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Triana no tiene quien la quiera: pierde comercios, cultura y fiestas. / AH

El barrio de Triana no tiene quien lo quiera: pierde comercios, cultura y fiestas

El traslado de Parrilla a Puerto-Canteras se suma al cierre de comercios históricos y a la pérdida o limitación de fiestas, música y espacios culturales en el corazón de Las Palmas de Gran Canaria

La Dulcería Parrilla deja Triana después de 120 años. El histórico establecimiento, que abrió sus puertas en 1906 y ha conseguido mantener su actividad tras meses de incertidumbre, traslada el negocio a la calle Tomás Miller, en Puerto-Canteras. La mudanza permite que sigan elaborándose sus milhojas, cruasanes, palmeras y dulces, pero pone fin a una relación con el barrio que ha atravesado tres generaciones, dos guerras mundiales, una Guerra Civil, una dictadura, varias crisis económicas y una pandemia. Parrilla no cierra, pero se va, y esa diferencia convierte su marcha en una buena medida de lo que está ocurriendo en Triana, uno de los barrios históricos de Las Palmas de Gran Canaria.

Su traslado es el último episodio de una sucesión de pérdidas que, sin responder a una misma causa, han ido modificando el paisaje comercial, cultural y festivo de Triana. En los últimos años han desaparecido establecimientos que durante décadas parecieron inseparables de sus calles: la Librería Rexachs bajó definitivamente la persiana, Cortés puso fin a casi un siglo de actividad, el horno de la panadería Miguel Díaz se apagó después de 106 años tras una denuncia vecinal y el Café Madrid permanece cerrado por decisión municipal. A esa lista se añade ahora Parrilla, aunque en este caso el negocio continuará su historia lejos del lugar donde comenzó.

Cultura y fiestas populares

La transformación tampoco termina en los escaparates. La Noche de Reyes continúa celebrándose en Triana, pero con horarios más restrictivos que en sus mejores tiempos; Rock&Books dejó la Alameda de Colón; la terraza del Hotel Cordial Malteses tuvo que prescindir de sus eventos con música tras una denuncia vecinal; y El Palmeral, una pequeña galería de arte de El Terrero, terminó cerrando después de otro conflicto originado por las quejas del mismo vecino. Son situaciones muy diferentes entre sí y sería injusto buscar detrás de todas ellas un único responsable, pero juntas dibujan una transformación que merece ser observada.

Panorámica de la calle Triana durante una Noche de Reyes. / TONY HERNÁNDEZ-TURISMO LPA

Triana no está vacía ni atraviesa una crisis comercial en el sentido tradicional. La Calle Mayor continúa siendo uno de los principales ejes comerciales de Canarias, las grandes marcas mantienen su interés por instalarse en la zona, la hostelería conserva una actividad intensa y miles de residentes y turistas recorren diariamente sus calles. Lo que está en juego es algo menos evidente que la ocupación de los locales: la progresiva desaparición de negocios, costumbres y acontecimientos que durante décadas diferenciaron a Triana de cualquier otra calle comercial.

120 años que cambian de barrio

La historia reciente de la Dulcería Parrilla resume buena parte de esa contradicción. El establecimiento llegó a cerrar sus puertas el pasado 30 de junio después de que el Ayuntamiento ejecutara una resolución relacionada con la actividad desarrollada en su histórico local. El procedimiento había comenzado a raíz de una denuncia vecinal por ruidos, pero durante la tramitación afloró un problema administrativo de mayor alcance: la actividad de elaboración no contaba con la habilitación exigida y entraba en conflicto con las condiciones urbanísticas vigentes en el conjunto histórico Vegueta-Triana.

Durante unos días pareció que aquella persiana podía poner fin a una historia iniciada en 1906. La Justicia concedió después medidas cautelares que permitieron reabrir mientras continuaba el procedimiento, y la familia empezó a buscar una alternativa que garantizara la continuidad del negocio y de sus puestos de trabajo. Esa solución ha aparecido finalmente en Tomás Miller, en Puerto-Canteras, donde Parrilla iniciará una nueva etapa.

