El otoño de 2008 dejó una escena que explica mejor que cualquier balance económico el momento que atravesaba Guaguas Municipales. Un mediodía de octubre yo viajaba en la línea 12 cuando un jubilado subió al autobús con varias bolsas de la compra. Cuando llegó a su parada, antes de bajar, abrió una de ellas, sacó algunos alimentos y se los tendió al conductor. El empleado, visiblemente emocionado, intentó rechazarlos. El hombre insistió hasta que consiguió dejárselos.
No era un gesto de caridad improvisado. Era la respuesta silenciosa de un vecino que conocía la situación que atravesaban quienes, cada día, lo llevaban de un punto a otro de la ciudad.
La falta de liquidez había colocado a Guaguas Municipales contra las cuerdas. Los retrasos en el pago de las nóminas provocaban un efecto dominó en cientos de familias. Muchos trabajadores veían cómo los bancos les cargaban comisiones e intereses por el impago de hipotecas y préstamos personales mientras esperaban un salario que llegaba tarde. Los sindicatos convocaban movilizaciones. La incertidumbre se instaló en una empresa esencial para la movilidad de Las Palmas de Gran Canaria.
Aquella imagen del jubilado compartiendo parte de su compra con un conductor resumía el estado de ánimo de una compañía que parecía haber perdido el rumbo.
El hombre elegido
Tres años después, en agosto de 2011, el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria —con el Partido Popular (PP) aúpado semanas antes a la presidencia municipal tras las elecciones locales de ese año— buscó a un profesional capaz de devolver estabilidad a una de sus empresas estratégicas. La elección recayó en Miguel Ángel Rodríguez Ramírez, un hombre cuya carrera llevaba décadas vinculada al transporte, pero también a algo mucho menos visible: la negociación, la gestión de conflictos y la construcción de acuerdos.
No fue una elección improvisada.
Quienes lo conocían sabían que detrás de aquel economista de trato cercano, conversación pausada y permanente sonrisa había alguien acostumbrado a resolver problemas complejos sin levantar la voz. Quizá porque nunca creyó demasiado en las soluciones rápidas. O quizá porque había aprendido que las mejores partidas se ganan administrando bien las cartas.
La zanga
No resulta casual que entre sus grandes aficiones aparezcan dos juegos profundamente estratégicos: la zanga canaria y el mus. El segundo le llegó por tradición familiar. El primero forma parte de la cultura popular que tanto disfruta. En ambos se necesita memoria, intuición, capacidad para interpretar al rival y, sobre todo, paciencia. Virtudes que quienes han trabajado con él aseguran reconocer también en su manera de dirigir.
Porque Miguel Ángel Rodríguez pertenece a una generación de directivos que todavía creen en el valor de las sobremesas largas. Le apasiona conversar, escuchar y discutir ideas alrededor de una mesa, preferiblemente con una buena copa de vino. No soporta los zapatos que aprietan. Tampoco vivir angustiado por problemas que todavía no han llegado. Quienes mejor lo conocen resumen esa filosofía con una frase que él mismo suele practicar: el mañana ya traerá sus propios asuntos; preocuparse antes rara vez ayuda a resolverlos.
Ese carácter sereno convive con otro mucho más festivo. Es un enamorado del Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria, donde mantiene intacto su grupo de toda la vida para salir disfrazado cada año. Tampoco concibe un calendario sin acudir a La Rama de Agaete, una cita que considera casi innegociable. Jocoso, jacarandoso y extraordinariamente fiel a los suyos, conserva la misma facilidad para reír que para mantener relaciones personales durante décadas.
Sin embargo, reducir su trayectoria a un gestor con habilidades sociales sería quedarse muy lejos de la realidad.
A la universdiad con 16 años
Su relación con el conocimiento comenzó antes que la de la mayoría de sus compañeros de generación. Entró en la Universidad de La Laguna con apenas 16 años, una circunstancia excepcional que hoy probablemente lo situaría dentro de lo que se denomina alumnado con altas capacidades. Allí cursó la licenciatura en Ciencias Económicas y Empresariales, especializándose en Economía del Desarrollo Regional. Años después ampliaría su formación con una segunda licenciatura, esta vez en Derecho, ya en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria.
