1960. Estados Unidos. El país es atravesado de norte a sur y de este a oeste por una campaña electoral que lo parte en dos. De un lado, el Partido Demócrata presenta como candidato a John Fitzgerald Kennedy. Del otro, los republicanos apuestan por Richard Nixon, vicepresidente en la administración Eisenhower durante los siete años anteriores. El pulso, según marcan las encuestas, es tan igualado que, a medida que se acerca el día de la votación, en la carrera por convertirse en el 35º presidente de Estados Unidos casi todo vale. Incluso poner en cuestión al adversario, ejercicio que los demócratas ejecutan con precisión quirúrgica.
Una mañana, las calles del país amanecen empapeladas con carteles en los que Nixon aparece retratado en una imagen poco favorecedora, con aspecto de político opaco, hábil en la intriga y dispuesto a todo, bajo una pregunta demoledora: Would you buy a used car from this man? (¿Le compraría un coche de segunda mano a este hombre?). Los estrategas no erraron el tiro. Kennedy ganó aquellas elecciones y Nixon, años después, ya como presidente, tuvo que abandonar la Casa Blanca tras el Watergate, el escándalo que destapó una trama de espionaje ilegal y marcó para siempre la historia política de Estados Unidos.
Dejemos atrás los Estados Unidos de los convulsos años 60 y 70 del siglo pasado y centrémonos ahora en la Canarias contemporánea. Si yo le hago, estimado lector, la misma pregunta que el Partido Demócrata lanzó en la campaña presidencial de 1960, ¿a cuántos políticos de las Islas le compraría usted un coche de segunda mano? La lista, si la comparamos con la escena nacional, sería más generosa. Seguro. Cosas del modo canario de hacer las cosas, sospecho. Como también estoy seguro de que en ese inventario de gente confiable mucha gente —sobre todo los que le conocen o se han parado a escucharlo— incluiría a Lope Afonso Hernández (Puerto de la Cruz; 3 de agosto de 1979).
El emperador hispano
Hay una escena doméstica que se repite en su vida privada y que dice más de él que cualquier cargo: una trilogía de Santiago Posteguillo sobre el emperador Trajano avanzando con lentitud por la mesilla de noche. No por desinterés, sino por falta de tiempo. Afonso lee Historia como gobierna: sin saltarse páginas, atento a los matices y sin obsesión por la épica. Trajano —primer emperador romano nacido fuera de Italia, administrador meticuloso, viajero incansable del imperio— no es una elección casual. Le interesa menos el mito que la gestión, menos la grandeza que el equilibrio.
La columna de Trajano, que acompaña gráficamente este perfil, no funciona como un gesto grandilocuente, sino como una pista. Trajano gobernó recorriendo territorios, escuchando, corrigiendo, sosteniendo el orden sin alardes. Nada especialmente brillante. Todo extraordinariamente eficaz. En ese espejo se reconoce Afonso, más cómodo en la administración silenciosa que en la consigna ruidosa.
Familia
Antes que vicepresidente del Cabildo de Tenerife, antes incluso que alcalde del Puerto de la Cruz, Lope Afonso es un hombre de rutinas sencillas. Caminar su ciudad para ordenar la cabeza, ver fútbol los fines de semana, refugiarse en la música cuando el día se alarga demasiado. No hay teatralización de la cercanía: vive donde siempre ha vivido y mantiene los afectos que siempre tuvo. Su vida personal no se exhibe, pero tampoco se esconde.
Está casado con Cristina, y es padre de Lucas y Olivia, dos anclas que reordenan cualquier agenda. La paternidad no aparece como discurso, pero se percibe en la cautela, en la forma de relativizar el ruido político y en esa tendencia a pensar siempre a medio plazo. Volver a casa sigue siendo, para él, volver a casa.
