Más de la mitad de los barrios de Las Palmas de Gran Canaria presentan un nivel muy bajo de eficiencia energética, tanto en consumo como en emisiones, según uno de los últimos mapas de Masgeografia. La mayoría de los barrios, como La Isleta o Schamann, tienen calificaciones F y G, últimas letras de la escala.
Aunque se pueda pensar que lo ideal sería mejorar esas etiquetas energéticas, la realidad, según los expertos, tiene varios matices al respecto. Carlos Medina, decano del Colegio de Ingenieros Industriales de Las Palmas, quien cuestiona que la rehabilitación energética del parque residencial antiguo sea una prioridad en una ciudad con un clima “suave” y con necesidades energéticas muy limitadas.
Viviendas antiguas fuera del código
Medina recuerda que los edificios de nueva construcción ya están obligados a cumplir el Código Técnico de la Edificación, que fija límites estrictos de consumo energético y emisiones de CO₂ adaptados a cada zona climática. “Todo edificio nuevo tiene que ser eficiente energéticamente desde el punto de vista del código técnico”, explica.
El problema, añade, está en el parque de viviendas antiguo, levantado antes de que existieran estas exigencias. En el caso de Las Palmas de Gran Canaria, muchos de los edificios de la ciudad se construyeron entre 1939 y 1978. “Esos edificios no se construyeron con criterios de eficiencia energética, pero tampoco los necesitaban”, señala.
La gran diferencia canaria
Para el decano es importante no aplicar el mismo enfoque energético que en el centro o norte de Europa, pues se trata de un error. “Aquí no hay calefacción en invierno ni aire acondicionado en verano en la mayoría de las viviendas. Eso es lo que realmente consume energía en otros países”, subraya.
Por el contrario, en la capital grancanaria, el consumo energético residencial es relativamente bajo y se concentra en dos usos concretos: “La iluminación ya no es un problema con el LED. El gran despilfarro es usar electricidad para cocinar y para calentar agua”, afirma.

Etiquetas energéticas
Medina califica este modelo como “un derroche termodinámico”, sobre todo por el uso masivo de cocinas y termos eléctricos, consecuencia directa de la ausencia de gas ciudad en Canarias y del abandono progresivo de la bombona de butano.
Es por ello que, aunque el certificado de eficiencia energética es obligatorio para vender o alquilar una vivienda, el decano advierte de que su utilidad es limitada en el contexto canario. “La letra tiene sentido en Alemania, donde una mala calificación se traduce en miles de euros en calefacción. Aquí, no”, afirma.
¿Rehabilitación energética?
¿Vale entonces la pena invertir o no en rehabilitar de manera energética una vivienda de Las Palmas? La respuesta de Medina es clara: “No tiene ningún sentido gastarse un porronazo de dinero en mejorar la eficiencia energética del parque inmobiliario de viviendas en Las Palmas de Gran Canaria, porque el margen de mejora es muy pequeño”.
Y es que, a diferencia de las viviendas, Medina señala que en sectores como el hotelero la eficiencia energética sí es crucial. “Los hoteles consumen muchísimo en climatización y agua caliente, y ahí sí se ha invertido con sentido”, explica, recordando las importantes mejoras realizadas en el sur de la isla.
No obstante, donde sí ve una oportunidad real es en dos medidas concretas. Por un lado, instalar placas fotovoltaicas en las cubiertas de los edificios, de forma colectiva - con la aprobación de la comunidad -, además de sustituir termos eléctricos por aerotermos, mucho más eficientes. “Tenemos miles de tejados libres en la ciudad. Antes que ocupar suelo rústico con placas solares, deberíamos llenar las cubiertas urbanas de fotovoltaica”, defiende.