La diferencia con otros cierres resulta importante. No se trata de una empresa que haya perdido a sus clientes, de una marca agotada comercialmente ni de una familia que haya decidido poner punto final a la actividad. Parrilla seguirá elaborando y vendiendo los productos que la han acompañado durante generaciones. Lo que no podrá llevarse en la mudanza es la relación de 120 años con unas calles en las que su nombre terminó formando parte del paisaje.

Ir a una tienda

Durante buena parte del siglo XX, ir a Triana no significaba simplemente salir de compras. Muchas veces significaba acudir a un establecimiento concreto. Las familias iban a Rexachs a buscar libros y material escolar, a Cortés cuando llegaba una boda, un bautizo o una comunión, y a otros comercios cuyos nombres terminaron incorporándose al vocabulario cotidiano de varias generaciones de grancanarios.

Rexachs fue durante décadas una de las librerías de referencia de Las Palmas de Gran Canaria y acompañó a generaciones de estudiantes y lectores hasta su desaparición. Cortés pertenecía a otra forma de entender el comercio que también se ha ido extinguiendo. Fundado en 1929, el establecimiento estuvo durante casi un siglo asociado a algunos de los momentos importantes de miles de familias y su cierre en 2025 añadió otro nombre histórico a una relación que ya incluía a Almacenes Arencibia, Zapatos Quesada, Joyería Oscar Ernst, Pastelería Morales, Palacio de los Juguetes, Bazar Nueva York, Cardona o Tejidos José Rivero.

La cuestión no es necesariamente que sus locales queden vacíos. Triana continúa siendo suficientemente atractiva para que muchos de esos espacios encuentren nuevos operadores, en ocasiones con rapidez. El problema es lo que ocurre cuando un comercio nacido en la ciudad y reconocible únicamente allí es sustituido por una firma de una franquicia que puede encontrarse en decenas de calles de España y Europa. La actividad económica permanece, los escaparates vuelven a iluminarse y el alquiler continúa pagándose, pero el barrio pierde una pequeña parte de su singularidad.

El horno de Miguel Díaz

La desaparición de la panadería Miguel Díaz tuvo unas circunstancias completamente diferentes y dejó, además, una de las imágenes más simbólicas de esta transformación. El pasado 6 de marzo, un agente de la Policía Local entró en el establecimiento de Viera y Clavijo, frente al Teatro Cuyás, cuando todavía quedaban clientes esperando. No permitió que terminaran de ser atendidos y ejecutó el cierre de una panadería cuyo horno llevaba funcionando desde 1920.

El origen del negocio se remonta a Juan Díaz Sosa, un arriero procedente de La Aldea de San Nicolás que ganó junto a un primo 100.000 pesetas en la lotería y empleó parte del dinero en poner en marcha la panadería. La actividad pasó de generación en generación y sobrevivió durante 106 años a una Guerra Civil, la posguerra, una dictadura, varias crisis económicas, la llegada de los supermercados, el desembarco de las grandes cadenas de alimentación y una pandemia. El problema que finalmente consiguió detenerla no fue comercial, sino administrativo.

Imagen de unos clientes comprando en la panadería Miguel Díaz / ATLÁNTICO HOY - MARCOS MORENO

Una denuncia de la comunidad de propietarios del edificio Kühner por las cenizas y el hollín procedentes de la chimenea desencadenó un expediente en el que el Ayuntamiento constató que no figuraba licencia de apertura ni declaración responsable para la actividad. La situación encerraba además una paradoja difícil de ignorar: el establecimiento y determinados elementos vinculados a él tienen valor histórico y etnográfico, mientras la normativa urbanística actual dificulta precisamente el mantenimiento de una actividad de esas características en un entorno residencial. La ciudad puede proteger así el recuerdo de una panadería cuyo horno ya no puede encenderse.

Otro silencio en el Café Madrid

A pocos minutos a pie se encuentra otro establecimiento histórico cerrado. El Café Madrid bajó la persiana en septiembre de 2025 después de un largo procedimiento administrativo, poniendo en suspenso una trayectoria iniciada en 1910 en uno de los rincones más reconocibles de la Plaza de Cairasco.

Durante más de un siglo formó parte de la vida social de Las Palmas de Gran Canaria y por sus mesas pasaron personajes conocidos. Su nombre quedó además unido al Hotel Madrid, situado en el mismo edificio y ligado a uno de los episodios más conocidos de la historia contemporánea de la ciudad: allí se alojó Francisco Franco antes de partir hacia Gando en julio de 1936.