Lejos de conformarse, siguió acumulando formación durante toda su carrera. Alta Dirección de Empresas, certificaciones profesionales para el transporte nacional e internacional de viajeros y, especialmente, dos estudios de posgrado que ayudan a entender buena parte de su personalidad profesional: Resolución de Conflictos: Análisis y Estrategias de Intervención y Conflictos Interpersonales, Colectivos y Sociales, ambos impartidos por la Universitat Oberta de Catalunya.
No eran títulos para colgar en una pared. Eran herramientas para un oficio que terminaría convirtiéndose en su especialidad. Porque antes de llegar a Guaguas Municipales, Miguel Ángel Rodríguez ya había participado en otro de los grandes momentos de transformación del transporte en Gran Canaria.
Fusión Salcai-Utinsa
En Salcai, una de las compañías históricas de transporte interurbano de la isla, fue asumiendo responsabilidades de forma progresiva. Dirigió el departamento de Estudios y Relaciones Institucionales, pasó por la dirección financiera, Recursos Humanos, la Secretaría General y terminó ocupando la Dirección General. Conocía la empresa prácticamente desde todos sus ángulos.
Aquella experiencia resultaría decisiva cuando llegó el momento de afrontar una operación empresarial de enorme complejidad: la fusión entre Salcai y Utinsa, dos compañías con historias, culturas y formas de trabajar diferentes que debían integrarse para dar lugar a un único operador insular.
De aquella negociación nació Global, hoy principal empresa de transporte interurbano de Gran Canaria. Y Miguel Ángel Rodríguez fue el primer director general de la nueva compañía.
Proceso delicado
No era únicamente un cambio de nombre o de imagen corporativa. Significaba integrar plantillas, estructuras, procedimientos y maneras distintas de entender el transporte público. Un proceso delicado que exigía precisamente aquello que llevaba años estudiando: capacidad para negociar, generar confianza y construir consensos.
Cuando en el verano de 2011 recibió la llamada para asumir la dirección general de Guaguas Municipales, su currículum no hablaba solo de transporte.
Hablaba, sobre todo, de alguien acostumbrado a reconstruir organizaciones cuando las circunstancias obligaban a empezar una nueva partida.
Convivir con el conflicto
Quienes trabajan con Miguel Ángel Rodríguez suelen decir que rara vez pierde la calma. No significa que no existan discrepancias. Al contrario. Dirigir una empresa pública con centenares de trabajadores, decenas de líneas y millones de viajeros al año implica convivir con el conflicto como parte del día a día. La diferencia, sostienen quienes lo conocen, es la forma de afrontarlo.
Quizá por eso sorprende tan poco que buena parte de su formación académica esté vinculada precisamente a la resolución de conflictos. En un sector donde cada negociación puede afectar al servicio público, al empleo o a las cuentas de una empresa, Rodríguez convirtió esa materia en una herramienta de trabajo mucho antes de que conceptos como la mediación o la gestión colaborativa se popularizaran en el ámbito empresarial.
Órganos de transporte
Ese perfil también explica su presencia en algunos de los principales órganos del transporte en Canarias y España. Ha sido tesorero de la Asociación de Transporte Regular de Viajeros de Canarias, de la Federación de Empresarios del Transporte, vocal del Clúster de Transporte y Logística de Canarias y miembro de la comisión ejecutiva de ATUC, la asociación que reúne a las empresas gestoras del transporte urbano colectivo del país. A ello se suman sus responsabilidades como consejero delegado en sociedades estratégicas vinculadas a la movilidad, como GEXCO, TRANSRED o Canarias Trunking.
Pero los cargos nunca han definido su personalidad tanto como las conversaciones.
Le gusta escuchar. Le gusta preguntar. Le gusta dejar que las sobremesas se alarguen mientras el vino acompaña una discusión sobre política, economía, deporte o transporte. Tiene fama de negociador paciente, de esos que prefieren comprender antes que imponer. Y quizá ahí resida una de las claves de una trayectoria que atraviesa casi cuatro décadas de la historia reciente del transporte colectivo en Gran Canaria.
