Casi todo lo aprendemos cuando no tenemos conciencia de ese aprendizaje que luego nos acompaña el resto de nuestra vida. Tenemos que descifrar solos, y sin ninguna experiencia, los gestos de personas extrañas, los sonidos, los sabores y también tenemos que asumir la soledad cuando nos dejan en una habitación a oscuras, o reconocer el amor y la seguridad después de un abrazo que nos salva de la intemperie y de ese miedo a no saber qué está pasando a nuestro alrededor. Cuando somos pequeños, aprendemos lo que, probablemente, repitamos a lo largo de nuestra existencia en otros escenarios que no conocíamos entonces.
Cuento todo esto después de asistir a la presentación del libro Carmen Laforet, la escritora de la playa, escrito por Francisco Juan Quevedo, y publicado por Vegueta Ediciones en la colección Nuestros Ilustres de la Fundación Acuorum. Paco Quevedo reivindicaba lo que hemos reivindicado tantos a lo largo de los años, la canariedad de Carmen Laforet, su primera memoria, sus recuerdos más intensos, la amistad, el amor, el océano, las palabras y, por supuesto, los libros. Carmen llegó a Gran Canaria con dos años y se marchó con diecisiete.
Contaba Juan José Laforet en esa misma presentación que nunca quiso regresar porque quería conservar la ciudad que mantenía viva en sus recuerdos todo el tiempo. Paco Quevedo recordó que no había ningún colegio que llevara el nombre de Carmen Laforet en Gran Canaria, y tampoco ninguna biblioteca. Ella sí eternizó Gran Canaria con una de las mejores novelas que jamás se han escrito sobre esta ínsula tan extraña a la hora de reconocer los valores de sus grandes referentes. En La isla y los demonios hay mucha autobiografía de Carmen, de sus sensaciones, sus heridas, de su necesidad del mar y de la primera memoria del amor, y no entiendo aún cómo no es una novela que esté en todas las librerías de la isla y que no se reedite una y otra vez.
Leer para ser libres
Lo que comentó Paco Quevedo se unió a lo que dijo Eva Moll, directora de Vegueta Ediciones, ante los estudiantes que llenaban la sala del Gabinete Literario. Eva habló de la necesidad de la lectura para ser libres, para ser más felices y para no perdernos, desde nuestro propio pensamiento, uno de los viajes más intensos y enriquecedores de la existencia. Habló de cómo las pantallas nos están sacando de ese paraíso que inventamos los humanos después del alfabeto, y Paco unió esa reflexión a la desmemoria desde la que no reconocemos a la autora de Nada, una de las más grandes novelas escritas en español, como también recordó Paco Quevedo con el orgullo de que fue aquí, en estas mismas playas, y en muchas de las calles que aún recorremos por la ciudad antigua, donde se forjó el camino vital y literario de su autora.
Carmen, además, fue una mujer que escribía en un mundo de hombres. No se le perdonó nunca que le ganara a César González Ruano la primera edición del premio Nadal, pero aquella joven de veintitrés años supo contar las sombras de su tiempo con el ritmo y la calidad narrativa de quien estaba dotada para escribir el mundo transformando los desgarros en belleza. Busquen el cuento que acaba de publicar Francisco Juan Quevedo y, a través de él, redescubran a esa mujer que transitó su propio camino en un espacio en el que le iban cerrando todas las puertas. Ella las derribó con las palabras.
A mí también me gustaría encontrar en Gran Canaria un centro de enseñanza o una biblioteca que llevara su nombre. Muchos sabemos que son en esos dos lugares donde se cambian los destinos de la gente, y donde todavía podemos sembrar algo de esperanza. Los datos del informe Pisa sobre comprensión lectora en los colegios son terribles, pero no podemos quedarnos cruzados de brazos. La culpa es nuestra, de quienes no hemos sido capaces de darles a esos estudiantes lo que antes nos regalaron a nosotros quienes nos enseñaron y nos escribieron. Acerquemos a Carmen Laforet a los jóvenes. Ella escribió para todos los tiempos; por eso, junto con Galdós, es nuestra gran autora clásica de referencia. No creo que le hubiera gustado que escribiera esto de clásica; pero cuando pasan los años y sigues siendo moderna ya te quedas para siempre. Carmen fue una mujer demasiado avanzada para su tiempo. Ya va siendo hora de reconocérselo. Y de darle las gracias. Lean el libro de Francisco Juan Quevedo, relean Nada y busquen, si no lo han leído, La isla y los demonios.
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