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Fotografía de la representación de Al vacío, de la compañía La Inasible, en el Teatro Guiniguada de Las Palmas de Gran Canaria

Volver a pasar por el corazón

Ya no se pasa por el corazón lo que tenemos delante, ni lo que decimos o nos dicen

 

En la obra, que protagonizaban Sara Álvarez, Toni Baez y la propia Mónica Aguiar, se iba recorriendo la vida de una pareja que, poco a poco, fue olvidando la esencia del amor y de la convivencia hasta terminar en esa maraña de sinrazón cotidiana en la que vivimos tantos días. Esa pareja también quedó extraviada en el uso de los discursos aprendidos que no se cuestionan más allá del significado del tópico, o de la palabra que se espera por la ideología o el estatus: lo que no se razona, ese choque de trenes que vivimos hoy en día en muchas partes por olvidar la palabra diálogo o consenso, o por no ser capaces de dar la razón a quien supuestamente no puede tenerla porque no forma parte de nuestro grupo o no es de los nuestros; pero esos nuestros  cada vez están más dispersos y más radicalizados: los nuestros, los otros, los suyos, los de más allá y, por supuesto, todos los diferentes.

Ya no se pasa por el corazón lo que tenemos delante, ni lo que decimos o nos dicen. Se suele actuar robóticamente, sobre todo en todas esas tertulias televisivas en las que cada uno va con su discurso preparado sin atender a ningún cambio si esa soflama panegírica es cuestionada con evidencias: si eso sucediera ya tienen preparadas las muletillas, los desvíos de atención o cualquier triquiñuela que siga llenando el vaso del resquemor y del odio hasta el final del programa, para que no decaiga la audiencia, o hasta el final de una sesión plenaria en cualquier parlamento, para que no se diga que la política es un espacio de entendimiento.

Así era la política hace años. Así eran también las conversaciones de la gente, lo eran desde que los peripatéticos daban vueltas por el ágora. Esto que vivimos ahora es otro escenario, y el título de la obra de teatro creo que acierta. Es el vacío, lo rancio y lo patético. Por eso hay que aprender a no dejarse llevar por esa corriente que se activa cada día en muchas cuentas de las redes sociales o en los equipos de comunicación de los partidos políticos. Volvamos al corazón, y a veces al recuerdo; pero sobre todo volvamos a pasar todo por el tamiz de lo que realmente vale o no vale la pena.