Yaiza Usero junto a uno de sus perros|CEDIDA
Yaiza Usero junto a uno de sus perros|CEDIDA

Miedo y abandono bajo la borrasca en Granadilla: Yaiza se vio sola en su chabola y sin auxilio

La borrasca Therese convirtió la chabola de Yaiza en una trampa de agua y miedo a perder su único techo, mientras ella, sola, sin refugio ni respuesta de emergencias, se sintió cansada, despreciada y abandonada por el sistema

La lluvia volvió a caer con fuerza sobre La Mareta, en Granadilla de Abona, pero para Yaiza Usero no fue solo un temporal más sino otra noche de desespero, miedo, soledad, abandono, impotencia, frío y bolsas de agua acumulándose sobre el techo de plástico y palmeras de la chabola en la que vive desde la pandemia

Chabola de Yaiza en Granadilla
Chabola de Yaiza en Granadilla

Mientras desde el Cabildo de Tenerife, desde el Gobierno de Canarias y desde los diferentes ayuntamientos se pedía a la población en general que se resguardaran en casa, sin exponerse a la adversidad, Yaiza y otros como ella, se quedaron una vez más en plena adversidad

Miedo a perder sus pertenencias

Es cierto que se habilitaron espacios o albergues para que las personas sin hogar pudiesen refugiarse ante el paso de la borrasca Therese pero Yaiza Usero eligió quedarse en esa construcción precaria por una razón tan sencilla como brutal. 

Si me ausento para ir a un pabellón, el peso del agua puede destrozar mi única vivienda, mi chabola, y dejarme, literalmente, sin nada”, comenta, entre lágrimas, a Atlántico Hoy

12 años de sinhogarismo

Yaiza tiene casi 52 años, nació en Las Palmas de Gran Canaria y lleva gran parte de su vida en Tenerife. Está empadronada en una chabola sin número en una calle de La Mareta, en Granadilla, y acumula 12 años registrada en los servicios sociales en situación de sinhogarismo

Esta mujer no ha tenido una vida fácil. A su situación de sinhogarismo se suma una condición de discapacidad que le impide trabajar y un terror que la paraliza, además de haber tenido una infancia terrible y ser víctima de violencia machista.. 

Víctima desde la infancia

En la conversación mantenida con este medio, Usero explica que el miedo la llevó a huir hace más de una década de quien fuera su pareja. “Escapé porque tenía mucho miedo a denunciarlo, le tenía terror, y me vine al sur a esconderme”, cuenta, aún con la sensación de haberse ocultado del mundo. 

Nunca interpuso denuncia, porque tenía normalizado el maltrato desde pequeña y reconoce que también fue una niña maltratada y abusada por su padre.​ 

Discapacidad

Toda esa historia de vida se traduce en problemas para afrontar el día a día y en graves problemas de salud. “La discapacidad me incapacita para todo”, resume, y detalla que se siente limitada para trabajar, relacionarse o incluso hablar, porque la inseguridad y el miedo la bloquean.  

Asegura que carece de apoyo de profesionales para salud mental y que, en la práctica, su atención emocional recae en la UMA, las trabajadoras sociales de Cáritas, que le ofrecen acompañamiento, ayuda alimentaria y participar en algunas actividades, pero no una salida habitacional.​ 

Nadie acudió a ayudarla

La noche del domingo al lunes 23 de marzo fue un punto de inflexión emocional. Mientras el agua entraba y las bolsas de plástico del techo amenazaban con romperse, Yaiza entró en crisis de pánico, pero por la propia desconfianza no llamó a emergencias. 

Se puso en contacto con un amigo y le explicó, entre sollozos, el drama que estaba viviendo y su miedo a morir ahogada. Fue esta persona, Antonio Jiménez, responsable de la Voz del mendigo, quien llamó a emergencias para pedir ayuda y refugio para ella, pero no acudió nadie. “No me hacen caso. Dicen que soy una alcohólica y eso no es cierto. Estoy tan cansada de todo esto que a veces pienso que voy a morir de cansancio ", expresa. 

