Nadie discute a estas alturas el arraigo que en la isla redonda ha cosechado el Club Baloncesto Gran Canaria desde que naciera en 1963, pero especialmente en sus 34 años en la máxima categoría del baloncesto español, 30 de manera consecutiva desde el último ascenso, logrado en Gijón tras hacer saltar la banca al derrotar, en línea, a CB Lliria (69-76), Llobregat CC (68-85) y Trébol Gijón (84-86) en la culminación del ejercicio 94-95.
Detrás de la omnipresente UD Las Palmas y apoyándose igualmente en llevar el nombre de la isla, el Gran Canaria supo hace mucho convertirse en bandera amarilla y azul, en claro referente sentimental de los aficionados insulares al deporte e incluso para muchos que no lo son. Esa ecuación no puede dejar fuera un factor fundamental: desde 1992, con la obligación legal de que los clubes deportivos profesionales se reconvirtieran en sociedad anónimas si querían enjugar sus cuantiosas deudas, el Cabildo de Gran Canaria ostenta la propiedad.
Y ese paraguas, cuya anomalía ha sido reiterada por la Unión Europea, ha permitido a lo largo de las décadas, quizá, que el Granca siga existiendo, pues la estabilidad pública ha servido de sostén ante diferentes crisis, principalmente de tipo económico. Claro que también, tan inusual situación, provoca efectos indeseados. Cuando se dispara con pólvora ajena a veces la fiscalización del gasto no es tan estricta como ocurre cuando los dineros salen del bolsillo de un particular.
Mucho camino por recorrer
La falta de profesionalización en la estructura administrativa de la SAD que defiende el pabellón grancanario en la Liga ACB sigue siendo patente a día de hoy, y eso conlleva dificultades, sobre todo financieras y ahí, la relación con el patrocinador principal juega un papel determinante.
En estos días, la mala coyuntura económica del CB Gran Canaria inquieta tanto en la sede cabildicia de Bravo Murillo como entre los trabajadores del club y su afición. No todo el problema nace del llamado title sponsor —el patrocinador que da nombre al primer equipo—, pero sí es ahí donde se encuentra el nudo central del conflicto. Y no es, ni mucho menos, la primera vez que ocurre.

De hecho, ese obstáculo acompaña al Gran Canaria prácticamente desde que el club se instaló de forma definitiva en la élite. Durante años, el equipo convivió con una realidad poco habitual en la ACB: competir sin un patrocinador principal estable, o hacerlo con acuerdos frágiles, condicionados por coyunturas económicas que nada tenían que ver con el rendimiento deportivo.
De Canarias Telecom a la actualidad
Después de comenzar el milenio con la estabilidad deseada en el camino conjunto con Canarias Telecom, luego Aunacable y Auna, el primer gran aviso llegó con el Grupo Dunas, en la 2006-07. La alianza, anunciada con ambición y vocación de permanencia, se presentó como una oportunidad para vincular al club con una de las grandes empresas turísticas del Archipiélago. El nombre parecía encajar, el contexto acompañaba y el Granca aspiraba a dar un salto estructural.
Sin embargo, la relación se deterioró con rapidez. Los problemas financieros del grupo derivaron en impagos y en una retirada abrupta que dejó al club expuesto, obligado a recomponer su estructura económica sobre la marcha. Aquella experiencia, que duró una temporada, marcó un antes y un después, pues el patrocinador principal podía ser un motor, pero también un riesgo sistémico.

