Hay historias que parecen imposibles incluso antes de ser contadas. Aventuras que desafían la lógica, la técnica y el sentido común. A finales del siglo XX, Canarias fue el punto de partida de una de esas gestas casi olvidadas: cruzar el océano Atlántico en coche. No como metáfora ni como experimento de laboratorio, sino literalmente sobre el mar, flotando, durante meses.
El Archipiélago volvió a demostrar su papel histórico como puerta natural entre continentes, escenario de grandes travesías marítimas y punto de salida hacia América. Esta vez, no fueron carabelas ni veleros, sino dos automóviles modificados y una idea heredada que se negó a desaparecer.
Un sueño que nació antes
La historia comienza décadas antes, con una obsesión familiar. En 1978, Giorgio Amoretti, un ingeniero italiano, intentó adaptar un Volkswagen Escarabajo para hacerlo flotar y lanzarse al Atlántico. El intento no llegó a materializarse: las autoridades españolas lo impidieron.
Veintiún años después, la idea volvió a cobrar vida. Giorgio, ya gravemente enfermo, no pudo llevarla a cabo. Pero su sueño no murió con él. Fueron sus hijos quienes decidieron retomarlo, esta vez con Canarias como punto de partida real y simbólico de la travesía.
Salida desde las Islas
El 4 de mayo de 1999, tras esquivar los controles oficiales, Marco Amoretti y su amigo Marcolino de Cambia zarparon desde Canarias en dos coches preparados para sobrevivir en mar abierto: un Volkswagen Passat y un Ford Taurus.
Ambos vehículos habían sido reforzados con poliestireno para flotar, contaban con provisiones básicas, agua, alimentos y un teléfono vía satélite. El interior se transformó en un refugio mínimo donde dormir, protegerse del sol y resistir semanas de aislamiento absoluto.
Un océano sin retorno fácil
El plan original incluía a más tripulantes, pero la realidad del mar se impuso pronto. A los diez días de navegación, los hermanos de Marco se vieron obligados a regresar a tierra firme, incapaces de soportar los mareos constantes. La travesía continuó solo con dos personas y una determinación absoluta.
Las dificultades no tardaron en multiplicarse. El 25 de mayo, tras 21 días de navegación, el teléfono satelital se averió. Durante semanas, no hubo contacto con tierra, ni confirmación de que siguieran con vida. El Atlántico se convirtió en un espacio de silencio total.
Noticias que nunca llegaron
El contacto se recuperó el 5 de julio, cuando Marco logró llamar por primera vez tras semanas incomunicado. Para entonces, su padre ya había fallecido. La familia decidió no comunicar la noticia, temiendo que el impacto emocional provocara el abandono del viaje.
Marco solo conocería la verdad poco antes de llegar a destino, cargando con la mezcla de logro y pérdida que marcaría para siempre esta historia.
Llegada a América
Tras 119 días de travesía y 4.700 kilómetros recorridos, los dos coches tocaron tierra en Martinica, donde fueron recibidos entre aplausos por decenas de personas. La imagen de dos automóviles emergiendo del mar recorrió medios internacionales y selló el éxito de una hazaña sin precedentes.
El sueño de Giorgio Amoretti se había cumplido. Canarias, una vez más, había sido el punto de partida hacia América, como tantas veces en la historia.
Un legado pendiente
Hoy, Marco y Marcolino conservan más de 20 horas de vídeo, 300 fotografías y ocho horas de grabaciones de audio realizadas durante la travesía. Material suficiente para un documental de alto valor histórico y humano, que actualmente busca productores para ver la luz.
No es solo una historia de aventura extrema. Es también un relato sobre herencia, perseverancia y el papel de Canarias como territorio de salida, de frontera y de desafío. Un episodio casi olvidado que demuestra que, incluso a finales del siglo XX, el Atlántico seguía siendo un espacio para lo imposible.