiempo, la virtud: no se trata de ingenuidad, se trata de coherencia con uno mismo.
Recuerdo una mañana concreta, una de esas que se quedan grabadas no por su importancia objetiva, sino por la revelación silenciosa que traen consigo. Era temprano, todavía no había terminado de amanecer, y me encontraba en una cafetería casi vacía preparando mentalmente una jornada que se intuía larga. En la mesa de al lado, un chico joven repasaba en voz baja lo que parecía una entrevista de trabajo. Repetía frases, corregía palabras, respiraba hondo y volvía a empezar. No era un espectáculo, era un momento íntimo que nadie más parecía notar. En un impulso casi automático, cuando se levantó para irse, le dije que lo iba a hacer bien, que se notaba que se lo estaba tomando en serio. No fue una gran conversación, apenas dos frases y una sonrisa nerviosa. Años después, en un evento, se me acercó alguien que me dijo que aquella mañana yo no sabía lo que había significado ese comentario. Yo ni siquiera recordaba su rostro. Él recordaba el gesto. Ahí entendí que ser esa clase de persona no siempre deja resultados visibles, pero sí pequeñas marcas que viajan en silencio.
Error táctico
Hay quienes lo llaman vulnerabilidad. Otros, exceso de implicación. Vivimos tiempos en los que protegerse se ha convertido en una habilidad casi profesional y donde mostrarse disponible parece un error táctico. La empatía, en determinados entornos, se interpreta como una grieta por la que pueden colarse decepciones. Y, sin embargo, también es cierto que es precisamente esa grieta la que permite que entre la luz, aunque la frase esté gastada y suene a tópico. La diferencia es que, cuando uno la vive, deja de ser una metáfora y se convierte en una experiencia tangible.
Ser esa clase de persona implica equivocarse. Implica confiar donde no se debía, invertir tiempo en proyectos que no prosperan, sostener conversaciones que no conducen a ninguna parte y, aun así, no endurecerse. Implica sentir una punzada de decepción y decidir que no va a transformarse en cinismo. Porque el verdadero riesgo no está en que te fallen, sino en convertirte en alguien que deja de creer por miedo a volver a sentir esa caída.
Hay un momento especialmente incómodo, casi invisible, en el que uno se promete cambiar. Suele llegar después de una desilusión concreta, de una promesa incumplida o de una puerta que se cierra sin explicación. En ese instante aparece la tentación de volverse más distante, de medir cada gesto, de convertir la espontaneidad en cálculo. Pero dura poco. Dura lo que tarda la vida en presentarte a alguien que necesita exactamente eso que tú estabas a punto de retirar del mundo.
Cuestiona
Soy esa clase de persona que se cuestiona ser esa clase de persona. Esa clase de persona que, en ocasiones, desearía tener menos intensidad y más indiferencia, menos implicación y más distancia. Esa clase de persona que se enfada consigo misma por no aprender del todo la lección del desapego y que, aun así, vuelve a escuchar, vuelve a ayudar, vuelve a tender la mano sin garantías. Esa clase de persona que no siempre acierta, que acumula errores como cualquier otro, pero que rara vez actúa desde la frialdad absoluta. Esa clase de persona que, aun sabiendo que no se le va a quitar esta forma de estar en el mundo, ha decidido dejar de pedir disculpas por ello. No siempre me han salido las cosas bien, pero he descubierto que la tranquilidad con la que duermo tiene mucho que ver con seguir siendo, pese a todo, exactamente esa clase de persona.