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Ana María Crespo de las Casas, por Farruqo.

Ana Crespo de las Casas, la ciencia que nace de un laurel y conquista la academia

La tinerfeña que soñó con Marte de niña se convirtió en la primera mujer en presidir la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de España tras una carrera internacional de referencia en el estudio de los líquenes

Hay historias que no empiezan en una ciudad, sino en una raíz. En el caso de Ana María Crespo de las Casas, esa raíz se hunde en La Palma, aunque su vida comenzara en Santa Cruz de Tenerife. En 1863, su tatarabuelo materno, Daniel Santos Lorenzo —maestro de primeras letras— plantó en la Plaza de España de Los Llanos de Aridane unos laureles de Indias llegados desde Cuba en el Bella Engracia.

Hoy esos árboles son uno de los símbolos del municipio palmero. Entonces eran apenas una intuición. Como lo fue también, más de un siglo después, la curiosidad de una niña que miraba a Marte sin saber que acabaría dedicando su vida a desentrañar otros mundos, mucho más pequeños, pero igual de complejos.

Curiosidad

Porque en la familia de Crespo, la curiosidad era una herencia. Su abuelo materno, José de las Casas Pérez, médico y humanista, fue quien despertó en ella el interés por el planeta rojo cuando apenas tenía siete u ocho años. Crespo imaginaba Marte como un universo de estructuras diminutas, evocando las tardes en las que tejía con su abuela. Aquella intuición infantil acabaría encontrando su sentido en el microscopio.

Ana Crespo, presidenta de la Real Academia de Ciencias / REAL ACADEMIA DE CIENCIAS

La ciencia no era ajena a su entorno. Era el lenguaje natural de la casa. Su abuelo paterno también era médico, reforzando una tradición familiar donde el conocimiento, la observación y el pensamiento crítico eran parte de la vida cotidiana.

Los Cristianos

La patria es la infancia, y en Crespo esa patria sigue siendo Canarias. Aunque su carrera la llevó fuera, nunca dejó atrás ese paisaje emocional hecho de veranos en Los Cristianos, de vínculos familiares y de una identidad insular que sigue marcando su manera de entender el mundo.

Desde muy joven destacó en matemáticas. Durante un tiempo dudó entre arquitectura y ciencia, pero finalmente optó por la Biología, una decisión que implicaba abandonar el Archipiélago, ya que entonces no existía esa titulación en la Universidad de La Laguna. Aquella salida no fue solo académica: también supuso enfrentarse a un entorno donde las mujeres aún eran minoría en las ciencias.

Los líquenes

Crespo tuvo que abrirse paso en un contexto de discriminación sutil pero persistente. No era una barrera explícita, sino una duda constante sobre su lugar. Y, sin embargo, avanzó.

Se formó como bióloga y orientó pronto su carrera hacia un campo altamente especializado: el estudio de los líquenes. Estos organismos, fruto de la simbiosis entre hongos y algas o cianobacterias, se convirtieron en el centro de una trayectoria científica de primer nivel.

Complutense

En la Universidad Complutense de Madrid, donde desarrolló la mayor parte de su carrera, alcanzó la cátedra de Botánica y consolidó un grupo de investigación reconocido internacionalmente. Su trabajo ha sido clave en el avance de la sistemática, la filogenia y la biogeografía de los líquenes, utilizando herramientas moleculares para comprender su evolución y relaciones.

La bióloga Ana Crespo, primera mujer en presidir la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de España. / DANIEL GONZÁLEZ-EFE

Entre sus principales aportaciones destaca su participación en la redefinición de la clasificación de numerosos grupos de líquenes, incorporando técnicas de biología molecular que han permitido reorganizar el árbol evolutivo de estos organismos con una precisión inédita hasta entonces. Sus investigaciones han contribuido a describir nuevas especies y a entender mejor la diversidad líquénica en distintas regiones del mundo, incluyendo áreas mediterráneas y macaronésicas.

Rol destacado

Ha publicado más de doscientos trabajos científicos en revistas internacionales de alto impacto, convirtiéndose en una de las investigadoras más citadas en su campo. Su labor ha sido reconocida con numerosos proyectos competitivos, tanto nacionales como europeos, y con su participación en redes científicas globales.

Pero su influencia no se limita a la investigación pura.

Crespo ha desempeñado un papel destacado en la estructura científica española e internacional. Ha sido miembro de comités de evaluación, asesora en agencias científicas y participante en organismos que definen las políticas de investigación. También ha tenido un papel relevante en la formación de nuevas generaciones de científicos, dirigiendo tesis doctorales y consolidando equipos de investigación.

Presidenta

Su trayectoria la llevó a ingresar como académica en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de España, donde fue reconocida por la excelencia de su carrera. En 2024, dio un paso histórico al convertirse en la primera mujer en presidir la institución desde su fundación en 1847.

El significado de ese nombramiento trasciende lo personal. Supone la ruptura de más de siglo y medio de liderazgo exclusivamente masculino en una de las instituciones científicas más importantes del país. Es, en definitiva, un símbolo de cambio.

Blas Cabrera

Antes que ella, otro canario había ocupado ese mismo cargo: el físico Blas Cabrera. Figura esencial de la ciencia española del siglo XX, su legado encuentra ahora continuidad en Crespo, en una línea que conecta el talento insular con la proyección internacional.

Pero si hay algo que define su trayectoria no es solo la acumulación de méritos, sino la coherencia de su recorrido.

Ana Crespo, en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de España. / DANIEL GONZÁLEZ-EFE

Desde aquella niña fascinada por Marte hasta la científica que estudia organismos microscópicos, hay una constante: la atracción por lo invisible. Por aquello que exige paciencia, detalle y profundidad.

En un mundo dominado por la inmediatez, su carrera es casi una reivindicación del tiempo largo. De la observación lenta, del conocimiento construido sin atajos. Los líquenes, como los laureles de su tatarabuelo, requieren condiciones precisas para crecer. Y también una mirada capaz de entenderlos.

Ahí reside, quizá, la clave de su historia.

Tradición y vanguardia

Porque Ana Crespo no solo ha contribuido a ampliar el conocimiento científico: ha encarnado una forma de pensar. Una que conecta la tradición familiar con la investigación de vanguardia, la memoria con la ciencia, Canarias con el mundo.

Y todo vuelve, inevitablemente, a aquella imagen inicial.

Un maestro plantando un laurel en La Palma. Una niña soñando con Marte en Tenerife. Una científica liderando la ciencia española.

Entre esos tres momentos hay más de un siglo de distancia. Pero también una misma raíz.