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Maribel Vaquero (PNV), Miriam Nogueras (Junts) y Cristina Valido (Coalición Canaria), portavoces nacionalistas en el Congreso. / EFE

CC, PNV y Junts exploran un frente común para que Sánchez se someta a una cuestión de confianza

"Con 13 diputados, CC, PNV y Junts buscan medir la mayoría de Sánchez o forzar elecciones. El desgaste del Gobierno y los casos del PSOE impulsan su estrategia

“Estoy aquí para adivinar qué podría hacer la música dentro de una semana, un mes, un año. Eso es todo. Nada más. Y parado aquí esta noche, me temo que no escucho… nada. Solo… silencio”.

La escena pertenece a Margin Call, la película de culto sobre las horas previas al estallido de la crisis financiera de 2008. Ambientada durante una sola noche en un gigantesco banco de inversión de Wall Street, el filme retrata el instante exacto en el que la élite financiera descubre que el sistema sobre el que se sostiene su negocio está empezando a colapsar. No porque haya quebrado todavía, sino porque quienes conocen las tripas del modelo comprenden antes que nadie que la música ha dejado de sonar.

El diálogo entre John Tuld —el ejecutivo interpretado por Jeremy Irons— y el analista Peter Sullivan resume precisamente esa idea: el verdadero poder no consiste en reaccionar cuando el derrumbe ya es visible, sino en detectar antes que el resto cuándo el sistema empieza a vaciarse por dentro.

13 diputados

Algo parecido comienza a percibirse en el Congreso de los Diputados.

Porque lo verdaderamente relevante no es que Coalición Canaria haya pedido públicamente a Pedro Sánchez que se someta a una cuestión de confianza o convoque elecciones generales. Lo importante es el movimiento político que empieza a cocinarse alrededor de esa tesis y los actores que participan en él.

Imagen de archivo de una reunión entre Pedro Sánchez y Fernando Clavijo / EFE

Según distintas conversaciones políticas mantenidas en las últimas semanas, CC explora junto al Partido Nacionalista Vasco y Junts per Catalunya una posición común ante la creciente debilidad parlamentaria del Gobierno. Entre las tres formaciones suman 13 diputados en el Congreso, suficientes para convertir cualquier votación relevante en un problema político de enorme magnitud para La Moncloa.

¿Legislatura agotada?

La hipótesis que empieza a abrirse paso entre sectores nacionalistas es que la legislatura ha entrado en una fase de agotamiento progresivo, marcada por la erosión política, la falta de estabilidad parlamentaria y la sensación creciente de bloqueo institucional.

Fuentes políticas sitúan además el movimiento en un escenario más amplio que una simple advertencia parlamentaria. La idea que empieza a circular entre sectores nacionalistas pasa por explorar una transición política ordenada que permita cerrar determinadas iniciativas legislativas pendientes antes de afrontar un posible adelanto electoral.

Detrás de esas conversaciones aparece una conclusión cada vez más compartida en algunos espacios parlamentarios: la sensación de que el Gobierno ha entrado en una fase donde resulta extremadamente difícil sostener una agenda política sólida y estable en el tiempo.

Sin Presupuestos

La mayoría que hizo posible la investidura de Sánchez continúa existiendo formalmente, pero cada vez ofrece más síntomas de fatiga política. Cada negociación se convierte en una operación de supervivencia y cada votación relevante proyecta la imagen de un Ejecutivo obligado a administrar equilibrios extremadamente frágiles.

El Gobierno atraviesa además enormes dificultades para aprobar unos nuevos Presupuestos Generales del Estado, probablemente la principal señal de estabilidad en cualquier sistema parlamentario. Gobernar con cuentas prorrogadas implica mucho más que una limitación económica: transmite la imagen de una mayoría incapaz de consolidar un rumbo político estable y obligada a sobrevivir iniciativa a iniciativa.

Corrupción

A ello se suma el deterioro provocado por los distintos casos que rodean al PSOE y al entorno presidencial. El denominado caso Koldo, la caída política de José Luis Ábalos, la investigación judicial sobre Begoña Gómez y el creciente ruido político y mediático alrededor de José Luis Rodríguez Zapatero han ido configurando un clima de desgaste continuado para el Ejecutivo.

José Luis Rodríguez Zapatero / EFE

Más allá del recorrido judicial o mediático de cada asunto, el efecto acumulativo empieza a impactar sobre la percepción pública de fortaleza, control político y capacidad de gobernabilidad del Gobierno.

Y es ahí donde aparece la cuestión de confianza como elemento central de presión política.

¿Cómo se plantea la cuestión de confianza?

La figura está regulada en el artículo 112 de la Constitución española y sólo puede ser planteada por el propio presidente del Gobierno, previa deliberación del Consejo de Ministros. Sánchez tendría que comparecer ante el Congreso para solicitar explícitamente el respaldo de la Cámara a su acción política y superar la votación por mayoría simple: más votos a favor que en contra. La oposición no puede obligarle jurídicamente a hacerlo. Pero sí puede elevar el coste político de negarse a medir públicamente si todavía conserva una mayoría real para gobernar.

Si Pedro Sánchez decidiera someterse a una cuestión de confianza —sólo puede ser planteada por el propio presidente del Gobierno; así lo regula la Constitución y la perdiera, el Gobierno tendría que presentar su dimisión ante el Rey y se abriría automáticamente un nuevo proceso de investidura en el Congreso de los Diputados. 

Congreso de los Diputados / EFE

En caso de derrota —Sánchez superaría el trance con mayoría simple (más síes que noes)—, podrían abrirse dos escenarios: la formación de un nuevo Gobierno si algún candidato logra reunir apoyos suficientes o, si ninguna mayoría prospera en el plazo constitucional previsto, la convocatoria automática de elecciones generales. Precisamente ahí reside la enorme carga política de esta herramienta: una cuestión de confianza obliga a medir públicamente si el presidente conserva todavía respaldo parlamentario real para seguir gobernando.

Mensaje político

Precisamente ahí reside la importancia del movimiento que exploran CC, PNV y Junts. Porque la alianza no solo tensiona la legislatura desde fuera. También lanza un mensaje político hacia dentro del Congreso: algunos de los socios que históricamente han actuado como estabilizadores del sistema empiezan a comportarse como actores que preparan el terreno para un posible cambio de ciclo.

La fotografía recuerda inevitablemente a otros momentos de la política española. Desde principios de los años noventa, cuando el PSOE de Felipe González perdió la mayoría absoluta y quedó sostenido por Convergència i Unió, el PNV y Coalición Canaria, los nacionalismos periféricos han desempeñado un papel decisivo en la gobernabilidad del Estado. La fórmula se repetiría después con José María Aznar y posteriormente con Zapatero.

Durante décadas, esos acuerdos sirvieron para estabilizar gobiernos en minoría. La diferencia es que ahora algunos de esos actores empiezan a moverse bajo una lógica distinta: no tanto sostener el sistema como prepararse para el escenario posterior.

Como en Margin Call, el verdadero movimiento empieza cuando quienes mejor conocen el edificio dejan de escuchar la música antes que el resto de la sala.