El conflicto administrativo no era idéntico al de Miguel Díaz. La empresa explotadora había comunicado en 2020 el inicio de una actividad de bar, restaurante y cafetería, pero la autorización disponible no amparaba el funcionamiento abierto al público en los términos en los que se desarrollaba —la planta baja del establecimiento se dividió en dos y no consta la necesaria licencia urbanística para diferentes actividades—. Tras sucesivas actuaciones administrativas y judiciales, el Ayuntamiento terminó ordenando el cierre. El resultado, pese a que las causas fueran distintas, volvió a ser una persiana bajada en un establecimiento asociado durante décadas a la imagen del centro histórico.

El Ayuntamiento de Las Palmas ordena el cierre del Café Madrid tras meses de advertencias incumplidas. / AH

Otras reglas del juego

La sucesión de cierres puede conducir a una conclusión equivocada: que Triana está dejando de funcionar comercialmente. La realidad de sus calles ofrece una imagen diferente. Sigue siendo una de las principales zonas de compras de Canarias, mantiene un considerable atractivo turístico y las grandes firmas continúan interesadas en ocupar sus mejores emplazamientos. La hostelería, además, ha ganado presencia durante los últimos años.

Lo que está ocurriendo es más complejo. El pequeño comercio local debe competir por el espacio con compañías nacionales e internacionales capaces de asumir alquileres elevados, realizar fuertes inversiones y reproducir en Las Palmas de Gran Canaria los mismos modelos que funcionan en Madrid, Barcelona, Málaga, Sevilla o cualquier otra gran ciudad. Ese proceso puede resultar económicamente exitoso y, al mismo tiempo, empobrecer la personalidad del barrio. Una calle no necesita estar en decadencia para perder identidad; incluso puede aumentar su actividad mientras se vuelve progresivamente más parecida a todas las demás.

La fiesta también retrocede

La transformación del casco histórico tampoco puede entenderse únicamente mirando sus comercios. Vegueta y Triana fueron durante décadas dos de los principales escenarios festivos de Las Palmas de Gran Canaria, lugares donde las celebraciones salían de los recintos cerrados y ocupaban calles y plazas. Ese modelo terminó encontrándose con una realidad igualmente evidente: el casco histórico no es solo un espacio comercial, cultural y turístico, sino también un barrio en el que viven miles de personas.

El conflicto entre actividad y descanso acabó llegando a los tribunales. El ejemplo más contundente fue el Carnaval de Día, celebrado fundamentalmente en Vegueta, aunque integrado en el mismo ecosistema de ocio del casco antiguo. En sus años de mayor éxito reunió a decenas de miles de personas y convirtió durante horas las calles y plazas de la zona en uno de los epicentros del Carnaval capitalino. Las reclamaciones de los residentes terminaron judicializando la celebración y los tribunales obligaron a trasladarla a un lugar donde no alterase sus condiciones de vida.

La desaparición del Carnaval de Día de Vegueta marcó un punto de inflexión. No porque el derecho al descanso sea discutible, sino porque puso sobre la mesa una pregunta que continúa sin una respuesta sencilla: hasta qué punto puede mantenerse la actividad festiva que históricamente ha caracterizado al centro de una ciudad cuando entra en conflicto con quienes viven en él.

La Noche de Reyes resiste (por poco)

La Noche de Reyes ha conseguido mantenerse como la gran celebración popular de Triana. Cada 5 de enero, miles de personas regresan al centro para realizar las últimas compras antes de la llegada de los Reyes Magos y la actividad comercial se mezcla con actuaciones, hostelería y encuentros familiares. Durante muchos años, aquella jornada se prolongó hasta bien entrada la madrugada y se convirtió en una tradición que trascendía ampliamente la apertura extraordinaria de las tiendas.

Los límites, sin embargo, se han ido estrechando. Los horarios de la hostelería y de las actuaciones musicales se han reducido respecto a épocas anteriores y la propia celebración también ha acabado ante los tribunales por los recursos planteados por residentes contra su organización. A diferencia del Carnaval de Día, la Noche de Reyes ha logrado superar hasta ahora esas batallas judiciales y permanecer en Triana, aunque adaptada a unas condiciones bastante diferentes de aquellas noches que parecían no terminar nunca.