No tardó en aparecer un nuevo intento con una marca profundamente arraigada en la sociedad canaria: Kalise. La vinculación tenía un componente emocional evidente y un fuerte respaldo popular. El equipo pasó a identificarse con una marca cercana, reconocible y con tradición. Pero el paso del tiempo evidenció un desajuste, con la crisis del 2008 azotando sin remisión. Kalise planteó una rebaja de su aportación, una renegociación a la baja que chocó frontalmente con la hoja de ruta del club. Luis Ibarra,entonces consejero insular de Hacienda y siempre un hombre muy atento al baloncesto, decidió cerrar la etapa.
Espantada de Idea
Entre Dunas y Kalise se produjeron algunos de los episodios más frustrantes de la historia reciente del club. El caso de Idea es paradigmático. Todo estaba preparado para oficializar el acuerdo, incluso la presentación pública. El patrocinio parecía cerrado. Y, sin embargo, se cayó el mismo día, minutos antes de la rueda de prensa y con las camisetas para el acto serigrafiadas con la empresa de electrodomésticos. Una retirada de última hora, sin margen de reacción, que dejó al club nuevamente sin nombre y con una sensación difícil de digerir.
Ese periodo, marcado por intentos fallidos y soluciones provisionales, consolidó una imagen peculiar del Gran Canaria dentro del ecosistema ACB. Un club competitivo, solvente en la pista, capaz de clasificarse para competiciones europeas, pero sin un sponsor que reflejara esa fortaleza. Un club sostenido, en gran medida, por el respaldo institucional, pero con dificultades evidentes para seducir a un gran actor privado dispuesto a comprometerse a largo plazo.
Herbalife, remanso de paz
El punto de inflexión llegó en 2012 con Herbalife. No fue un patrocinio más. Fue, probablemente, el único gran paréntesis de estabilidad real en la historia del club en este ámbito. La multinacional estadounidense, a través de la agencia U1st —quien cobraba una comisión anual por ello— apostó por el Granca con un acuerdo sólido, continuado y alineado con una etapa de crecimiento deportivo. Durante casi una década, el equipo fue Herbalife Gran Canaria, sin matices ni sobresaltos.

Esa continuidad permitió algo tan básico como planificar. El club pudo mirar más allá del corto plazo, consolidar estructuras, invertir con cierta previsibilidad y reforzar su identidad. Coincidió, además, con algunos de los mejores años deportivos de su historia reciente, incluidos títulos y una presencia europea sostenida. El patrocinio funcionó porque había coherencia entre marca, proyecto y resultados. En un contexto donde la duración media de los patrocinadores principales en la ACB rara vez supera las seis temporadas, la etapa Herbalife fue una excepción que confirmó la regla.
Pero también llegó a su fin. Cuando Herbalife cerró su ciclo, el Gran Canaria volvió a enfrentarse a su viejo problema. Durante dos temporadas, el equipo compitió sin patrocinador, una anomalía que obligó a redoblar el apoyo institucional y a asumir que la fortaleza deportiva no siempre se traduce en atractivo comercial inmediato.
Puerta a una situación complicada
La llegada de Dreamland Studios Canarias en 2023 se presentó como la solución definitiva. El acuerdo se anunció como el más largo de la historia del club: seis temporadas, un proyecto ambicioso vinculado a la industria audiovisual y tecnológica, y una puesta en escena cuidada. En la presentación participaron además del presidente del club, Sitapha Savané, representantes de Newport y Lopesan, lo que pretendía reforzar la sensación de solidez y respaldo empresarial.
Sin embargo, el desarrollo de los acontecimientos volvió a poner a prueba al Granca. Los problemas internos del entorno empresarial de Newport, unidos a retrasos e impagos, comenzaron a erosionar la relación. Lo que había nacido como símbolo de estabilidad empezó a mostrar grietas demasiado familiares. El club acumula ahora deudas pendientes y el consejo de administración se ve obligado a contemplar la vía legal para proteger sus intereses, reabriendo un escenario que parecía superado.
Proyecto compartido
El caso Dreamland no es solo un conflicto contractual. Es el último capítulo de una historia recurrente. La historia de un club que, una y otra vez, encuentra patrocinadores dispuestos a poner su nombre en la camiseta, pero que rara vez consigue que ese nombre se quede el tiempo suficiente como para convertirse en parte de su identidad.
Mirado con perspectiva, el problema del Gran Canaria no es la falta de resultados, ni de visibilidad. Es la dificultad para construir una alianza privada sólida en un contexto donde el peso del sector público ha sido tan determinante como excepcional. Un equilibrio delicado que ha permitido sobrevivir, pero que también ha generado inercias difíciles de romper.

Treinta años después de su llegada a la élite, el Granca sigue buscando algo más que un patrocinador principal. Busca un socio que no vea el baloncesto como una oportunidad coyuntural, sino como un proyecto compartido. Antonio Morales, presidente insular, aseguró que el empresariado canario no mira la baloncesto con buenos ojos.
En la historia del club, el nombre que figura en la camiseta nunca ha sido un simple detalle. Ha sido, demasiadas veces, la frontera entre la estabilidad y la incertidumbre. Y mientras el equipo sigue compitiendo y representando a una isla entera en la ACB, la gran asignatura pendiente continúa siendo la misma: encontrar, por fin, un nombre que no se borre antes de tiempo.
