Imagen de unos dulces / CANVA
Imagen de unos dulces / CANVA

Esta es la dulcería más antigua de Canarias: un negocio familiar que nació en 1916 y hoy tiene los mejores dulces del norte de Tenerife

La confitería más antigua de Canarias nació en 1916 de la mano de un repostero alemán y aún conserva recetas familiares como sus famosas milhojas, roscos de yema y galletas artesanales

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En La Orotava hay una confitería donde el tiempo parece haberse quedado a tomar café. Sus vitrinas guardan dulces que forman parte de la memoria de muchas familias del norte de Tenerife: milhojas, roscos de yema, galletas artesanales y recetas que han pasado de generación en generación sin perder su esencia.

Casa Egon no es solo una dulcería conocida. Es uno de esos establecimientos que terminan formando parte de la identidad de un pueblo. Para muchos vecinos, entrar allí es volver a una celebración familiar, a una merienda de infancia o a un paseo por las calles históricas de La Orotava con olor a hojaldre y azúcar tostado.

Un alemán que acabó echando raíces en Tenerife

La historia de Casa Egon empezó lejos de Canarias. Egon Alfred Wende Bard nació en 1890 en Breslau, una ciudad que entonces pertenecía a Alemania. Formado como repostero y cocinero, su vida cambió durante un viaje rumbo a África que quedó interrumpido por la Primera Guerra Mundial.

El barco en el que viajaba recaló en Canarias y aquel desvío terminó marcando su destino. Después de pasar por Santa Cruz de Tenerife y La Laguna, donde abrió una lechería y trabajó como cocinero en el Hotel Camacho, Egon llegó a La Orotava en 1916. En ese municipio del norte de Tenerife fundó un pequeño obrador que, en diciembre de ese mismo año, se convirtió oficialmente en la Confitería y Café Taoro. Aquel negocio sería el origen de lo que hoy se conoce como Casa Egon.

De la calle La Quinta a León

Los primeros pasos de la confitería se dieron en la esquina de la calle La Quinta con Tomás Zerolo. Egon puso en marcha el obrador con ayuda de trabajadores locales y, casi al mismo tiempo, su vida personal también quedó unida al municipio. Una de sus primeras empleadas fue Luisa Rocío Báez, con quien se casó en 1920. La historia del negocio y la historia familiar comenzaron entonces a caminar juntas.

La dulcería cambió después de ubicación hasta establecerse en la calle León. En 1925 se instaló definitivamente en el número 5 de esa vía, en un edificio del siglo XVIII donde Casa Egon continúa abierta al público. Desde los años veinte, el establecimiento también funciona como restaurante. Además, durante buena parte de su trayectoria se abasteció con vino de cosecha propia, reforzando ese vínculo entre la casa, la mesa y el territorio.

Una tradición familiar

Egon y Luisa perdieron a su único hijo recién nacido, pero el negocio encontró continuidad años más tarde. En 1939 se incorporó a la confitería Benigno Rocío, sobrino de Luisa, quien terminaría recogiendo el testigo de la tradición.

Junto a él estuvo su esposa Pastora y sus seis hijos: Ángel Luis, Benigno, Francisco Javier, Emilio, Jesús Manuel e Isidro. La historia de Casa Egon pasó así a convertirse en una historia familiar, construida desde el trabajo diario y la voluntad de mantener casi intacta la esencia del negocio.

Tras el fallecimiento de Benigno en 2010, Ángel Luis Rocío asumió el peso de la casa, con la ayuda de otros miembros de la cuarta generación. La filosofía ha sido clara: tocar lo justo, conservar lo importante y permitir que el lugar siga reconociéndose a sí mismo.

Los dulces que más se buscan

Entre las especialidades más populares de Casa Egon destacan las milhojas. Elaboradas con hojaldre, yema y mermelada de albaricoque, son de esos dulces que suelen agotarse pronto y que muchos clientes identifican directamente con la casa. También son muy reconocidos los roscos de yema y las galletas artesanales, que incluso pueden encargarse en formatos grandes, casi como si fueran una tarta. Son productos sencillos en apariencia, pero con el peso de una receta repetida durante décadas.

Parte del encanto de Casa Egon está en que no intenta parecer otra cosa. No es una pastelería moderna disfrazada de antigua ni un local que haya reconstruido su historia para la foto. Su valor está en haber seguido ahí, en el mismo municipio, con el mismo espíritu y con dulces que muchos vecinos siguen asociando a momentos concretos de sus vidas.

Más que una confitería

La Orotava conserva uno de los cascos históricos más reconocibles de Tenerife, con calles empedradas, casas tradicionales y edificios que hablan de siglos de historia. En ese entorno, Casa Egon encaja como una pieza más del paisaje urbano. El establecimiento no solo ha alimentado a generaciones de clientes. También ha acompañado la vida cotidiana del municipio: desayunos, encargos, meriendas, celebraciones, conversaciones y visitas de quienes llegan buscando una dirección con historia.

Por eso, hablar de Casa Egon es hablar también de memoria local. La dulcería conserva una parte del norte de Tenerife que no siempre aparece en los grandes recorridos turísticos, pero que forma parte de la experiencia real de la isla.