Todo empezaba en la plazoleta. A primera hora de la mañana, cuando la ciudad apenas había terminado de desperezarse, ya había movimiento entre los bloques. Personas con aspecto de consumidores esperaban en silencio, sentadas o de pie, mirando hacia un mismo punto: el portal número 9 de la calle Palma de Mallorca. En pleno corazón de El Chaparral —un mundo con identidad propia dentro del Polígno de San Cristóbal—. No hacía falta hablar. Bastaba un gesto.
Ese gesto —una mirada, una señal con la mano— era la orden. A partir de ahí, el mecanismo se ponía en marcha. Entraban de uno en uno. Subían. Desaparecían. Y, minutos después, salían. A veces con paso rápido, a veces con calma. Pero siempre igual. Siempre en cuestión de minutos.
Durante casi cuatro meses, agentes de la Unidad de Drogas y Crimen Organizado observaron esa escena una y otra vez. El resultado de ese seguimiento sostenido es el auto judicial que ahora revela la existencia de una red de tráfico de drogas asentada entre San José y El Chaparral, con dos viviendas convertidas en el epicentro de la actividad: un piso en la calle Palma de Mallorca y otro en la calle Alsedo.
Portal convertido en punto de venta
El corazón de la investigación está en ese portal, cerca de donde hace décadas ya funcionaba como punto de venta de drogas la histórica Bolera. Allí, según describe el auto, se organizaba una actividad constante, casi ininterrumpida, desde primeras horas del día. En el exterior, varias personas actuaban como filtro: observaban, controlaban quién se acercaba, decidían quién entraba y cuándo.
Dentro, el proceso era rápido. Dinero a cambio de pequeñas dosis. A veces crack. A veces heroína. Cantidades pequeñas, suficientes para el consumo inmediato. En ocasiones, ni siquiera era necesario entrar: la droga se dejaba en puntos concretos del entorno, como un parterre cercano, para que el comprador la recogiera sin levantar sospechas.
El sistema estaba tan rodado que apenas había tiempos muertos. Cuando unos salían, otros entraban. Y así durante horas.
Pruebas: interceptaciones y seguimientos
Los investigadores no se limitaron a observar. En varias ocasiones intervinieron justo después de que los compradores abandonaran el edificio. Fue ahí donde el esquema se confirmó.
Una de las primeras intervenciones se produjo a finales de noviembre. Dos personas salieron del inmueble y fueron interceptadas a pocos metros. No habían tenido contacto con nadie más. Llevaban encima pequeñas cantidades de crack.

Días después, otro operativo permitió intervenir heroína y crack a dos personas que acababan de salir del mismo portal. La escena se repetía con una precisión que, según el auto, eliminaba cualquier duda sobre el origen de la droga.
En otro momento, los agentes siguieron a un grupo que había accedido a una de las viviendas en San José. Tras salir, fueron interceptados dentro del coche en el que se marchaban. En el vehículo aparecieron restos de droga y utensilios de consumo.
Organización con roles definidos
El auto no describe un grupo improvisado, sino una estructura organizada. Había quien controlaba el interior de las viviendas, quien gestionaba la venta, quien vigilaba desde fuera y quien se encargaba de atraer a los compradores.
Algunos permanecían sentados durante horas en la plazoleta, observando cada movimiento. Otros actuaban como intermediarios, acercándose a los consumidores, hablando con ellos, guiándolos hasta el portal. Y otros entraban y salían continuamente, ejecutando las entregas.
La actividad no se limitaba al interior de los pisos. Parte de las transacciones se realizaban también en la calle, en movimientos rápidos, casi invisibles, en los que el dinero cambiaba de manos por objetos de apenas unos centímetros.
Ritmo constante durante meses
Lo que más llama la atención del auto es la continuidad. No se trata de episodios aislados. Las vigilancias se suceden día tras día, semana tras semana, con el mismo patrón.
A finales de noviembre. En diciembre. En enero. En febrero. Y también en marzo.
En uno de los episodios más significativos, a mediados de febrero, los agentes detectaron a uno de los implicados realizando varias entregas consecutivas en las inmediaciones del portal. Recibía dinero, accedía al interior del edificio y regresaba minutos después para dejar la sustancia en un punto acordado.
En ese momento, la Policía intervino. El hombre fue detenido en el propio portal. Pero la actividad no se detuvo. Días después, según el auto, todo volvió a la normalidad. El flujo de compradores, las entradas, las salidas, los gestos. Todo seguía igual.
Traslado parcial a San José
En las últimas semanas de la investigación, los agentes detectaron un cambio. Parte de la actividad comenzó a desplazarse hacia otra vivienda, en la calle Alsedo, en el barrio de San José.

El patrón era el mismo. Llegadas constantes de personas. Entradas rápidas. Salidas en pocos minutos. En algunos casos, incluso vehículos de alquiler que dejaban a varios ocupantes, que accedían al inmueble y abandonaban el lugar poco después.
Ese movimiento, lejos de reducir la actividad, parecía una adaptación. Una forma de repartir el riesgo, de mantener el negocio en marcha pese a la presión policial.
El final: registros simultáneos
Con todos esos elementos, el juzgado concluye que existían indicios suficientes de un delito contra la salud pública y autoriza la entrada y registro en once inmuebles vinculados a la red.
La operación se fija para la madrugada del 24 de marzo, a partir de las 05:30 horas, de forma simultánea. El objetivo: intervenir droga, dinero, armas y cualquier otro elemento relacionado con la actividad.
El auto permite también registrar garajes, trasteros y dependencias anexas, y autoriza la destrucción de útiles destinados al consumo si no son necesarios como prueba. Se tira la puerta de 11 viviendas. La operación termina con 17 detenidos.
Lo que queda es la imagen de un sistema perfectamente integrado en el entorno, donde un portal se convierte en punto de venta, una vivienda en fumadero y una plazoleta en sala de espera. Un mecanismo sencillo, repetido cientos de veces, que durante meses funcionó a la vista de todos.


