No eran nombres que alejaban los mapas. Estaban siempre cerca, en un familiar que se había marchado, en otro que había regresado, en los que querían llegar allí buscando un futuro nuevo, era una maleta siempre preparada, el final del horizonte que buscaron muchos canarios a lo largo de los siglos. Salían con lo poco que les quedaba y con sus manos dispuestas a empezar de nuevo. Eran parte de nuestra familia, aunque no los recordemos, como serán parte de nuestra familia nuestros tataranietos aunque no se reconozcan entre ellos. Nuestros tatarabuelos sí eran los mismos y, de alguna manera, siempre han formado parte de nuestra familia y de nuestro entorno, en canciones, en vivencias recordadas, y hasta en ese olvido que se lleva por delante la vida de los que no saben que comparten los mismos recuerdos lejanos.
Estos días vemos cómo se celebran Los indianos en La Palma, pero ya nadie llega con fortuna, por lo menos nadie que no estuviera en el poder, de Cuba y Venezuela. Ya con Venezuela hemos sufrido la gota malaya que ahora arrasa el planeta, la de los sátrapas de un lado con la vitola de una izquierda sectaria y solo interesada en sus negocios, y por otro lado con los de las derechas radicales con esa demostración de poder que se lleva por delante todo lo que encuentra. Así sucedió en Cuba en el siglo veinte, la primera mitad para el imperio de los dólares y la segunda para el de los rublos soviéticos. Pero en medio estaba el pueblo, los que no se podían marchar, o los que decidieron quedarse cerca de sus afectos, ese mismo pueblo que ahora muere de hambre en los dos países como si fueran parte de un botín de guerra de los que ya se frotan las manos con los negocios que vienen, esta vez de nuevo con los dólares por delante.
Los que se mueren de hambre, sobre todo en Cuba, son nuestros familiares lejanos, los que ya no conocemos hace tiempo, aunque esa sensación de fraternidad deberíamos tenerla ante cualquier guerra, o ante cualquier sometimiento de quienes utilizan su poder militar, religioso o narcofinanciero para gobernar y tirar abajo los cimientos de aquel mundo que creíamos que estábamos construyendo. Se nos está cayendo una era, todo aquello que nos enseñaron en los colegios de los países democráticos, la cultura del consenso y del diálogo, y se cae ante la asepsia diaria de la pantalla, que hace que todavía parezca más neutro, más lejano e indolente el sufrimiento. Mañana nos puede tocar a nosotros, y nos mirarán igual desde lejos. Ese es el peligro del tancredismo del mundo que está creciendo de repente a nuestro alrededor, como cuando la mala hierba puebla los jardines que se dejan de cuidar durante mucho tiempo. El mundo ahora mismo es un sembrado de mala hierba y de personas que no cuentan porque casi nunca se ve el sufrimiento, la carencia de medicinas que acerca la muerte, la desnutrición de los niños o la falta de luz y agua y, por supuesto, de alimentos. Pero no debemos de mirar eso que está sucediendo como una película o un videojuego. Es real. Y ahora mismo lo sufren los que llevan en su memoria atávica nuestros mismos recuerdos.