La música de Malteses

El debate sobre los límites de la actividad urbana llegó también a las azoteas. El Hotel Cordial Malteses ocupa un palacete modernista rehabilitado entre las calles Malteses y Doctor Rafael González y dispone de una terraza en su cubierta que fue utilizada para celebrar determinados eventos. Las quejas de un vecino por fiestas desarrolladas en el establecimiento llevaron al Ayuntamiento a intervenir y terminaron con la prohibición de celebrar eventos con música, bajo advertencia de posibles sanciones e incluso del precinto de los equipos en caso de incumplimiento.

El Ayuntamiento ordenó al Hotel Cordial Malteses celebrar con limitación de decibelios los eventos con música en su azotea. / AH

No hubo aquí un cierre ni una marcha del barrio. El hotel continúa desarrollando su actividad y la terraza sigue formando parte del establecimiento. Lo ocurrido ilustra, sin embargo, hasta qué punto la convivencia entre residencia y ocio se ha convertido en una de las cuestiones centrales para cualquier actividad que pretenda desarrollarse en el casco histórico.

El Palmeral y los límites de la cultura

El caso de El Palmeral introdujo un elemento distinto porque ya no se trataba de una gran celebración, de un establecimiento hostelero ni de una terraza con música. Era una pequeña galería de arte situada en El Terrero que apenas llevaba un año funcionando y que durante ese tiempo había organizado seis exposiciones, ofreciendo espacio tanto a creadores emergentes como a artistas consolidados.

Una denuncia del mismo vecino que actuó frente al Hotel Malteses, por supuestas molestias, desembocó en un conflicto que terminó provocando el cierre. Los responsables de El Palmeral defendieron entonces que las visitas realizadas por la Policía Local no habían podido acreditar los ruidos denunciados y lamentaron que una iniciativa cultural desapareciera en una ciudad que prepara su candidatura a Capital Europea de la Cultura en 2031.

El episodio ensanchó el debate. Resulta relativamente sencillo comprender el conflicto que puede generar una celebración con decenas de miles de asistentes o la música nocturna de una terraza; resulta bastante más incómodo que una discusión semejante termine afectando a una pequeña sala de exposiciones. La cuestión dejó entonces de ser únicamente cuánto ocio puede soportar un barrio residencial para alcanzar otra mucho más amplia: qué tipo de actividad quiere permitir y fomentar Las Palmas de Gran Canaria en su centro histórico.

Una de las exposiciones celebradas en el espacio cultural El Palmeral. / REDES

¿Parque temático?

Cargar toda esta transformación sobre los vecinos sería tan sencillo como injusto. Triana no es un decorado turístico ni un centro comercial al aire libre. Detrás de sus balcones viven personas que trabajan, madrugan, tienen familias y necesitan descansar, y sus derechos no pueden valer menos por residir en una de las zonas con mayor actividad comercial, turística y cultural de la capital.

La antigüedad tampoco coloca a un establecimiento por encima de la normativa. Un negocio centenario debe disponer de las autorizaciones necesarias, cumplir las condiciones de seguridad y respetar los límites acústicos de la misma manera que uno inaugurado hace seis meses. A ello se suman transformaciones económicas que ninguna administración puede detener por decreto: los hábitos de compra cambian, las nuevas generaciones no siempre quieren continuar los negocios familiares, los alquileres aumentan y el comercio electrónico ha modificado para siempre la forma de consumir.

Pérdida de identidad

Aceptar todo eso, sin embargo, no impide preguntarse qué quiere conservar la ciudad además de sus edificios. ¿Proteger las fachadas y olvidar lo que ocurre dentro? El patrimonio de una ciudad, sin embargo, no está compuesto únicamente por piedra, madera o hierro. También puede encontrarse en un horno, una librería, una pastelería, un café, una sala de exposiciones o una celebración que durante décadas ha reunido a miles de personas en el mismo lugar.

Ahí reside probablemente la mayor paradoja de lo que está ocurriendo. Una ciudad puede conservar con enorme cuidado el escenario y descubrir, pasado el tiempo, que han desaparecido buena parte de los actores que le daban sentido. Una calle que puede acabar pareciéndose a cualquier otra. Y ese es el peligro para Triana y sus alrededores: se queda sin identidad propia.

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