El día que me hicieron bien de ojo

"Dedicamos mucho tiempo a detectar la envidia, la crítica, el comentario torcido, la energía rara, pero casi nunca nos detenemos a agradecer a toda esa gente que nos sostiene sin hacer ruido"

Escucha el artículo ahora…

0:00
0:00
Agoney Melián, secretario de organización de la Confederación Española de Asociaciones de Jóvenes Empresarios (CEAJE). /Cedida

Actualizada:

Hay palabras que sobreviven porque guardan dentro una verdad antigua. “Mal de ojo” es una de ellas. Viene de muy lejos, de civilizaciones que ya creían que había miradas capaces de torcer la suerte, apagar la alegría o ensuciar lo bonito. Los griegos hablaban de la envidia como una fuerza peligrosa. En Turquía llenaron las casas de ojos azules para protegerse. Y en Canarias, sin necesidad de grandes tratados, crecimos escuchando frases dichas bajito en las cocinas, en los patios, en los barrios: “No cuentes las cosas antes de tiempo”, “ten cuidado con quién te mira”, “hay gente que no soporta verte feliz”. Uno se hace adulto, paga facturas, responde correos, monta empresas, se cree muy moderno, muy racional, muy de no creer en estas cosas, pero basta que pase algo pequeño para que aparezca la parte más antigua de nosotros. Esa que todavía escucha a las abuelas. Esa que, aunque se ría un poco, sigue pensando: por si acaso.

La semana pasada, al despertarme, encontré mi pulsera roja tirada sobre la cama. La llevaba desde hacía tiempo. Me la habían regalado para protegerme del mal de ojo, de las envidias, de las energías feas, de esas cosas que uno no sabe si existen, pero que tampoco se atreve del todo a despreciar. Yo nunca he sabido cuánto creo en estas historias. A veces creo mucho, a veces nada, y a veces creo lo justo para no tentar demasiado a la vida. Pero sí sé una cosa: hay objetos que uno no lleva por superstición, sino por cariño. Esa pulsera no era solo un hilo rojo. Era la intención de alguien deseándome bien.

Cuando los símbolos encuentran una puerta abierta

Me la volví a poner medio dormido y seguí con la mañana. A los pocos minutos volvió a caerse. Y ahí me quedé, sentado en la cama, mirando aquel hilo como si acabara de decirme algo. Me dio hasta un poco de vergüenza tomarme en serio una cosa tan pequeña, pero hay días en los que uno está más blando por dentro y cualquier símbolo encuentra una puerta abierta. Así que hice lo que hacemos ahora cuando no entendemos algo: lo subí a Instagram y pregunté qué significaba.

Y entonces pasó algo que no esperaba. Empezaron a llegar mensajes, muchos. Personas explicándome que la pulsera ya había cumplido su función, que había absorbido lo que tenía que absorber, que no debía volver a ponérmela, que tenía que agradecerle y dejarla ir. Otros me hablaron de rituales, de energías, de señales. Hubo gente que me escribió con una seriedad preciosa, como quien no quiere asustarte, pero tampoco quiere que ignores algo importante. Y yo, más allá de creer o no creer, empecé a sentir una cosa muy fuerte: toda esa gente estaba intentando cuidarme como podía.

El cariño como protección

Una amiga me dijo que había visto mi foto y que notaba algo raro alrededor, algo pesado, algo de envidia, y que iba a llevar mi imagen a casa de su tía para que me cuidara. Otra persona me mandó la foto de una pulsera nueva que había comprado para mí y me dijo que la iba a rezar antes de entregármela. Y ahí se me rompió un poco la coraza. Porque puedes ser todo lo adulto, irónico y racional que quieras, pero hay algo profundamente emocionante en imaginar a alguien entrando en una tienda, viendo una pulsera roja y pensando: “esto puede protegerle”. Hay algo inmenso en saber que alguien va a pronunciar tu nombre en una oración, aunque tú ni siquiera sepas muy bien si hablas con Dios.

Entonces entendí que lo importante de aquella historia no era el mal de ojo. Era el cariño. La cantidad de cariño. La cantidad de gente deseándome bien en silencio. Y pensé que hablamos demasiado de las personas que nos tienen rabia y demasiado poco de quienes nos miran bonito. Dedicamos mucho tiempo a detectar la envidia, la crítica, el comentario torcido, la energía rara, pero casi nunca nos detenemos a agradecer a toda esa gente que nos sostiene sin hacer ruido: quien te escribe para saber si llegaste bien, quien habla de ti con ternura cuando no estás delante, quien se alegra de verdad cuando te va bien, quien te recomienda, quien te abraza después de un curso, quien te compra una pulsera, quien te lleva en una foto a casa de su tía.

La gente de colores

Yo siempre hablo de la gente de colores. De esas personas que llegan a un sitio y lo dejan un poco mejor. Personas que no necesitan apagar a nadie para sentirse importantes. Gente que celebra, empuja, acompaña, escucha, recomienda, aparece. Y creo que estos días entendí algo que me atravesó: la gente de colores hace bien de ojo. Porque si aceptamos que existen miradas capaces de hacer daño, también deberíamos aceptar que hay miradas capaces de proteger. Miradas que no te poseen, no te envidian, no te juzgan, no te empequeñecen. Miradas que te desean calma. Miradas que te desean suerte. Miradas que te desean vida.

Hace poco, al terminar una formación, una señora se me acercó con esa delicadeza que tiene la gente que ha vivido mucho y no necesita hacer ruido para decir cosas importantes. Me agarró las manos y me dijo: “No dejes nunca de ser bueno con la gente, porque eso vuelve. A veces tarda, pero vuelve”. No lo dijo como una frase de agenda ni como un consejo bonito. Lo dijo como quien ha visto muchas vueltas de la vida y sabe que, al final, todo lo que uno siembra queda por ahí, esperando su momento. Yo sonreí, le di las gracias y seguí. Pero cuando llegué al coche, me quedé en silencio un rato. No sé si lloré por la pulsera, por la frase, por el cansancio o por darme cuenta, de golpe, de que quizá llevaba años más protegido de lo que pensaba.

El amor también protege

Porque a lo mejor la verdadera protección nunca estuvo en el hilo rojo. A lo mejor estaba en las veces que intenté tratar bien a la gente incluso cuando yo tampoco estaba bien. En los abrazos dados sin cálculo. En los cursos donde uno se deja el alma. En los clientes que se vuelven amigos. En la familia. En los mensajes inesperados. En todas esas personas que, sin saberlo, han estado haciéndome bien de ojo durante años.

Y ojalá hiciéramos más eso. Ojalá aprendiéramos a hacer bien de ojo. A mirar a la gente con ganas de que le vaya bien, a celebrar sin veneno. A hablar bonito de quien no está delante. A proteger con palabras, con gestos, con presencia, con una pulsera, con una oración o con un simple “cuídate mucho”. Porque el mundo ya tiene demasiada gente mirando torcido. Demasiada gente apagando luces ajenas para no enfrentarse a su propia oscuridad. Quizá la verdadera revolución sea mirar bonito. Querer bien. Desear fuerte. Hacer que alguien, en mitad de una semana cualquiera, descubra que no estaba tan solo como creía.

Descubrir que nunca estuvimos solos

Y quizá, después de tantos años pensando que sobrevivía solo, lo verdaderamente emocionante haya sido descubrir que había muchísima gente sosteniéndome en silencio, rezando por mí a su manera, deseándome vida bonita desde rincones que ni siquiera imagino; personas haciéndome bien de ojo mientras yo, demasiado ocupado intentando resistir, todavía no había entendido que también se puede estar protegido por el amor.