Gestión sostenida
Cuando llegó a Guaguas Municipales en agosto de 2011, el reto era enorme. La empresa necesitaba recuperar la estabilidad económica, fortalecer su estructura y reconstruir la confianza de una plantilla que todavía recordaba los episodios más difíciles de la crisis. No era un trabajo que pudiera resolverse en unos meses ni con una única decisión.
Los resultados tampoco llegaron de un día para otro. Fueron el fruto de una gestión sostenida en el tiempo.
Quince años después, con cambio de gobierno municipal incluido —durante los tres últimos mandatos con un pacto entre PSOE, Nueva Canarias y Unidas Podemos—, la fotografía es radicalmente distinta. Guaguas Municipales encadena récords históricos de demanda de pasajeros, ha consolidado su papel como uno de los grandes ejes de la movilidad sostenible de Las Palmas de Gran Canaria y aquellos problemas de tesorería que marcaron finales de la primera década del siglo son hoy parte de la memoria de la empresa. Como cualquier organización de estas dimensiones, ha vivido momentos de tensión laboral y negociaciones complejas, pero el escenario poco tiene que ver con el que encontró en 2011.
Tres cartas
Los números cuentan una parte de esa historia. La otra la cuentan miles de ciudadanos que hoy utilizan el autobús como una opción cotidiana para desplazarse por la ciudad. También una plantilla que ha visto cómo la empresa dejaba atrás la incertidumbre económica para convertirse en uno de los servicios públicos mejor valorados por los usuarios.
Sin embargo, resulta difícil entender a Miguel Ángel Rodríguez únicamente desde los balances o los indicadores de viajeros. Hay una coherencia curiosa entre sus aficiones, jugar a la zanga o disfrutar del Carnaval y La Rama, y su forma de entender el trabajo.
La zanga no premia únicamente a quien recibe las mejores cartas. Premia, sobre todo, a quien sabe administrarlas. Al jugador capaz de interpretar la partida, esperar el momento adecuado y aprovechar las oportunidades cuando aparecen. En ese juego existe una combinación especialmente valiosa: el estuche, formado por la Espadilla, la Malilla y el Bastillo, las tres cartas más poderosas de la baraja.
Su propio Estuche
En cierto modo, la trayectoria de Miguel Ángel Rodríguez también parece construida sobre su propio estuche.
El conocimiento, adquirido desde una precocidad poco común y ampliado durante toda su vida; la negociación, convertida en especialidad profesional hasta el punto de marcar su formación académica; y la experiencia, acumulada durante décadas en Salcai, en la creación de Global y, finalmente, al frente de Guaguas Municipales. Tres cartas que rara vez aparecen juntas.
Quizá por eso, cuando el Ayuntamiento necesitó a alguien para hacerse cargo de una empresa que parecía haber perdido las mejores bazas de la partida, pensó en quien llevaba media vida demostrando que incluso las manos más complicadas pueden terminar ganándose.
Decisiones acertadas
Aquel jubilado que una mañana de 2008 compartió parte de su compra con un conductor de la línea 12 difícilmente podía imaginar cómo evolucionaría la historia. Su gesto hablaba de solidaridad, pero también de una empresa que atravesaba uno de sus momentos más delicados.
Hoy aquella escena pertenece al recuerdo. No porque se haya olvidado, sino porque sirve para medir todo el camino recorrido.
Y quizá esa sea la mejor definición de Miguel Ángel Rodríguez. No la de un directivo que presume de los éxitos conseguidos, sino la de un profesional que ha dedicado buena parte de su vida a hacer que el transporte público de Gran Canaria funcione mejor que el día anterior, convencido de que las grandes transformaciones no suelen depender de un golpe de efecto, sino de muchas decisiones acertadas tomadas con paciencia.
Como en la zanga. Porque las partidas importantes no siempre las gana quien recibe las mejores cartas. Las gana quien sabe jugar el estuche cuando de verdad hace falta.
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