Etiquetas

Como si no fuera suficiente luchar contra la adversidad, la depresión, las carencias, la pobreza y el abandono, las personas sin hogar también deben hacer frente a las etiquetas que una y otra vez son enganchadas a su persona. 

Usero niega con total rotundidad la condición de adicción que le atribuyen. “Yo no soy alcohólica, ni me drogo, ni fumo. En su día sí, pero hoy no, hace muchos años que no. Soy una mujer enferma”, insiste. 

Sin base familiar

Esa etiqueta, dice, se suma al peso de la exclusión social que siente en cada gesto cotidiano. Vive rodeada de chalés y viviendas de alto poder adquisitivo, la mayoría propiedad de extranjeros, y relata cómo una vecina se ríe de ella y la quiere echar de la zona

Su red familiar se reduce a su perro, el resto es inexistente y habla de una vida marcada por el caos y el abandono desde la infancia. “No tengo base familiar desde pequeña”, admite, y confiesa que, aunque tiene un espíritu joven, se siente “vieja de alma”. 

"Pido dignidad"

A pesar de todo lo expresado las respuestas de Yaiza sorprenden. Cuando se le pregunta qué pediría si pudiera pedir algo, no habla de dinero ni de objetos. Aunque lo que más desea ahora mismo es una vivienda o una habitación que pueda pagar con su pensión no contributiva, prioriza algo mucho más básico. 

Pido dignidad para mi persona. Que no sea pisoteada, que yo soy un ser humano”, dice, antes de lamentar que la sociedad se conmueve más por los animales que por personas como ella. “Yo creo que las personas como yo tenemos menos derechos que una rata”, sentencia. 

Comer una vez al día

Su día a día se sostiene sobre una pensión no contributiva que apenas le alcanza para alimentarse. “No como sino una vez al día porque si no, no me da”, aclara. Con una pensión que oscila en torno a los 500 euros compra algo de comida que le permita alimentarse, “lo más barato”. 

Tengo un pequeño fogón al lado de la chabola y me hago un caldero de lentejas con cebolla y ajo, sin carne. Solo compro carne una vez al mes, algo de hígado porque es lo que menos dinero cuesta”, apunta. 

Medicamentos

En los últimos días, con la lluvia y la desorganización que provoca en su rutina, ha dejado de tomar la medicación. Arrastra las secuelas de una neumonía que sufrió en noviembre, coincidiendo con otra borrasca, situación que -asegura- conocen los servicios sociales del municipio y consta en informes.​ 

Para algo tan básico como cargar el móvil, su ventana al exterior, se apoya en bares y en una batería externa. La recarga donde puede y con eso alarga unas horas más la posibilidad de comunicarse. 

Sentir el desprecio

Entre tanto, dice sentirse agotada, como si hubiera salido “de un combate con un montón de gente”, y reconoce que ha tenido muchos intentos de suicidio cansada del desprecio, la tristeza y la  soledad. Esto es la exclusión social”, confiesa. 

Pese a todo, Yaiza no ha renunciado a la idea de una vivienda digna. Asegura que tiene “todo favorable” , desde la resolución positiva, discapacidad reconocida, empadronamiento en la chabola desde hace seis años y todos los trámites hechos. 

Solución habitacional

Pero se topa con un muro que no depende de ella.  “El Gobierno no hace casas sociales”, lamenta. El modelo al que aspira es modesto y no pide que le regalen una casa, sino un alquiler asequible que encaje con su pensión.  

Me dicen que busque yo, pero lo único que encuentro supera los 1.000 euros y una habitación cuesta lo mismo que la pensión. Después, ¿qué como?”, se pregunta.​ 

Sobrevivir

La combinación de incapacidad para trabajar, alquileres inasumibles y ausencia de recursos habitacionales públicos la coloca en una calle muy estrecha. “En esta situación cualquiera se volvería alcohólico y drogadicto y yo estoy luchando un montón a contracorriente”, afirma, dolida.

Mientras, sigue viviendo en una chabola de palmeras y plásticos, viendo cómo la lluvia amenaza su techo, sus pertenencias y su salud, y pidiendo, por encima de todo, algo tan sencillo y tan urgente como que se le reconozca su dignidad como persona.​