Venti secundent, Hondius

Mientras el MV Hondius abandonaba Tenerife, la vida seguía abriéndose paso entre miedos, sueños, enfermedades, rutinas y pequeñas batallas anónimas lejos del ruido político y la intoxicación de las redes sociales

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Martín Alonso

A las 19.07 horas del lunes, al mismo tiempo que el MV Hondius dejaba atrás el Puerto de Granadilla (Tenerife), Gabriel terminaba su primer entrenamiento de la semana. Para él, después de nueve meses de trabajo diario, llega el punto culminante de la temporada de gimnasia artística: el sábado se enfrenta a las paralelas y la seta, los dos últimos aparatos de las Ligas Insulares. Con ocho años, los sueños aún son lugares que se pueden conquistar.

No muy lejos de allí, en ese mismo momento, los silbidos de las cajas registradoras del HiperDino proclamaban una actividad intensa. Solteros, familias y turistas apuraban el final de la tarde en busca de provisiones por las estanterías. No se trataba solo de llenar la nevera: a esa hora, en realidad, comenzaba uno de esos pequeños rituales cotidianos que sostienen los días. Las cenas. Ese instante tibio en el que las casas vuelven a encontrarse, las conversaciones construyen un hogar y cada uno hace balance —aunque sea en silencio— de lo que dejó la jornada antes de que llegue la noche.

En Telde, mientras el crucero que se había convertido en noticia por ser foco de un brote de hontavirus, una madre abrazaba emocionada a su hija. Hace unos meses la joven fue expulsada de un instituto de Secundaria. Los profesores, entonces, la señalaron como un imposible para los estudios. Hoy, como alumna de la Básica en Formación Profesional (FP), ha encontrado su lugar en el mundo. Y se nota en los pequeños gestos que antes habían desaparecido: ha vuelto a caminar mirando de frente, no se esconde bajo una capucha, ha recuperado el orgullo de sentirse capaz y hasta esa sonrisa que durante demasiado tiempo parecía haberse quedado encerrada en algún rincón del miedo y la decepción.

El 'MV Hondius' a su llegada al puerto de Granadilla, en la isla de Tenerife, el pasado domingo. / ÁLVARO OLIVER - ATLÁNTICO HOY
El 'MV Hondius' a su llegada al puerto de Granadilla, en la isla de Tenerife, el pasado domingo. / ÁLVARO OLIVER - ATLÁNTICO HOY

'Labida'

Ese mismo lunes, a las mismas 19.07 horas, X e Y, cada uno desde su casa, contactaban a través de Instagram. Llevan meses orbitándose desde la distancia: mensajes ambiguos, reacciones calculadas en redes sociales, encuentros furtivos con la coartada justa para conocerse un poco más. Los dos, el lunes a las 19.07 horas, seguían viviendo con sus respectivas parejas, atrapados en vidas aparentemente ordenadas, pero sin darse por aludidos por aquella idea de Manuel Jabois —esa que apuntaba que “hay más cuernos en un ‘buenas noches’ desde la cama mientras ves una serie con tu pareja que en un polvo rápido, o dos, con una persona desconocida en un ascensor”—. Lo suyo no es todavía una historia de cuerpos, sino algo probablemente más peligroso: la necesidad creciente de sentirse vistos otra vez.

"Labida", así, con b y todo junto, como decía Víctor antes de que la maldita enfermedad se lo llevara demasiado pronto el 5 de mayo. Y "labida" pensará, sin saber muy bien por qué, una mujer en La Minilla mientras intenta ordenar el miedo después de que le confirmaran que aquel bulto que se notó hace tres semanas en un pecho es malo. Justo al mismo tiempo que el MV Hondius abandonaba Canarias rumbo al norte. Y aunque ahora todo sean preguntas, incertidumbre y noches demasiado largas, todavía no sabe que, en momentos así, casi siempre lo más importante es mucho más sencillo de lo que parece: un abrazo sincero, alguien sentado al lado en silencio y una voz tranquila repitiendo que todo va a salir bien. Porque va a salir bien.

Y mientras todo eso ocurría —el crucero del hantavirus, los sueños diminutos de Gabriel, las cenas encendiéndose en las casas, una chica recuperando la dignidad en Telde, dos personas buscándose en silencio desde la tristeza y una mujer intentando entender el miedo en La Minilla—, nosotros seguíamos atrapados en el ruido. En la pelea política. En el pulso entre Moncloa y el Gobierno de Canarias. En las declaraciones grandilocuentes, los titulares inflamados y la necesidad constante de convertir cualquier crisis en un campo de batalla partidista.

Una lancha de la Guardia Civil frente al MV Hondius, crucero con brote de hantavirus fondeado en el puerto de Granadilla de Abona./ ÁLVARO OLIVER - AH
Una lancha de la Guardia Civil frente al MV Hondius, crucero con brote de hantavirus fondeado en el puerto de Granadilla de Abona./ ÁLVARO OLIVER - AH

Siempre sale el sol

Pero no han sido ellos quienes nos han traído hasta aquí. No los políticos. Nos trajeron hasta aquí quienes estuvieron antes: nuestros padres, nuestros abuelos, la gente anónima que atravesó enfermedades, pobreza, volcanes, dictaduras, pérdidas y naufragios íntimos sin hacer de cada diferencia una guerra civil emocional. La humanidad siempre ha vivido entre epidemias, conflictos y crisis. Y, sin embargo, todas esas tormentas terminan pasando. Siempre acaban dejando un hueco para que vuelva a salir el sol.

Conviene recordarlo en estos tiempos de redes sociales, donde el miedo se multiplica a golpe de algoritmo y donde demasiados cuñados convertidos en tertulianos profesionales intoxican la conversación pública con bulos, odio y sentencias instantáneas para defender a un rey que va desnudo. A veces da la sensación de que vivimos rodeados de gente incapaz de aceptar la complejidad, como si cualquier duda fuese una traición y cualquier matiz, una debilidad.

En medio de ese caos también hay dos clases de políticos. Los que intentan gestionar los problemas y los que simplemente los utilizan. Y frente a algunas palabras, algunos gestos y algunas actitudes, quizá no haga falta siquiera responder. Hay silencios que no son cobardía: son una forma de dignidad. Porque, a veces, el silencio también ayuda a construir la verdad.

Venti secundent, Hondius. [Que los vientos favorezcan al Hondius]