Las lapas forman parte del paisaje de Canarias casi tanto como el mar o la roca volcánica. Están pegadas a los charcos, a los muelles y en litorales de prácticamente todas las islas. Pero algo lleva tiempo cambiando silenciosamente bajo el agua: algunas especies son hoy bastante más pequeñas que hace años.
Eso es lo que ha detectado una investigación internacional en la que han participado científicos de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, que ha analizado cerca de 96.000 ejemplares de lapas en distintos puntos del planeta para entender cómo afectan la pesca, la protección marina y las condiciones del entorno al tamaño de estas especies.
Y las conclusiones dejan un mensaje claro: la presión humana sí está dejando huella en el litoral canario.
El tamaño de las lapas, preocupante
El estudio, publicado en la revista científica Elsevier, ha analizado especies de Canarias, Madeira, Sudáfrica, México y el Mediterráneo. En el caso del archipiélago, los investigadores detectaron reducciones importantes en el tamaño de algunas especies muy conocidas en las islas, especialmente la Patella aspera y la Patella candei.
Lo más preocupante es que en varios casos las lapas estudiadas se encontraban por debajo del tamaño considerado necesario para alcanzar la madurez reproductiva. Traducido de forma sencilla: muchos ejemplares podrían estar siendo capturados antes incluso de reproducirse correctamente.
Canarias, un laboratorio natural
Las costas canarias son especialmente interesantes para este tipo de estudios porque combinan zonas muy protegidas con otras donde históricamente ha existido una fuerte presión extractiva. Los científicos comprobaron que, en general, las lapas alcanzan tamaños mayores dentro de espacios protegidos o vedados. Pero también descubrieron algo importante: no todas las especies reaccionan igual ni todos los lugares funcionan igual.
En algunos casos, factores como el tipo de costa, las condiciones ambientales o incluso la vigilancia real de las zonas protegidas influyen más que la propia existencia de la protección legal. Es decir, declarar un espacio protegido no garantiza automáticamente que las poblaciones se recuperen.

El caso de la lapa majorera
Uno de los datos más llamativos del trabajo aparece en Fuerteventura. Allí, los ejemplares de Patella candei —una especie catalogada en peligro de extinción— mostraban tamaños significativamente mayores que los de Patella crenata estudiados en Tenerife.
La diferencia sirve a los investigadores para entender cómo cambia la evolución de especies similares entre distintas islas y cómo influyen las condiciones locales en su conservación. Porque aunque muchas veces se habla de “las lapas” como si fueran todas iguales, en realidad existen diferencias biológicas importantes entre especies y territorios.
Más allá de Canarias
El estudio tuvo una dimensión enorme. Los investigadores analizaron ejemplares procedentes de Canarias, Madeira, el Mediterráneo occidental, el Estrecho de Gibraltar, Sudáfrica y la costa pacífica de México. En total se estudiaron más de 95.800 lapas pertenecientes a doce especies distintas de los géneros Cymbula, Patella y Scutellastra.
El trabajo contó además con participación del grupo Biocon del instituto Ecoaqua de la ULPGC, donde trabajan los investigadores canarios Rodrigo Riera y Joana Vasconcelos.
Mucho más allá del marisco
Aunque pueda parecer un asunto pequeño, el tamaño de las lapas funciona en realidad como un indicador del estado ecológico del litoral. Las comunidades intermareales son ecosistemas extremadamente sensibles a la presión humana, el cambio climático y la sobreexplotación.
En Canarias, además, las lapas forman parte de la cultura gastronómica tradicional desde hace siglos, lo que históricamente ha generado una importante presión sobre determinadas especies. Por eso los investigadores insisten en que las medidas de conservación tienen que adaptarse mucho más a cada isla, cada especie y cada realidad local.
La clave está en proteger mejor
Los científicos defienden que no existe una receta universal. En algunos lugares hará falta reforzar la vigilancia contra la extracción ilegal. En otros, mejorar la gestión de reservas marinas o limitar determinadas capturas. Y en muchos casos será necesario entender mejor cómo afectan factores ambientales como la temperatura, el oleaje o la regeneración natural de las poblaciones.
Lo que sí parece claro es que las costas canarias están cambiando. Y que incluso especies tan cotidianas para las islas como las lapas están empezando a reflejar de forma visible el impacto acumulado de décadas de presión humana sobre el litoral.