En su manera de estar en el mundo pesa la educación recibida de Leonor, su madre, y de Lope, su padre. Este último estuvo vinculado durante años a una empresa del sector de la pesca que fue referencia en el Valle de La Orotava. Afonso creció viendo lo que cuesta sostener un negocio, cumplir con proveedores y resistir cuando el mercado aprieta. Ayudar en la empresa familiar no fue un gesto simbólico, sino una experiencia formativa que explica su respeto por el esfuerzo empresarial y su alergia al discurso fácil.
Puerto de la Cruz
El Puerto de la Cruz no es solo su lugar de origen, sino un hilo conductor permanente. También en lo político, incluso en clave familiar. Su hermano, Leopoldo Afonso, es el actual alcalde del municipio, y décadas antes un tío suyo, Francisco Javier Afonso —desde las filas del PSOE—, también ocupó esa Alcaldía. No como saga planificada ni como herencia automática, sino como reflejo de una ciudad donde la política municipal ha sido, históricamente, un ejercicio de cercanía.
Esa cercanía es la escuela que nunca abandonó. El municipalismo le enseñó que gobernar no va de tener razón, sino de hacerse cargo. Antes de moverse en escenarios más amplios, aprendió a escuchar problemas pequeños que para quien los sufre no lo son en absoluto. Esa lección explica por qué, incluso hoy, desde una institución insular, sigue sintiéndose más cómodo en la distancia corta que en el atril.
Acusación, dimisión absolución
Hubo un momento en el que todo eso se puso a prueba. En 2019, siendo alcalde, una acusación judicial lo colocó en el centro del foco. Su reacción fue inmediata y poco habitual: se apartó de la política, renunció a sus cargos y se centró en su defensa. No hubo ruido ni victimismo. Entendió que la institución debía estar por encima de la persona. Dimitir para defenderse no fue una estrategia; fue una forma de ser.
El proceso terminó con su absolución. Cuando regresó a la vida pública lo hizo como se había marchado: sin ajustes de cuentas ni discursos de reparación. Volver sin pasar facturas también es carácter. Ese gesto, más que cualquier argumentario, explica por qué muchos ciudadanos lo incluyen en esa lista corta de políticos confiables.
Cabildo de Tenerife
Hoy es vicepresidente del Cabildo de Tenerife y consejero de Turismo, Acción Exterior y Relaciones Institucionales, una de las áreas más complejas y expuestas de la institución. Desde ahí defiende un modelo turístico que huye del eslogan y se apoya en una idea sencilla: un destino solo funciona si mejora la vida de quienes viven en él. Regeneración de espacios, calidad, convivencia entre residente y visitante. Nada revolucionario. Precisamente por eso, necesario.
Ese papel institucional se completa con un peso orgánico relevante dentro del Partido Popular. Afonso es una de las figuras clave del PP de Tenerife y forma parte de la Ejecutiva nacional, una posición que reconoce su perfil moderado, su capacidad de diálogo y su trayectoria sin estridencias. En un tiempo dominado por la hipérbole, representa una anomalía: un dirigente que no necesita exagerarse.
Un hombre normal
Fuera del despacho, el retrato vuelve a lo cotidiano. Aficionado al fútbol, reparte lealtades entre el CD Tenerife, como identidad, y el Real Madrid, como afición. La música ocupa un lugar importante: U2 como banda de fondo permanente, con With or without you como refugio emocional, y una afinidad nada impostada por el hip-hop, que escucha desde hace años sin complejos. En la mesa, el arroz a la cubana sigue siendo una certeza que conecta con la infancia y con la cocina materna. En la mesilla, Trajano espera. La trilogía avanza despacio, como casi todo lo que importa.
Nada de esto construye un héroe. Y ese es, precisamente, el punto. En una época política dominada por la sobreactuación, la prisa y el enfrentamiento permanente, Lope Afonso reivindica la normalidad como forma de resistencia. Cumplir, no esconderse y no confundir el cargo con el personaje. Volvamos, para cerrar, a la pregunta que abrió este perfil. ¿Le compraría usted un coche de segunda mano a este hombre? Muchos en Tenerife responderían que sí sin pensarlo demasiado. Y en política, como en Roma, la confianza sigue siendo la columna que sostiene todo lo demás.
