Agoney Melián, presidente de la Asociación de Jóvenes Empresarios de Tenerife (Las cosas feas de mi casa)

Opinión

El olor de mi abuela Ana

Presidente de la Asociación de Jóvenes Empresarios de Canarias

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A veces me cuesta recordar mi infancia. Recordar aquellas tardes en el patio de mi abuela, jugando a imaginar mundos mágicos con una cantidad enorme de muñecos de acción. Se pasaban las horas y no me daba cuenta porque vivía tranquilo y en paz, sabiendo que mi querida Ana, estaba haciendo sus cosas en el interior de la casa. 

La vida avanza en una sola dirección, y por eso, soy consciente de cada minuto que vivo en este baile frenético e irrepetible. Vamos a la velocidad de la luz, o por lo menos yo, y eso, que me ayuda a gastar la vida con entusiasmo e ilusión, no siempre viene bien y quiero aprovechar estas letras, para contarte por qué. 

Formas de decir te quiero

Algunos días, esos que todos sabemos cuáles son, me gustaría transportarme a aquel patio para que mis preocupaciones no pesasen tanto. Me encantaría jugar un rato con aquel niño risueño que siempre fui, y escuchar al final de la tarde un “nene, a cenar”. 

Mi abuela era glotona, supongo que de casta le viene al galgo, porque no hay nada que me apasione más que comer, uno de los grandes motivos por los que me despierto cada día a las cinco y media de la mañana para hacer deporte. 

Mis desayunos eran Colacao con galletas, nunca faltaron los dulces después del almuerzo, y las cenas, culminaban los días, con unos suculentos bocadillos de lomo queso y alioli. Se puede decir que, en mi época, no existía el real food, ni el culto al cuerpo; Ana y yo, éramos unos disfrutones y nos brillaban los ojos comiendo mientras veíamos la tele juntos antes de irnos a la cama. 

Ana fue una mujer de la posguerra, con un matrimonio difícil y una vida complicada, sin embargo, nunca le escuché un lamento. Era graciosa, cualquier cosa era motivo de broma, algo que aprendí y que intento no olvidar en mi vida actual. Nunca evadía sus responsabilidades, y todo el mundo la saludaba con efusividad. Era, como diría ahora la juventud, una grande. 

Nunca me dijo “te quiero”, ni me dio abrazos sentidos, y eso, en el desarrollo de cualquier joven, me ha pesado un poco. No lo hizo por maldad, no lo hizo porque no sabía hacerlo, sin embargo, sería poco justo si no confesase que, pasados los años, me he dado cuenta de que soy quien soy, mucho o poco, gracias a ella. Gracias a su forma peculiar de demostrar su amor. 

La soledad

 La vida tiene una gran parte de soledad, a veces elegida, a veces impuesta por la casuística vital, y yo disfruto mucho de ella. Sin embargo, soy consciente de que somos seres sociales, y que es muy difícil vivir en plenitud si en la vida no te acompaña gente que te quiera, te valore y respete. 

Este aprendizaje me ha costado algunos años, y quiero aprovechar estas letras para recordarte que, en un mundo de ochomil millones de habitantes, seguro que existen seres humanos maravillosos que te quieren, y que solo tienes que dejarte ver y mostrarles tu parte más auténtica.

Justo en los últimos meses reflexionaba sobre esto, sobre la complejidad, en un mundo tan superficial, para mostrarnos tal y como somos. Y eso me lleva a compartir la idea de que la soledad elegida está bien, pero sin olvidarnos de que, para vivir una vida plena, son necesarios los abrazos, las miradas cómplices y el cariño de nuestros iguales.

Cuando se te va un ser querido, la soledad traspasa lo físico, por eso, por experiencia propia, te recomiendo que te dejes querer, que solo se está muy bien, pero acompañadito de gente bonita, la vida se vuelve linda. 

Buscando el ancla

Y es que mi búsqueda de compartir mis vivencias a modo de lecciones contigo, quiero contarte una de mis grandes herramientas, buscar anclas. 

Seguro que tú que me lees, alguna vez has sentido que la vida no tiene sentido, que todo es un corta y pega, y hasta te has sentido agobiado por todo. A mí me pasa habitualmente, y he entendido que, hay determinadas cosas que te llevan a la calma. 

A veces es el deporte, otras el mar, plantar un huerto, o hacer una caminata a través de senderos perdidos en la naturaleza. Puede ser un libro, una copa de vino, o una persona, alguien que, al estar en su presencia, te de tranquilidad. 

Seguro que estás pensando en alguien, y es ahora cuando te pida que le mandes un mensaje bonito, dándole las gracias por ser, casi seguro sin saberlo, tu ancla. 

Yo me paso la vida coleccionando momentos, personas, risas, conversaciones, besos y abrazos. Se podría, que me paso la vida, buscando el ancla. 

Jabón de Magno

Con la vida que llevo, casi nunca tengo el tiempo suficiente para ir al supermercado, y créanme que es algo que me gusta. Pasear por los pasillos, ver los miles de productos que existen, bucear por las secciones de todo tipo, y coger los paquetes para ver su valor nutricional, puede que sea uno de esos fetiches poco explicables que tengo. 

Hace poco, necesitaba un solo producto para hacer la comida, y decidí lanzarme a la aventura, me puse el chandal y bajé al súper de la esquina de mi casa. Menuda aventura, parecía aquello la tercera guerra mundial, bullicio en las cajas, gente corriendo, y carros en medio de los pasillos. Había movimiento, pero yo, equipado con mi sonrisa habitual, me di un paseo por aquellos lineales. Cómo ya imaginaron, fui a por una cosa y salí con una compra entera jejeje. 

Al pasar por la sección de higiene y belleza, vi a lo lejos un bote negro, me quedé petrificado, era el jabón que usaba cuando era niño, y no pude resistirme a llevármelo a casa. Lo cogí en un acto reflejo casi que, por compulsión. 

Pasó el día, y al caer la tarde, decidí darme una ducha tibia para relajar el cuerpo y la mente, no lo sabía, pero lo que iba a pasar en aquel momento era algo mágico. 

Mientras sonaba los boleros más clásicos y el agua corría, cogí el bote de jabón y lo abrí, y aquello, disparó mi cabeza a aquellos pequeños instantes compartidos con aquella maravillosa mujer. 

Fue una sensación de paz, porque de repente, me sentí feliz, jugando con mis máster del universo, riéndome con cada broma compartida, sintiendo júbilo por los cachitos de amor que dejó grabados en mi alma. 

A veces, con aquello de que estoy en mi último baile, corro descontroladamente, intentado que cada minuto cuente y sin pensar que, en muchas ocasiones, hay que sentarse plácidamente a celebrar la vida vivida. Agradeciendo los momentos de gozo que nos han permitido llegar hasta aquí y que se desvanecen en el subconsciente. 

Mientras me duchaba, empecé a llorar, pero no de tristeza, eran lágrimas bonitas porque, durante un instante, todos los problemas desaparecieron; el mundo de la empresa, los quebraderos de cabeza de mi vida personal, y el cansancio físico, pasaron a convertirse en un rato de amor inconmensurable. Lloré sintiéndome feliz por haberla conocido, y por haber compartido parte de mi vida con ella. 

No lo sabía, pero aquel jabón negro de Magno, removió mi ser. Mi mente y mi alma se fundieron en un perfecto binomio de paz. Ahora, cuando me ducho sonrío y me paro a pensar en las cosas bonitas de mi vida, en lo afortunado que soy teniendo a tanta gente de colores a mi alrededor. Mi corazoncito se pone feliz y la sonrisa me sale sola … al percibir, el olor de mi abuela Ana.